Durante más de un siglo, numerosos vapores españoles encargados del transporte oficial de la correspondencia desempeñaron un papel esencial en las comunicaciones entre la Península, las islas, el norte de África y Ultramar. Para distinguirlos del resto de la marina mercante existía una enseña poco conocida: la bandera potestativa de los Correos Marítimos.
Se trataba de la bandera nacional española con las letras CM, en color azul, sobre la franja amarilla. Su uso identificaba a los buques que prestaban el servicio postal por cuenta del Estado, un distintivo que simbolizaba regularidad, puntualidad y un compromiso con un servicio público de gran importancia.
Un servicio con siglos de historia
La idea de marcar los barcos que llevaban el correo oficial no nació con el reglamento de 1977, ni mucho menos. Ya en el último cuarto del siglo XVIII existía en España una institución llamada Correos Marítimos del Estado, encargada de hacer llegar la correspondencia a las colonias americanas con sus propios buques. Aquel organismo se disolvió en 1802 y sus naves pasaron a otros cometidos, pero dejó sembrada una necesidad que el Estado tuvo que resolver de otra manera durante el siglo siguiente: si ya no tenía flota propia para el correo, ¿cómo distinguir a los barcos privados que hacían ese trabajo por encargo suyo? La respuesta fue subvencionar a determinadas navieras y darles derecho a izar una bandera que anunciara su condición de servicio oficial.
Quién la llevaba en la práctica
El propio reglamento lo deja bastante claro: la bandera correspondía a los buques contratados por la Administración para cubrir «comunicaciones rápidas y regulares de soberanía» y demás líneas marítimas subvencionadas por el Estado. Dicho de otro modo, no cualquier vapor con correo a bordo podía enarbolarla, solo aquellos que tenían un contrato postal en regla.
En la práctica, quien más la usó fue la Compañía Trasatlántica, fundada en 1850 por Antonio López, más tarde marqués de Comillas. En 1861 esta naviera consiguió la concesión del transporte de correo y pasaje entre España, Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, y durante décadas sus vapores cruzaron el Atlántico llevando cartas, viajeros y también soldados. Tras la pérdida de las colonias en 1898, buena parte de las líneas de soberanía pasaron a Transmediterránea, que heredó las rutas con Baleares, Canarias y el norte de África, entre ellas Ceuta y Melilla.
La ficha técnica de la bandera
El Reglamento de Banderas y Estandartes de 1977 no se limita a describirla por encima, sino que fija sus proporciones al milímetro: el largo debe ser 3/2 del ancho, las iniciales ocupan 1/4 de esa altura y 1/6 de su anchura, y quedan separadas entre sí 1/3 del ancho total. Se confeccionaba en lanilla o en fibra sintética resistente, con las letras «CM» sobrepuestas o estampadas en ambas caras del paño, para que se leyeran igual de bien navegando de bolina que con el viento en popa.
Por qué acabó cayendo en desuso
Lo que terminó con ella no fue ningún decreto, sino el propio correo aéreo. A partir de los años veinte y treinta del siglo XX, cada vez más correspondencia empezó a viajar por avión en lugar de por barco, y las líneas marítimas subvencionadas de soberanía fueron perdiendo peso poco a poco. Cuando aquella época dorada de los vapores correo tocó a su fin, la bandera se quedó sin buques que la izaran. Hoy sigue figurando en el reglamento, pero es, sobre todo, un curioso vestigio de una época en la que el mar era una de las principales vías para transportar cartas, viajeros y noticias entre los distintos territorios españoles.
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