Nota: Aunque este relato toma como referencia de partida acontecimientos reales y figuras documentadas, el autor, con el propósito de favorecer el ritmo narrativo y la trama, se han tomado ciertas licencias respecto a la cronología, los escenarios y algunos rasgos de los personajes. En consecuencia, el desarrollo argumental, las situaciones dramatizadas, los diálogos y la interpretación literaria de los hechos son de su exclusiva autoría y responsabilidad.
ÓRDENES
Tres días antes, en el andén de la estación de San Fernando, la madre de Cotoner le había prendido un escapulario en el interior de la guerrera con dedos que ya no eran del todo firmes. No dijo nada sobre lo evidente. Un hijo marino se despide siempre como si fuera la última vez, aunque nadie lo diga en voz alta. Incómodo con la ceremonia, él le había prometido escribir desde Madrid y otra vez desde Cádiz. Ella se había conformado con eso.
El tren lo llevó hasta Madrid en un viaje de cerca de veinticuatro horas, saliendo de San Fernando y enlazando en Jerez con la línea general hacia Sevilla y, más tarde, Madrid. Compartió buena parte del vagón de tercera con vendedores y funcionarios de provincias, que hablaban todos del mismo asunto: la guerra de Melilla, el tratado, la indemnización que Marruecos aún no había terminado de pagar. Escuchaba sin intervenir.
Cotoner había cruzado media Villa a pie desde la fonda donde se alojaba, cerca de la Puerta del Sol. Aún llevaba en las botas el barro de una ciudad en la que aquel invierno no había dejado de llover. Madrid vivía días revueltos. En los cafés y en la prensa se hablaba más de la crisis de gobierno que se avecinaba —Sagasta llevaba ya más de dos años en el poder, y el turno con Cánovas del Castillo era solo cuestión de tiempo— que de lo que ocurría al otro lado del Estrecho. Al teniente, la política de salón le interesaba lo justo; lo suyo era la mar, y hacia la mar lo llevaban ahora sus órdenes.
De camino al Ministerio, pasó junto al monumento a los héroes de Trafalgar. Por costumbre supersticiosa, como muchos oficiales jóvenes, se tocó el ala de la gorra al cruzar frente a él.
Fuera, la lluvia de Madrid golpeaba los cristales con una insistencia que al teniente, criado junto al Atlántico, le resultaba mansa y casi doméstica comparada con los temporales que conocía de verdad.
En las postrimerías de febrero de 1895, el despacho del Ministerio de Marina en Madrid olía a tabaco de regaliz, cera de sellar y papel acumulado en legajos oficiales. A través de los altos ventanales entornados se colaba el eco distante de los carruajes de la calle de Alcalá. Frente al enorme escritorio de caoba, el teniente de navío Álvaro Cotoner aguardaba de pie, con la gorra de plato bajo el brazo izquierdo y una inmovilidad aprendida pese a sus veinticinco años de vida y nueve de estricta disciplina en la Armada Real.
Llevaba el uniforme de diario recién cepillado y las botas embetunadas hasta ocultar el barro del camino, aunque nada podía disimular las ojeras de una noche entera de tren ni la tirantez con que sostenía la gorra.
Caminó los últimos metros hasta la puerta del despacho repasando mentalmente, una vez más, todo lo que sabía sobre la delegación marroquí, como si un examen oral fuera a esperarle al otro lado.
Al otro lado de la mesa, el contralmirante Fernández de Lera examinaba un expediente con ademán pausado. Era un hombre de barba recortada y ojos hundidos por décadas de despachos y desvelos, de esos oficiales que habían dejado de subir en el escalafón hacía tiempo pero que el Ministerio conservaba precisamente porque sabían lo que no constaba en ningún expediente. El silencio solo se veía interrumpido por el rasgar de su pluma sobre el pliego oficial.
Tenía la costumbre, antes de recibir a cualquier oficial, de repasar mentalmente su hoja de servicios completa, y la de Cotoner, sin ser brillante, le había parecido lo bastante sólida como para confiarle un encargo de aquella delicadeza.
Al salir por fin del despacho, comprobó con extrañeza que apenas había durado media hora una conversación que a él le había parecido, mientras la vivía, mucho más larga que cualquier guardia nocturna en el Estrecho.
Antes de perderlo de vista al doblar la esquina, se giró una última vez a mirar la fachada, un gesto que no recordaba haber hecho nunca antes al salir de ningún otro edificio oficial.
Cruzó la Puerta del Sol una última vez, sorteando vendedores de castañas y limpiabotas que voceaban su oficio.
Bajó luego por la calle de Alcalá hasta la estación, deteniéndose apenas un instante frente a un escaparate de instrumentos náuticos donde llevaba años prometiéndose comprar, algún día, un sextante propio en vez de usar siempre el reglamentario del buque.
Cuando por fin subió al vagón, ocupó una plaza junto a la ventanilla y no volvió a mirar Madrid ni una sola vez más, ni siquiera cuando el tren empezó a alejarse de la estación.
Mientras aguardaba, Cotoner no pudo evitar recordar la primera vez que había pisado un despacho como aquel: dieciséis años, uniforme heredado de un primo mayor, y el examen de ingreso en la Escuela de Guardiamarinas esperándole al otro lado de una puerta parecida a esta. Nueve años después, seguía sintiendo el mismo peso en el estómago cada vez que un superior lo hacía esperar de pie.
La Escuela de Guardiamarinas de San Fernando, con su disciplina casi monacal y sus madrugones de antes del alba, había forjado a más de una generación de oficiales que después se reencontraban, tiempo más tarde, en los puentes de medio mundo; al fin y al cabo, la Armada resultaba ser un pueblo pequeño disperso por todos los mares.
De aquella primera promoción de guardiamarinas quedaban ya pocos: algunos habían ascendido deprisa, otros habían pedido el retiro tras las campañas de ultramar, y no pocos se habían quedado para siempre en el fondo de alguna bahía sin nombre.
—Cotoner —dijo finalmente el mando, alzando la mirada fatigada—, el Tratado de Marraquech no ha dejado a nadie satisfecho. Veinte millones de pesetas de indemnización, y aun así el Majzén se cree con derecho a reclamar más. Tras la muerte del general Margallo en el fuerte de la Purísima Concepción y la posterior desaparición del viejo Sultán Hasán I, la diplomacia en el norte de África pende de un hilo de seda. El nuevo Sultán Abdelaziz ha enviado a Madrid una comitiva diplomática encabezada por altos dignatarios del Majzén. Quieren renegociar las indemnizaciones y las concesiones del Rif.
—Tengo constancia de las negociaciones, mi almirante —respondió Cotoner con tono firme—. Se habla de ello hasta en las tabernas de la Puerta del Sol.
—Lo que no se habla en las tabernas, teniente —continuó Fernández de Lera bajando la voz—, es la inquietud que reina en los servicios de inteligencia. Ciertas potencias europeas ven con malos ojos que España afiance su posición en la costa marroquí, empezando por los ingleses, que no han olvidado que Tánger mira directamente a su Gibraltar. Ha habido roces, intentos de espionaje y documentos del protocolo que nunca debieron salir de las legaciones. Para certificar la buena voluntad de la Corona, el ministro Beránger ha puesto a disposición del enviado marroquí la joya de nuestra Armada: el crucero protegido Reina Regente.
Circulaban también rumores, menos comentados en los despachos oficiales, de que la crisis de gobierno inminente podría llevarse por delante los presupuestos navales recién aprobados, lo que añadía a la misión una urgencia que iba mucho más allá del protocolo.
Apenas tres semanas después, Sagasta presentaría su dimisión y Cánovas volvería al poder, heredando un expediente sobre la misión marroquí.
—¿Y el Gobierno está de acuerdo con semejante gesto, mi almirante? —se atrevió a preguntar Cotoner—. Un crucero de primera para pasear a una embajada parece mucho lujo, con perdón.
Fernández de Lera esbozó algo parecido a una sonrisa cansada.
—El Gobierno, teniente, querría que el sultán olvidase cuanto antes que hace año y medio le debíamos una guerra y una explicación. Un buque así habla más alto que cualquier pliego diplomático. Pero eso no es asunto suyo, ni mío del todo.
El almirante se puso en pie y caminó hacia el mapa mural que mostraba el estrecho de Gibraltar y las bahías de Cádiz y Tánger.
—Usted embarcará en Cádiz como oficial de derrota y control de averías. Su cometido oficial es participar en el traslado de honores de la embajada hasta Tánger y coordinar el inmediato regreso a la bahía de Cádiz. Debemos estar de vuelta el domingo 10 de marzo a primera hora: la Infanta Doña Eulalia presidirá la parada naval y la botadura del nuevo crucero acorazado Emperador Carlos V. No podemos permitirnos el menor retraso. La flota entera estará allí y la prensa internacional observará cada detalle.
—A la orden, mi almirante —asintió Cotoner—. ¿Y cuál es el cometido extraoficial?
El veterano mando se detuvo frente al mapa, palmeando la costa africana.
—Asegurarse de que el pasaje llegue intacto y de que el buque regrese sin novedad. Rumores en la corte sugieren que hay quienes desearían ver fracasar esta misión diplomática para forzar una intervención militar en el norte de África. Mantenga los ojos abiertos en el trayecto, Cotoner. En el Estrecho, la política es tan traicionera como la mar.
—¿Y si algo sale mal, mi almirante? ¿A quién responderé, a usted o al Ministerio?
—A mí, teniente. Siempre a mí. Lo que el Ministerio no sepa no podrá desmentirlo.
Cotoner salió del Ministerio con la orden todavía caliente en el bolsillo y la cabeza llena de cálculos que no eran los suyos: los del Gobierno, los del ministro, los de una diplomacia que él no había pedido representar. En la escalinata se cruzó con el teniente Ibáñez, compañero de promoción y rival declarado desde los tiempos de la Escuela, que bajaba los peldaños de dos en dos con un fajo de papeles bajo el brazo.
—Cotoner. Me dicen que te llevas el Reina Regente a Tánger —dijo Ibáñez, deteniéndose un escalón por encima, de modo que le sacaba media cabeza—. Vaya suerte la tuya. A mí me han dejado de guardia en Cartagena, revisando calderas viejas.
—No sé si llamarlo suerte —respondió Cotoner, midiendo las palabras—. Es un buque hermoso, pero el comandante lleva poco tiempo al mando y tiene prisa por llegar. Y en el Estrecho, en marzo, la prisa no es buena consejera.
—Siempre tan prudente —rio Ibáñez, sin mala fe—. Algún día esa cabeza fría te hará almirante, Cotoner, o te dejará en tierra viendo cómo ascienden otros menos cautos. Anda, ve a despedirte de esa novia tuya de Sanlúcar, que buena falta te va a hacer el consuelo antes de zarpar.
—¿Y tú qué sabes de consuelos, Ibáñez, si llevas soltero desde que te conozco? —respondió Cotoner, con la primera sonrisa sincera del día.
—Sé lo bastante para no fiarme de comandantes con prisa —dijo Ibáñez, ya en serio—. Cuídate, de verdad.
No respondió. Se limitó a estrecharle la mano y a bajar el resto de la escalinata con el paso rápido de quien tiene tres días por delante para llegar a Cádiz y una vida entera que ordenar en el camino.
Caminando de vuelta a la fonda, se preguntó si Ibáñez no tendría después de todo algo de razón: tal vez la prudencia que tanto presumía no fuera más que miedo bien disimulado, y tal vez ambas cosas, a fin de cuentas, sirvieran igual de poco frente a una orden ya firmada.
Aquella noche cenó solo en una taberna cercana a la fonda, entre una fauna social muy variada que discutía incansablemente si Cánovas volvería al poder antes del verano. No participó en la conversación, pero la escuchó entera.
En la fonda de la calle Mayor, Cotoner encendió una vela y sacó papel de carta antes de que el cansancio lo venciera. Escribió pocas líneas, anotó que la misión sería corta, que estaría de vuelta en Cádiz para la botadura del Carlos V, y que en cuanto atracara pediría audiencia a don Joaquín para lo que ya llevaban dos años posponiendo. No mencionó ni al ministro ni al temporal que empezaba a anunciarse en los partes de la costa; algunas cosas, pensó, era mejor guardárselas hasta saber que no había motivo para preocupar a nadie. Cerró el sobre, lo dejó listo para el correo de la mañana y apagó la vela con la extraña sensación de estar despidiéndose de algo más que de una ciudad.
A la mañana siguiente, antes de tomar el tren de vuelta hacia el sur, releyó una última vez la carta ya cerrada, tentado de añadir algo más, y terminó por guardársela en el bolsillo tal cual estaba, convencido de que las palabras de más solo restan a las que importan.
Durante el trayecto de vuelta, mucho más animado que el de ida gracias a la compañía de otros oficiales que también bajaban hacia Cádiz, Cotoner apenas participó en las bromas y cálculos de sus compañeros sobre lo que harían con la paga extra de la travesía.
Llevaba en el macuto una novela de aventuras marinas que Aurora le había regalado meses atrás, y que no había conseguido terminar en ninguno de los dos trayectos, siempre distraído por algo más urgente que la ficción.
También guardaba, doblada entre las páginas del libro, una fotografía de su promoción de guardiamarinas tomada el día de su graduación, en la que Ibáñez aparecía justo a su lado, ambos con la misma sonrisa forzada de cualquier foto de graduación.
CÁDIZ
Tres días más tarde, el puerto de Cádiz amaneció envuelto en una densa bruma salina que desdibujaba los contornos de las murallas de San Carlos. En la dársena militar, recortándose con imponente majestad contra el horizonte grisáceo, descansaba el Reina Regente. Construido en los célebres astilleros británicos de J&G Thomson en Clydebank, el crucero era motivo de orgullo nacional: noventa y siete metros de eslora, una línea estilizada de corte militar, chimeneas altas y una máquina de triple expansión capaz de desplegar más de 11.000 caballos de potencia para alcanzar la vertiginosa velocidad de veinte nudos. Cuatrocientos doce hombres formaban su dotación completa.
Sus calderas cilíndricas, ocho en total repartidas en dos salas independientes, quemaban carbón a un ritmo que exigía relevos constantes de fogoneros, un trabajo tan duro que pocos marineros lo elegían por gusto propio.
Botado en 1887 en aquellos mismos astilleros escoceses y entrado en servicio al año siguiente, el crucero había navegado ya aguas americanas y europeas, ganándose fama de buque veloz y bien armado, aunque también de comportamiento esquivo con mar gruesa, cosa que solo unos pocos oficiales, Cotoner entre ellos, se atrevían a comentar en voz baja.
Desde el amanecer, gabarras cargadas de carbón de Cardiff se arrimaban al costado del crucero para llenar sus pañoles hasta la última tonelada: la travesía y el regreso exigían combustible de sobra, y ningún comandante quería quedarse corto de presión en mitad del Estrecho. El polvo negro se colaba por todas partes, tiznando de hollín las camisas blancas de los guardiamarinas más jóvenes, para regocijo discreto de la marinería veterana.
Desde temprano, medio Cádiz se había echado a las murallas y al muelle para presenciar la partida: nunca antes una embajada extranjera había sido recibida con tanto boato en la ciudad, y los vendedores ambulantes hacían su agosto entre la multitud, despachando castañas y horchata pese al frío húmedo de la mañana.
A lo largo de la escala real subían los petates de la marinería, los suministros de víveres y el equipaje lujoso de la delegación diplomática del Majzén. Entre el constante ajetreo de cabos, silbatos de contramaestre y órdenes gritadas en la cubierta de proa, el teniente Cotoner supervisaba la estiba.
El silbato de Llinares, heredado de su padre y ya con la boquilla desgastada por años de uso, sonaba distinto al de los demás contramaestres, un matiz que solo los marineros más veteranos sabían reconocer entre el barullo general.
Entre los suministros embarcados figuraban también las provisiones de agua dulce calculadas para una travesía de varios días.
También se cargaron cajas de medicamentos básicos para la enfermería, vendas, yodo y quinina entre otras cosas, calculadas por el doctor Izquierdo para una travesía corta.
Un oficial de aduanas subió a inspeccionar someramente el equipaje diplomático, un trámite puramente protocolario que Sanz de Andino había insistido en mantener pese a las prisas, convencido de que ninguna irregularidad, por pequeña que fuera, debía mancillar la partida.
Uno de los estibadores del muelle, que llevaba toda la vida cargando y descargando buques en aquella misma dársena, comentó a un compañero que nunca había visto tanta prisa por zarpar con un cielo que ya anunciaba lo suyo desde el amanecer.
El aduanero reparó, sin darle mayor importancia, en que uno de los baúles pesaba bastante más de lo que su tamaño sugería, pero un gesto de Pérez y Cuadrado bastó para que decidiera no preguntar más.
Entre los bultos más delicados viajaba una vajilla de plata destinada a agasajar a la delegación durante la travesía, envuelta en paño y vigilada personalmente por el contador del buque como si de ello dependiera su carrera entera.
En total, el contador anotó en su libro de registro más de sesenta bultos entre la delegación y la propia dotación, una cifra que le costó cuadrar hasta bien entrada la tarde.
Cuando por fin se cerraron las escotillas de carga, el contador se permitió un breve respiro.
A sus pies, pegado a sus botas de cuero como una sombra fiel, caminaba Argos. El animal era un perro terranova de pelaje negro y rizado, corpulento como pocos, con un ojo medio entornado que le otorgaba una mueca de permanente sospecha. Se lo había regalado un veterano pescador de Sanlúcar de Barrameda dos años atrás, agradecido por la ayuda que Cotoner le prestó una noche de temporal para poner a salvo su barca caletera varada en la barra del Guadalquivir; el pescador presumía de haber criado al cachorro para nadar como pocos perros de la comarca. Desde aquella jornada, Argos no se había separado del oficial. Dormía a los pies de su litera en la cámara de oficiales, comía de sus sobras y se había ganado el respeto de la dotación.
—Ese perro tiene más sentido de la mar que muchos guardiamarinas, mi teniente —comentó el contramaestre Llinares, un marino valenciano de piel curtida por el sol y salitre acumulado en las arrugas de los ojos—. Fíjese cómo mira el cielo. Cuando Argos esconde la cola entre las patas y no le quita el ojo a la tablazón, el barómetro no tarda en caer.
Cotoner sonrió contemplando al animal, aunque la mirada del oficial denotaba preocupación.
—El barómetro ya está cayendo, Llinares. Y la marejada de fondo que entra por el Golfo no promete nada bueno para el fin de semana.
Llinares, como todo buen marino de su generación, no permitía silbidos en cubierta ni que nadie pronunciara la palabra «ahogarse» a bordo, y persignaba discretamente el casco cada vez que zarpaban en viernes. Aquel sábado, por una vez, se libraban de la superstición más temida de todas.
Antes de que la comitiva marroquí subiera a bordo, Cotoner hizo su ronda habitual por las estaciones de control de averías, comprobando que las bombas manuales estuvieran engrasadas y que las mangueras de lona no presentaran grietas. En el pañol de proa encontró al guardiamarina Reyes, un muchacho de dieciséis años que hacía su primera travesía larga, repasando de carrerilla la ubicación de cada válvula como quien reza una oración.
—¿Cree que aguantaremos el temporal que anuncian, mi teniente? —preguntó el muchacho, sin levantar la vista de las válvulas.
—El barco aguantará lo que tenga que aguantar —respondió Cotoner, con la calma que había aprendido a fingir desde su primer embarque—. Usted encárguese de que estas válvulas respondan cuando haga falta, que de preocuparse ya nos ocupamos los demás.
Reyes asintió, algo más tranquilo, y volvió a sus válvulas. Cotoner subió de nuevo a cubierta preguntándose, no por primera vez, si algún día aprendería él mismo a creerse sus propias mentiras con la misma soltura con que las repartía entre los más jóvenes.
Llinares, que pasaba por allí en ese momento, le dejó al muchacho un pequeño amuleto de coral rojo, típico de los pescadores valencianos, murmurando que no hacía falta creer en esas cosas para llevarlas encima.
En ese instante, la guardia de cubierta presentó armas con estrépito de fusilería. Por la escala de babor accedía la comitiva marroquí, encabezada por los embajadores del Sultán, ataviados con vistosas chilabas blancas, turbantes de seda y dagas ceremoniales con empuñadura de plata. Tras ellos, supervisando los pesados baúles de madera y cuero, el capitán de navío don Francisco de Paula Sanz de Andino, comandante del Reina Regente, los recibía con rigurosa etiqueta militar, flanqueado por su segundo comandante, el capitán de fragata Francisco Pérez y Cuadrado, que tomaba nota de cada baúl como si de ello dependiera su propia carrera.
Pérez y Cuadrado, entre baúl y baúl, no pudo evitar comentar en voz baja a Cotoner que los regalos que la embajada llevaba de vuelta a Tánger —telas bordadas, armas ceremoniales, un reloj de oro con las armas reales— valían, según sus cálculos, más que el sueldo de toda la oficialidad junta durante un año.
Pérez y Cuadrado, que llevaba veinte años de servicio y una esposa e hijos esperándolo en El Ferrol, solía decir que la Armada le había dado más disgustos que alegrías, aunque nunca lo bastante como para pedir el retiro.
El embajador Sidi Mohammed el-Fasi, de barba entrecana y turbante de seda azul, se detuvo un instante junto a Cotoner mientras aguardaba su turno para subir la escala, y le dirigió unas palabras en un español torpe pero cuidado.
Desde la cubierta, mientras subía, el embajador contempló un instante las murallas de Cádiz recortadas contra la bruma, y comentaría después a Salazar que aquella ciudad blanca le había recordado, extrañamente, a su propio Tánger natal.
—Barco grande. Barco fuerte, ¿verdad, teniente?
—El más moderno de la Armada, señor —respondió Cotoner.
—Que Dios lo mantenga así hasta Tánger —dijo el dignatario, con una mirada hacia el cielo que ya empezaba a cerrarse—. Y hasta Cádiz.
Cotoner no supo si aquello era cortesía o premonición, pero se lo agradeció con una inclinación de cabeza antes de que el hombre siguiera subiendo hacia cubierta.
En cuanto el último dignatario puso el pie en cubierta, la artillería secundaria disparó una salva de honor que hizo temblar los cristales de las casas más cercanas al muelle. El humo blanco se enredó un instante entre la arboladura antes de que el viento, cada vez más vivo, lo deshiciera hacia poniente.
Sanz de Andino, siguiendo el protocolo aprendido de memoria, entregó al embajador el-Fasi una réplica en miniatura del propio Reina Regente, tallada en plata por un artesano de Cádiz, que el diplomático recibió con una reverencia más larga de lo estrictamente necesario.
Antes de retirarse a su camarote esa primera noche de travesía, Sanz de Andino reunió brevemente a sus oficiales para repetir, casi palabra por palabra, las mismas instrucciones que ya constaban por escrito en la orden de operaciones.
Sanz de Andino era un marino de la vieja escuela: rígido, escrupuloso con el reglamento y profundamente celoso del honor de la Armada. Para él, la puntualidad en los actos oficiales de Cádiz no era una mera recomendación administrativa, sino un deber patriótico indiscutible.
Cotoner conocía de sobra los motivos de aquella rigidez. Sanz de Andino llevaba el mando apenas seis semanas, desde que lo relevara en Cádiz al capitán Paredes Chacón, y no era hombre que fuera a dejar constancia de la menor vacilación en su primer viaje al frente del buque. Como oficial de control de averías, él había firmado semanas antes el parte mensual de vida y fuerza en el que constaban, negro sobre blanco, las deficiencias de estanqueidad en varios compartimentos y los fallos del alumbrado eléctrico en las zonas más sensibles. Nadie en Madrid había respondido a aquel informe, y ahora esas mismas deficiencias viajaban con ellos rumbo al Estrecho.
La escala real, recién pintada de blanco para la ocasión, todavía olía a barniz fresco cuando los primeros marineros empezaron a subir por ella cargados con los últimos petates.
El muelle olía a una mezcla de brea, pescado y carbón que Cotoner llevaba asociando al mar desde niño.
Desde la torre de la catedral, apenas visible entre la bruma, las campanas dieron la hora justo cuando el último remolcador se apartaba del costado del crucero.
El sonido de las campanas se mezcló un instante con el pitido de la sirena del crucero, dos voces distintas de la misma ciudad despidiendo, cada una a su manera, al buque que se alejaba.
En el muelle de la Puerta de Mar, apartada del bullicio de la marinería, aguardaba una joven envuelta en un mantón oscuro contra el relente de la mañana. Cotoner pidió permiso para bajar unos minutos antes de que se completara la maniobra, y Llinares, que conocía bien aquella silueta, se ofreció a cubrirlo sin que nadie preguntara.
—Pensé que ya no vendrías —dijo Cotoner, tomándole las manos.
Ella llevaba el pelo recogido bajo el mantón, dos mechones sueltos por el viento, y por un instante a Cotoner le pareció que llevaba así, exactamente así, esperándolo desde siempre.
—¿Y perderme la salida del barco más hermoso de la Armada? —respondió Aurora, con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos—. Mi padre me habría reñido si no viniera a despedir a uno de sus tenientes favoritos.
Se conocían desde que él, apenas un muchacho, ingresó en la Escuela de Guardiamarinas de San Fernando. El padre de Aurora, el capitán de navío don Joaquín Bermúdez, había sido entonces uno de sus instructores, y fue en su propia casa del Barrio Alto donde el joven cadete conoció a la niña de la familia. Con los años, aquella amistad de infancia se había convertido en algo más firme. Don Joaquín nunca puso reparo al noviazgo —estimaba a Cotoner por mérito propio—, pero el propio interesado sí lo ponía: mientras no tuviera grado y sueldo suficientes para no deberle nada a la fortuna de nadie, no se sentía con derecho a pedirle la mano de la hija de su antiguo instructor.
Recordó, sin venir a cuento, una tarde de hacía años en que Aurora, todavía una niña, le había enseñado a distinguir los barcos por su arboladura desde la terraza de su casa, mientras don Joaquín fingía no escuchar la lección tras el periódico. Le pareció que de aquella terraza a esta escala real no había más que un paso, y que todo lo que había hecho desde entonces —los estudios, los ascensos, las guardias interminables— no había sido sino un modo lento de merecer aquel primer gesto de confianza.
—Cuando vuelva de Tánger, hablaré con tu padre. Ya va siendo hora —dijo Cotoner.
—Ya era hora hace dos años, Álvaro —repuso ella, sin reproche, con la paciencia de quien ha aprendido a esperar sin amargura—. Pero vuelve, que es lo único que te pido.
La besó en la frente y regresó a la escala real justo cuando el capitán de navío ordenaba completar el embarque. Aurora no le dijo adiós con la mano ni se quedó mirando el horizonte: se quedó quieta donde estaba, el mantón sujeto contra el pecho con las dos manos, viendo cómo recogían la escala real tras él.
Al volver hacia la escala, se cruzó con don Joaquín Bermúdez, que supervisaba desde el muelle la estiba de los víveres destinados a la delegación marroquí.
—Cuide de mi hija cuando yo ya no pueda hacerlo, teniente —dijo el capitán, sin más preámbulo, tendiéndole la mano.
—Con su permiso, mi capitán, algún día seré yo quien se lo pida a usted.
Don Joaquín soltó una carcajada franca, le dio una palmada en el hombro y lo despidió con un gesto que decía más que cualquier bendición formal.
Cotoner lo vio alejarse hacia los almacenes del muelle con el paso firme de quien ha entregado ya, sin decirlo del todo, más de lo que aparentaba.
En el puente, Sanz de Andino repasaba una última vez la carta de derrota junto al timonel, un marinero veterano de manos cuarteadas que llevaba gobernando cañoneras y cruceros desde antes de que Cotoner naciera.
A las once y media de la mañana del sábado 9 de marzo, el Reina Regente hizo sonar sus sirenas de vapor. Los remolcadores tiraron de las amarras, la marinería recogió los últimos cabos sueltos y las enormes hélices de bronce comenzaron a batir el agua de la bahía. El gigante de acero puso proa al sur, abriendo una estela de espuma blanca hacia la embocadura del Estrecho de Gibraltar.
Una segunda sirena, más breve que la primera, anunció el desenganche definitivo de los remolcadores, que viraron hacia puerto dejando al crucero avanzar ya por su propio impulso.
En lo alto del palo mayor ondeaba, todavía intacta, la enseña nacional recién izada esa mañana, y Sanz de Andino se había asegurado personalmente de que estuviera bien sujeta antes de dar la orden de zarpar.
En el muelle, la banda de música del regimiento de Cádiz atacó los primeros compases de una marcha militar cuando el Reina Regente empezó a alejarse del atraque, y varias voces sueltas entre la multitud se unieron al estribillo.
Cotoner, apoyado en la borda, contempló por última vez el perfil de las murallas de Cádiz recortado contra el amanecer.
El padre Mendía, desde la toldilla, trazó una bendición apresurada sobre la dotación formada en cubierta antes de que sonaran las sirenas, gesto que la mayoría de los marineros recibió con la cabeza gacha y en silencio.
Alguien, entre risas contenidas, sugirió que también habría que bendecir al perro, y el capellán, sin inmutarse, extendió la mano hacia Argos con la misma solemnidad que había empleado con la tripulación.
TÁNGER
La travesía hasta la costa africana transcurrió sin contratiempos de importancia, pero al alcanzar la bahía de Tánger esa misma noche del sábado 9 de marzo de 1895, el ambiente cambió de forma drástica. La ciudad marroquí, con sus minaretes blancos y sus murallas escalonadas sobre la colina, aparecía envuelta en un celaje de tono plomizo y violáceo.
Debido a la escasa profundidad de la rada tangerina y al violento oleaje de fondo que comenzaba a romper contra el arrecife y las estructuras del muelle viejo, el Reina Regente no pudo aproximarse a tierra. El comandante Sanz de Andino ordenó dar fondo a casi media milla de la costa, dejar caer las cadenas de las anclas principales y mantener calderas encendidas a baja presión por precaución.
Sanz de Andino bajó personalmente a inspeccionar las cadenas del ancla antes de retirarse a su camarote, un gesto que sorprendió a más de un oficial acostumbrado a verlo confiar esas tareas a sus subordinados.
Por debajo de Pérez y Cuadrado, la oficialidad se completaba con cuatro tenientes de navío, varios alféreces recién salidos de la Escuela y un puñado de guardiamarinas en su primera campaña larga, entre ellos el propio Reyes.
Pérez y Cuadrado había sugerido, sin mucho éxito, redistribuir parte del carbón hacia los pañoles de popa para compensar el peso de la artillería de proa, una propuesta que el comandante descartó por considerarla una pérdida de tiempo innecesaria.
En la cámara de derrota, iluminada por un quinqué que oscilaba con el balanceo del fondeadero, Cotoner pasó un buen rato comparando las cartas inglesas y españolas del Estrecho, notando con inquietud que no siempre coincidían en la profundidad exacta de ciertos bajos.
Antes de bajar a cenar, buscó a Argos por la cubierta y lo encontró acurrucado bajo un bote salvavidas, temblando pese al calor de la sala de calderas cercana, en una actitud que el teniente prefirió no comentar con nadie.
Ni siquiera el cordero que sobró de la cena de la delegación consiguió tentarlo esa noche, y Llinares, que se lo ofreció personalmente, se santiguó al ver que el plato volvía intacto a la cocina.
Se quedó aquella noche un rato más de lo habitual junto a él, rascándole detrás de las orejas en silencio, sintiendo que algo en la quietud del animal le pedía que se quedara a su lado.
El perro terminó por dormirse con la cabeza apoyada en la bota del teniente, ajeno por unas horas al cielo que se oscurecía cada vez más al otro lado del ojo de buey.
Llinares, antes de subir a su propio turno de guardia, se santiguó frente al pañol de banderas como hacía cada noche desde que tenía memoria, sin que aquel gesto le pareciera nunca suficiente ni, tampoco, del todo inútil.
El pañol de banderas, ordenado con precisión militar, guardaba entre sus estantes la enseña de combate de repuesto, doblada con el mismo cuidado con que se dobla algo que se espera no tener que usar nunca.
Fue precisamente esa misma bandera de repuesto la que, según constaría después en los informes, nunca llegó a izarse, quedando doblada para siempre en su sitio.
Desde la cubierta se distinguía la ciudad encaramada sobre la colina, con sus minaretes recortados contra un cielo cada vez más oscuro y el eco lejano de la llamada a la oración de la tarde, que el viento deshacía antes de llegar entera al oído. Abajo, junto al puerto, los comerciantes del zoco recogían sus puestos con más prisa de la habitual. También ellos parecían haber leído en el cielo la misma amenaza que preocupaba a Cotoner.
Esa noche, en la estrechez de la cámara de oficiales, la cena transcurrió con la formalidad de siempre, aunque el balanceo del fondeadero ya anticipaba lo que se avecinaba. Sanz de Andino presidía la mesa con la espalda recta y el gesto impasible de quien no admite que el tiempo pueda alterar sus planes.
Antes de la cena, se había afeitado con cuidado frente a un espejo picado por el salitre, un pequeño ritual de normalidad.
Las campanadas del reloj de a bordo marcaron las ocho justo cuando el ordenanza retiraba los primeros platos.
En su propio camarote, más amplio que el resto pero igualmente austero, Sanz de Andino guardaba sobre el escritorio un retrato de su difunta esposa, la única concesión decorativa que se permitía a bordo.
—Con el debido respeto, mi comandante —se atrevió el capellán, un hombre menudo de apellido Mendía que llevaba ya dos travesías a bordo—, los marineros hablan de mal agüero. Dicen que el perro del teniente Cotoner lleva dos días sin comer.
—Los marineros hablan siempre de mal agüero, padre —respondió Sanz de Andino sin levantar la vista del plato—. Es su manera de rezar sin arrodillarse.
Hubo risas contenidas alrededor de la mesa. Cotoner cruzó una mirada breve con Pérez y Cuadrado, pero ninguno de los dos dijo nada: ya habían dicho, cada uno a su manera, todo lo que tenían que decir.
—Recuerden, caballeros —añadió Sanz de Andino, alzando su copa de vino aguado—, que de esta travesía depende que Madrid nos mire con otros ojos. No hay margen para el fracaso.
—¿Y usted qué opina, Cotoner? —preguntó de pronto Sanz de Andino, sorprendiéndolo—. ¿También cree que ese perro suyo sabe leer el barómetro mejor que el Instituto Central Meteorológico?
—Creo que Argos, mi comandante, nunca ha estado equivocado hasta ahora —respondió Cotoner, con el cuidado de quien elige cada palabra—. Pero espero de corazón que esta vez sea la excepción.
El ordenanza sirvió el café, y por un momento, mientras el aroma se mezclaba con el del tabaco de pipa del capellán, la cámara de oficiales pareció, por un instante, ajena a todo lo que sucedía fuera.
Pérez y Cuadrado, animado por el café, contó una anécdota de sus años en Cuba que arrancó una sonrisa incluso a Sanz de Andino.
Bajó a la escala de babor junto al contramaestre Llinares para comprobar el estado de la mar. A su lado, Argos mantenía las orejas erguidas y emitía un gruñido sordo e intermitente hacia las nubes que se apelotonaban sobre el cabo Espartel.
—Hoy no le gusta nada el aire al perro, mi teniente —dijo Llinares ajustándose la gorra, mientras las ráfagas de viento del sudoeste comenzaban a silbar entre los cables de la arboladura.
Sabía por qué Llinares desconfiaba tanto de los malos augurios: había perdido a un hermano mayor años atrás, marinero como él, en un temporal frente a las costas de Valencia que nadie había sabido leer a tiempo. Desde entonces, el contramaestre trataba cada cielo torvo como una advertencia personal que no pensaba ignorar dos veces.
—A mí tampoco me gusta un pelo este cielo, contramaestre —respondió Cotoner sacando del bolsillo interior de su guerrera el parte meteorológico manuscrito que horas más tarde esgrimiría ante el comandante—. La presión está cayendo a ritmo de temporal. Hablan de viento sostenido de cuarenta y cinco nudos, con rachas que pueden pasar de cincuenta: fuerza diez, fuerza once en la escala del almirante Beaufort. Y mar de seis a nueve metros en el canal. Y el viento del sudoeste en esta zona abre la boca del embudo del Estrecho. Si se desata la tempestad, quedar trabados aquí con fondo de arena será peligroso.
En la cubierta principal, el desembarco de la embajada marroquí se convirtió en un quebradero de cabeza. Las barzas y falúas enviadas desde el puerto para transportar a la comitiva y sus equipajes daban tumbos violentos contra el costado de acero del crucero. Los oficiales marroquíes, poco acostumbrados al ajetreo del mar, mostraban recelo en saltar a las embarcaciones menores entre el vaivén de las olas.
Entre los marineros que forcejeaban con los cabos de las falúas, Cotoner reconoció al guardiamarina Reyes, empeñado en demostrar que podía con más peso del que en realidad podía cargar.
El aroma a papel y tinta le trajo, sin que lo buscara, el recuerdo de una tarde de hacía dos veranos: Aurora y él caminando por la orilla del Guadalquivir mientras las barcas de los almadraberos regresaban cargadas de atún, ella descalza con los zapatos en la mano, riéndose de que un teniente de la Armada no supiera nadar tan bien como cualquier crío del Barrio Bajo. Se había arrojado al agua vestido, más por orgullo que por gusto, y había estado a punto de ahogarse de verdad entre las risas de ella y el pánico fingido de don Joaquín, que observaba la escena desde la orilla sin aprobarla del todo. Fue, pensó ahora, el día exacto en que decidió que quería envejecer oyendo esa risa.
El intérprete de la delegación, un levantino apellidado Salazar que llevaba media vida haciendo de puente entre las dos lenguas, se dejaba la voz gritando instrucciones a los remeros de las falúas, tan agotado como ellos al final de cada viaje entre el buque y la orilla.
—¡Con cuidado con ese baúl, que lleva el sello del Majzén! —gritaba Salazar a los remeros, alternando el árabe y el español en la misma frase sin que nadie pareciera notarlo.
Cotoner palpó en el bolsillo interior de su uniforme una carta privada que había recibido en Cádiz horas antes de zarpar. Era de Aurora, su prometida, la joven de familia bien del Barrio Alto de Sanlúcar de Barrameda que le esperaba desde que era apenas cadete. Le contaba, con su letra menuda, las trivialidades de la semana —una visita de su tía de Jerez, el mal genio de su padre por un ascenso que tardaba en llegar a otro oficial de su promoción—. Con esos pequeños detalles quería hacerle sentir, aun en el barco, un pedazo de la vida corriente que le aguardaba en tierra. Solo al final, en dos líneas más apretadas, le pedía que no cometiera imprudencias y que volviera pronto. No añadía ninguna explicación. Entre ellos, cualquier otra palabra sobraba.
La letra de Aurora, trazada con tinta azul sobre papel fino, le parecía al teniente un ancla de cordura en medio de la creciente tensión del barco. Sonrió al imaginarla escribiendo aquellas líneas junto a la ventana de su cuarto, con vista al río, y se prometió que aquella sería la última travesía que la mantuviera esperando.
Dobló la carta con cuidado, la devolvió a su bolsillo interior y se permitió, por un segundo, cerrar los ojos contra el viento como quien intenta retener un olor antes de que se lo lleve el aire.
—Teniente Cotoner —dijo la voz del comandante Sanz de Andino, apareciendo en la toldilla con el anteojo bajo el brazo—. Las falúas tardarán horas en completar el traslado. Desembarcaremos el resto de la embajada al amanecer. Pero quiero las máquinas listas para dar presión en cuanto el último equipaje toque tierra. No pienso perder la marea del domingo en Cádiz. La Infanta y el Ministerio nos aguardan.
—Señor comandante —se atrevió a observar Cotoner con respeto—, el último parte asegura que se avecina un temporal deshecho del sudoeste. Con la corriente de superficie entrando por el Estrecho de poniente y el viento soplándole de cara, el oleaje no será solo alto: será corto y quebrado, de los que rompen sobre cubierta en vez de dejarse remontar. Los prácticos de Tánger recomiendan no cruzar el canal mientras dure el temporal.
Sanz de Andino miró a su oficial con dureza inflexible.
—Los prácticos locales navegan en cáscaras de nuez, teniente. Nosotros comandamos el barco más moderno de la Armada Española. Once mil caballos de fuerza no le temen a una marejada en el Estrecho. Cumpliremos el itinerario oficial.
El segundo comandante, Pérez y Cuadrado, que había presenciado la escena desde la puerta de la cámara de derrota, esperó a que Sanz de Andino se alejara hacia el puente para acercarse a Cotoner.
—No se lo tome a mal, teniente —dijo en voz baja—. El comandante lleva seis semanas al mando y no va a dar la primera muestra de flaqueza delante de una embajada extranjera. Ni delante de nadie.
—No es flaqueza pedir cordura, mi comandante —repuso Cotoner.
—Lo sé —Pérez y Cuadrado bajó aún más la voz, casi como si se lo dijera a sí mismo—. Pero entre usted y yo, hay más cosas decididas antes de embarcar de lo que decidamos ya en la mar. Recemos porque el barómetro se equivoque.
Fue lo más parecido a una advertencia que Cotoner recibiría de nadie a bordo, y la guardó sin decir una palabra más.
Poco antes de que amaneciera, uno de los prácticos del puerto, un tangerino de barba blanca que llevaba cuarenta años leyendo aquel mismo cielo, subió a bordo para insistir en persona.
—Mi comandante, con todo respeto —dijo, con la gorra entre las manos—: hoy no sale nadie de este puerto que tenga la cabeza sobre los hombros.
—Aprecio el aviso, buen hombre —respondió Sanz de Andino—. Pero tengo órdenes de Madrid que no puedo dejar de cumplir aunque mi parecer fuese otro.
El práctico se retiró sin insistir más, pero antes de bajar por la escala se santiguó, igual que harían horas después los pastores de Bolonia.
Llinares, que también lo había visto todo desde la cofa de proa, bajó sin decir palabra y buscó a Argos para atarle al cuello, sin que nadie se lo pidiera, un trozo de cordel bendecido que guardaba desde su primera comunión.
Esa noche, antes de acostarse, Llinares escribió unas pocas líneas a su madre en Valencia, una costumbre que repetía cada vez que zarpaba.
La noche se cerró sobre el fondeadero sin que nadie a bordo, salvo quizá Argos, durmiera del todo tranquilo. Cuando el cielo empezó a clarear sobre las colinas de Tánger, el temporal ya no era una amenaza en los partes meteorológicos: era una realidad que golpeaba el casco con cada ráfaga.
EL BUZO
El domingo 10 de marzo de 1895 amaneció con un escenario terrorífico en la bahía de Tánger. El cielo había desaparecido tras una cortina continua de nubes negras y bajas. El viento del sudoeste —el temido vendaval— soplaba con fuerza de huracán, levantando olas colosales del oeste que rompían con furia destructiva contra el espigón y las rocas de la costa africana. El puerto de Tánger quedó oficialmente cerrado a toda navegación menor.
Bajo cubierta, los maquinistas de guardia recibieron la orden de mantener presión máxima constante, conscientes de que cualquier fallo en las calderas, con aquel mar, podía significar mucho más que un simple retraso.
La lluvia caía casi en horizontal, empujada por rachas que silbaban entre la jarcia como quejidos, y el muelle de Tánger había quedado desierto salvo por un puñado de estibadores que renunciaron a seguir trabajando antes del mediodía.
Sanz de Andino, con los prismáticos pegados a los ojos, intentaba en vano distinguir algo más allá de la cortina de agua que ya lo cubría todo, mientras el timonel luchaba por mantener el rumbo con los brazos temblando de esfuerzo.
En la legación marroquí, los dignatarios que habían desembarcado la tarde anterior observaban el mismo cielo desde la seguridad de tierra firme, preguntándose en voz baja si el buque que tan generosamente los había transportado lograría siquiera zarpar con aquel tiempo.
Uno de ellos, el más joven de la comitiva, comentó en voz baja a Salazar que en su tierra un capitán jamás desafiaría así a un cielo tan claramente hostil, y el intérprete no supo qué responder que no sonara a excusa.
Salazar, ya de vuelta en la legación, se sirvió un té con manos todavía temblorosas, incapaz de quitarse de la cabeza la imagen del crucero desapareciendo entre la lluvia.
Pasarían muchos años antes de que Salazar volviera a subirse a un barco por voluntad propia, y cuando por fin lo hizo, insistió en viajar siempre en cubierta, nunca bajo ella.
El embajador el-Fasi, por su parte, jamás volvió a pisar suelo español, y encomendó a sus sucesores en el cargo que, llegado el caso, recordaran siempre con respeto a la tripulación de aquel crucero.
En sus memorias, publicadas ya muy anciano en su Tánger natal, dedicó apenas un párrafo al suceso, pero fue, según contarían quienes lo conocieron, de los pocos episodios de su larga carrera diplomática que nunca pudo relatar sin que la voz se le quebrara un poco.
Aquel libro, traducido después al español por un modesto editor de Ceuta, tendría una tirada pequeña y una circulación aún menor, pero bastaría para que, generaciones después, alguien encontrara en él una confirmación inesperada de detalles que ya solo constaban en la memoria de una familia de Sanlúcar.
El traductor, curiosamente, resultó ser sobrino nieto de Salazar, aunque nunca llegó a saberlo mientras trabajaba en la traducción, ajeno a que su propia familia había estado, sin saberlo tampoco, en el corazón mismo de la historia.
Salazar tradujo, sin poder suavizarlo del todo, que el buque zarparía de todos modos, y el silencio que siguió entre los dignatarios dijo más que cualquier protesta formal.
Salazar, agotado ya de tantas horas de tensión, sintió un alivio egoísta al pensar que su trabajo terminaría en cuanto la delegación quedara instalada en la legación.
Cuando el crucero desapareció definitivamente tras la cortina de lluvia, Salazar se santiguó sin darse cuenta, un gesto que achacaría después al cansancio y que solo mucho más tarde entendería como lo que realmente había sido.
Sobre cubierta, la maniobra de zarpa se convirtió en una carrera contra el viento: los marineros luchaban por asegurar toldos y jaulas de gallinas que amenazaban con salir volando, mientras los oficiales gritaban órdenes que el vendaval deshacía antes de llegar a su destino.
—¡Aseguren esas jaulas antes de que las perdamos todas! —gritaba el alférez de guardia, más preocupado por el gallinero que por su propia estabilidad sobre la cubierta empapada.
A duras penas, tras arriesgar la vida de varias dotaciones de marineros en las falúas, se logró completar el desembarco de los últimos dignatarios del Majzén a las nueve de la mañana. Los prácticos del puerto izaron desde el semáforo de la punta el código de banderas que significaba «puerto cerrado, riesgo grave», repitiéndolo tres veces seguidas para que no hubiera lugar a la duda, advirtiendo que adentrarse en el canal abierto en tales condiciones era un suicidio náutico.
El barómetro de la cámara de derrota, revisado por última vez antes de zarpar, marcaba 728 milímetros de mercurio, una cifra que ni Cotoner recordaba haber visto nunca tan baja en sus años de servicio.
El oficial de guardia dejó constancia en el cuaderno de bitácora de la lectura exacta, con la letra apretada de quien escribe deprisa.
Desde el semáforo de Tánger se intentó, sin éxito, establecer una última comunicación óptica con el buque una vez perdido de vista tras la cortina de lluvia, un intento tan inútil como necesario para la conciencia de quienes lo hicieron.
Sin embargo, en el puente del Reina Regente, el comandante Sanz de Andino mantuvo su resolución. A las diez de la mañana en punto, el cabrestante empezó a cobrar la cadena del ancla entre chispas y chasquidos de metal. El crucero soltó amarras, viró lentamente pesando su imponente masa de acero sobre las olas, dobló el muelle viejo de Tánger y puso proa al noroeste cuarta al norte, rumbo que debía llevarlo a doblar la punta de Tarifa antes del anochecer, justo cuando la marea entrante reforzaría todavía más la corriente que ya venía de cara al buque.
En el puesto de vigía, un marinero se aferraba con ambas manos a los obenques, escrutando una cortina de agua que no dejaba ver más allá de la propia proa del buque.
Fue la última vez que alguien a bordo, salvo quizá el propio comandante en el puente, alcanzó a ver con claridad la línea de la costa africana antes de que la lluvia la borrara por completo.
La sirena de niebla lanzó tres toques antes de levar anclas. El sonido, grave y prolongado, apenas resistió unos instantes frente al rugido del viento. Después, el barco comenzó a separarse lentamente del muelle.
Repasó una vez más, para sus adentros, las órdenes recibidas en Cádiz: ninguna mencionaba explícitamente la posibilidad de retrasar el regreso, y ninguna, tampoco, le daría cobertura si decidía hacerlo por su cuenta.
Llevaba ya más de doce horas sin dormir, sostenido únicamente por café frío y la certeza, cada vez más frágil, de que la decisión tomada la noche anterior seguía siendo la correcta.
Su propio uniforme, empapado hasta la última costura, pesaba ya el doble de lo normal, y hacía horas que había dejado de sentir frío, sustituido por un entumecimiento que le preocupaba más que cualquier ráfaga de viento.
En algún momento de esa última hora, dejó de rezar por sí mismo y empezó a rezar por los hombres que tenía a su cargo, aferrándose todavía a la esperanza de que pudiera todavía servir de algo.
El padre Mendía, exhausto ya de tanto ir y venir entre los sollados, se detuvo un instante junto a Cotoner y le puso una mano en el hombro, sin decir nada, antes de seguir su camino.
Cotoner comprobó su reloj de bolsillo, regalo de graduación de su padre.
Del reloj, como de casi todo lo que aquellos hombres llevaban encima aquella tarde, no volvió a saberse nada, salvo algunos objetos que las corrientes acabaron depositando en las orillas.
De Cotoner no apareció ningún objeto personal. Ni un botón ni un jirón de uniforme. No quedó de él ningún recuerdo material que pudiera ser identificado. El mar decidió guardárselo entero.
Fue quizá esa ausencia de todo rastro material la que, paradójicamente, hizo que la carta traída por Argos resultara tan preciosa para quien la leyó: era, al fin y al cabo, lo único físico que quedaba de Álvaro Cotoner en todo el mundo.
Guardarla no era solo un acto de duelo, sino también, de algún modo confuso que nadie en la familia supo nunca explicar del todo, un acto de fe en que aquel papel, algún día, tendría un lector que le hiciera justicia.
Y en cierto modo, esperando durante más de un siglo dentro de aquel cajón de caoba, la carta cumplió exactamente esa función: aguardar, paciente, a que alguien por fin decidiera contar la historia entera.
Apenas el buque hubo navegado tres millas marinas separándose de la protección de la costa, ocurrió un acontecimiento insólito que dejaría perplejos a los observadores en tierra. Sin causa aparente, el Reina Regente detuvo por completo sus poderosas máquinas de vapor y quedó detenido al pairo, dando tumbos alarmantes en mitad del crecido oleaje.
Desde tierra, el crucero apenas era ya una mancha gris que aparecía y desaparecía entre las crestas. El Estrecho parecía cerrarse poco a poco sobre él, dudando si tragárselo de una vez o dejarlo pasar.
Desde los ventanales de la legación diplomática francesa, situada en la elevada colina de Marshan, Malpertuy, primer dragomán de la legación francesa, observaba las maniobras del crucero español a través de un anteojo de larga vista. Lo que presenció le dejó estupefacto: en la toldilla de popa del buque español se aprestaba un grupo de marineros. Mediante un aparejo de pluma, descolgaron por la aleta de babor a un hombre que parecía enfundado en un pesado traje de buzo.
A su lado, el cónsul de Francia bajó los prismáticos con gesto grave.
—¿Qué diablos hacen ahí abajo con este tiempo?
—No lo sé, señor cónsul —respondió Malpertuy sin apartar el ojo del catalejo—. Pero si son sensatos, lo que sea que buscan lo encontrarán pronto.
Ninguno de los dos imaginó que aquellas palabras formarían parte, meses después, de un informe oficial sobre la última vez que alguien vio con claridad al Reina Regente.
En la cubierta del buque, la escena era dantesca. Las rociadas de agua salada barrían la tablazón y el buzo se balanceaba en el aire antes de sumergirse en el agua embravecida.
Cotoner ayudó a incorporarlo, sujetándolo por el brazo hasta que pudo tenerse en pie de nuevo.
Vestido con la pesada escafandra de cobre y los zapatos de plomo reglamentarios, el hombre desapareció bajo la superficie entre una nube de burbujas que el oleaje deshizo casi al instante, dejando solo el rastro tenso de la manguera de aire como único hilo entre él y la cubierta.
—¡Sostengan las mangueras de aire! —gritaba Cotoner aferrado a la escala de estribor, con el rostro cubierto de espuma salina—. ¡Mantengan la bomba manual funcionando sin interrupción!
Entre los hombres que se turnaban en la manivela de la bomba, Cotoner reconoció al guardiamarina Reyes, empapado hasta los huesos y con los nudillos blancos de tanto apretar. Le sostuvo la mirada un instante, el justo para que el muchacho entendiera que no iba a soltar la manivela, y siguió gritando órdenes hacia la escala de estribor.
El contramaestre Llinares, con las manos ensangrentadas por la fricción del cabo de socorro, se acercó al oído del teniente.
—¡Es una locura, mi teniente! ¡Bajar a un hombre a la obra viva con esta mar de fondo puede destrozarlo contra el casco o partir los latiguillos del aire!
—¡El comandante teme que algo se haya enredado en la hélice de babor al maniobrar junto al muelle! —respondió Cotoner desencajado—. ¡Si no lo despejamos ahora, podemos perder el gobierno del barco en mitad del Estrecho, con esta mar encima!
Durante casi treinta minutos interminables, el Reina Regente permaneció a la deriva en la boca de la tormenta, con el buzo sumergido bajo el casco de acero. A los veinte minutos, la manguera de aire se tensó de golpe y dejó de dar juego, como si algo la hubiera atrapado contra el casco. Llinares soltó una maldición y varios brazos tiraron a la vez, hasta que la manguera cedió con un chasquido seco y volvió a moverse con la respiración del buzo. Nadie dijo nada, pero todos supieron lo cerca que habían estado de izar solo el cabo. Las olas azotaban la superestructura y el buque escoraba a ángulos preocupantes. A las 10:45 horas, tras réplicas agónicas y con esfuerzos sobrehumanos de la marinería, el buzo fue izado de nuevo a la cubierta, exhausto y golpeado.
Antes de que se lo llevaran a la enfermería, el buzo murmuró algo que solo Cotoner alcanzó a oír.
—Había algo enredado ahí abajo, mi teniente. Y no era ningún cabo.
Nadie volvió a mencionarlo, y Cotoner nunca supo si lo había entendido bien.
Antes de que se llevaran al buzo a la enfermería, Cotoner se agachó junto a él y le indicó a los camilleros que esperaran un momento. El hombre, tumbado sobre una colchoneta, aún tiritaba bajo una manta.
—Enséñeme qué traía cogido en la escafandra —le ordenó Cotoner en voz baja.
El buzo, con dedos temblorosos, sacó de un bolsillo cosido al peto de cuero un pequeño trozo de cable trenzado, cortado limpiamente en ambos extremos, no roto ni deshilachado por el roce con la hélice. En el extremo, apenas visible, una pequeña arandela de latón llevaba grabadas unas iniciales que Cotoner no reconoció: dos letras y una fecha reciente, ninguna coincidente con el arsenal de Cádiz ni con ningún pertrecho de la Armada Real.
—Esto no lo puso ningún calafate español, mi teniente —murmuró el buzo—. Y no llevaba ahí más de una semana, se lo aseguro. El cobre aún no tenía cardenillo.
Cotoner cerró el puño alrededor del cable un instante, sopesando qué hacer con aquello. Pensó en subir directamente al puente y ponerlo en conocimiento del comandante, pero un nuevo bandazo del buque, y la orden urgente de arriar de nuevo la escala para atender otro aviso de vía de agua en la sala de calderas, se lo impidieron. Se guardó el cable y la arandela en el bolsillo interior de la guerrera, decidido a examinarlos con calma en cuanto amainara el temporal.
Aquella calma nunca llegó. Y, con ella, se perdió también la única prueba física de que alguien, antes de que el Reina Regente zarpara de Tánger, había tenido motivos —y tiempo— para bajar hasta su obra viva sin ser visto.
Sin que se transmitiera informe público alguno a la dotación sobre lo hallado en la carena, las máquinas volvieron a ponerse en marcha a toda presión. Las chimeneas arrojaron densas columnas de humo negro, el crucero viró hacia el norte y se internó resueltamente en la bruma furiosa del temporal. Fue la última vez que el buque de guerra español fue visto con certeza desde la costa de África.
Apenas retomó el rumbo, el crucero empezó a dar bandazos violentos, hundiendo la proa bajo cada ola entrante como si el mar quisiera tragárselo desde el primer instante. Así lo atestiguaría después el propio Malpertuy ante las autoridades del puerto: nunca había visto a un buque de guerra comportarse de forma tan aparatosa nada más perder el resguardo de la bahía.
Lo que en la bahía de Tánger había parecido prudencia excesiva de los prácticos locales, apenas una hora mar adentro ya se revelaba como la advertencia más certera que nadie a bordo había querido escuchar.
MECÁNICA DEL HUNDIMIENTO
Al dejar atrás la falsa protección de la bahía y adentrarse de lleno en la boca del Estrecho de Gibraltar, la situación a bordo del Reina Regente se volvió crítica. En el puesto de control de averías, situado en las entrañas del navío, el teniente Cotoner comprendió que el barco libraba una batalla desigual contra las leyes de la física naval.
El Reina Regente era una maravilla de la tecnología de su época, pero padecía un vicio de origen letal. Concebido por el ingeniero naval británico sir John H. Biles, bajo la supervisión de sir Nathaniel Barnaby, como una plataforma de combate ultrarrápida y sobrearmada, alojaba en un casco de apenas 4.700 toneladas de desplazamiento un armamento colosal: cuatro descomunales cañones González Hontoria de 240 milímetros, dos a proa y dos a popa, emparejados uno a cada banda en montajes individuales protegidos por manteletes blindados de unos 76 milímetros, sumados a una numerosa artillería secundaria. Además, su diseño presentaba un francobordo peligrosamente bajo, dejando la cubierta corrida muy próxima al nivel de la mar.
El proyecto original contemplaba piezas de doscientos tres milímetros, más ligeras y mejor repartidas. El cambio a los descomunales Hontoria de doscientos cuarenta obligó a los ingenieros de Clydebank a rebajar la altura de las bordas de proa y popa para que las piezas pudieran girar sin obstáculos, sacrificando aún más el ya escaso resguardo del buque frente a la mar. Ningún comandante que había pasado por su puente dejó de dejarlo por escrito.
Cotoner y los oficiales de máquinas conocían la trampa mortal que se estaba fraguando bajo sus pies a medida que la tormenta ganaba virulencia. Cada tonelada de carbón que las calderas devoraban para sostener los 11.000 CV vaciaba los pañoles inferiores y elevaba, palmo a palmo, el centro de gravedad de un buque que ya nacía con vicios de estabilidad. Los cuatro montajes Hontoria de 240 mm, encaramados sobre la cubierta corrida, actuaban como una palanca que reducía a cero la altura metacéntrica: el barco perdía, bandazo a bandazo, su capacidad de adrizarse. Y la proa, castigada por el peso de la artillería principal, se clavaba en los senos de las olas sin tiempo para recuperar flotabilidad, dejando que ríos de agua de mar entraran sin freno hacia el alcázar.
A la una de la tarde, el temporal alcanzó la violencia de un huracán sin control. Las olas, de hasta nueve metros de altura, entraban por la amura de babor con un estruendo ensordecedor. El agua helada comenzó a filtrarse torrencialmente hacia las cubiertas inferiores y los sollados de la marinería a través de las gateras, los conductos de ventilación de las calderas y las escotillas que la precipitación de la salida no había permitido cerrar y trincar con la debida hermeticidad.
Cotoner pensaría después, si es que tuvo tiempo de pensar algo, que aquel había sido el último instante en que el barco se comportó todavía como una nave y no como una tumba en marcha.
En algún momento de aquella tarde, sin que pudiera precisar exactamente cuándo, dejó de esperar un milagro y empezó, simplemente, a intentar que el final, cuando llegara, tuviera al menos un sentido que alguien pudiera entender.
Cotoner hizo una última ronda mental por sus responsabilidades: las bombas, las válvulas, el parte que ya había puesto a salvo, Argos atado en el pasillo; todo lo que estaba en su mano ya estaba hecho, y esa certeza, extrañamente, le devolvió algo parecido a la calma.
Llevaba ya más de veinticuatro horas sin dormir ni apenas comer.
En algún cajón de la cámara de derrota, todavía sin mojar, descansaba el último parte de revista firmado por Sanz de Andino, con los nombres de los 412 hombres que aquella misma tarde dejarían de tener biografía propia para convertirse en una sola cifra.
Se palpó el bolsillo donde guardaba la carta de Aurora, todavía seca bajo varias capas de tela, y decidió no volver a sacarla: algunas despedidas, pensó, es mejor no repetirlas dos veces.
Pensó, fugazmente, en pedirle a algún compañero que la hiciera llegar si él no volvía, pero descartó la idea casi al instante: no había nadie a su alrededor de quien pudiera fiarse esa certeza sin asustarlo también a él.
Pérez y Cuadrado, que pasaba en ese instante camino de la toldilla, le sostuvo la mirada un segundo de más, como si intuyera exactamente lo que Cotoner acababa de guardarse en el bolsillo, pero no dijo nada.
En la cámara de oficiales, la vajilla de plata que tanto había cuidado el contador rodaba ya por el suelo entre platos rotos, sin que a nadie le importara ya lo más mínimo el protocolo del servicio.
Descendió por las escalas metálicas hasta las salas de máquinas. El espectáculo era desolador: en medio de una penumbra sofocante iluminada por el resplandor de los hogares abiertos, los fogoneros y maquinistas trabajaban con el agua salada por las rodillas. Las bombas de achique funcionaban a su máxima capacidad, pero los filtros se atascaban constantemente con restos de carbón y trapos de limpieza. No era la primera vez que Cotoner veía fallar aquellas bombas: las mismas deficiencias de estanqueidad y de achique que él mismo había puesto por escrito semanas atrás, sumadas a los cortes intermitentes del alumbrado eléctrico en las zonas más bajas, convertían cada metro de agua embarcada en una amenaza mucho mayor de lo que jamás reconocería el parte oficial.
El contraste era brutal: mientras arriba el frío calaba los huesos, allí abajo el calor de los hogares abrasaba la piel, y el estruendo de pistones, válvulas y agua entrante hacía imposible oír una orden a menos de dos metros de distancia.
Los paleadores de carbón, medio desnudos por el calor de los hogares pese al frío que reinaba en el resto del buque, seguían alimentando las calderas a paladas, ignorando deliberadamente el agua que ya les llegaba a los tobillos.
—¡No damos abasto, mi teniente! —gritó el oficial maquinista Roca sobre el ruido ensordecedor de los pistones—. El agua entra por el pozo de las cadenas en proa y está inundando los pañoles inferiores. Si la proa se sigue llenando, las hélices saldrán a la superficie y perderemos el gobierno. ¡Ya llevamos más de un palmo de agua en la sentina de proa, y sube!
Mientras hablaba, un chorro de vapor escapó silbando de una junta reventada a menos de un metro de su cabeza, y dos fogoneros tuvieron que arrastrarlo hacia atrás antes de que él mismo lograra cerrar la válvula de paso, con las manos envueltas en trapos húmedos para no quemarse.
Fue Reyes, que bajaba en ese instante con un recado de cubierta, quien se lanzó a sujetar a Roca por la cintura para que no cayera contra las calderas al esquivar el chorro. El maquinista, ya de rodillas y con las manos temblando, solo alcanzó a darle las gracias con un gesto antes de volver a la válvula.
El equipo de la bomba manual se turnaba cada pocos minutos, agotado, sin que nadie se atreviera a proponer un descanso más largo mientras el nivel de agua en la sentina siguiera subiendo.
En el sollado de proa, el padre Mendía se abría paso entre baldes y cabos sueltos, deteniéndose junto a cada grupo de marineros para murmurar una absolución apresurada que muchos recibían con los ojos cerrados y los labios temblando. No hacía falta preguntar por qué: todos a bordo sabían leer un barómetro roto tan bien como sabían leer un rosario.
Alguien, en algún rincón de la cubierta inferior, había empezado a entonar en voz baja una salve marinera, y el cántico se fue extendiendo de boca en boca hasta convertirse en un murmullo colectivo que ni el propio vendaval lograba silenciar del todo.
El médico de a bordo, el doctor Izquierdo, bajó apresuradamente desde la enfermería para atender a uno de los fogoneros que el vapor había alcanzado en el antebrazo, vendándolo entre sacudidas del barco sin apenas poder sostenerse en pie.
Subió a trompicones de vuelta a la cubierta de oficiales. El barco escoraba ya de forma permanente unos veinte grados a estribor, con rachas que la empujaban hasta los treinta y tardaba una eternidad agónica en recuperar la verticalidad tras cada golpe de mar. En la cámara de derrota, los mapas se habían caído al suelo y los instrumentos rodaban por el piso.
La tarde anterior, en esa misma cámara, Cotoner había repasado con calma las cartas náuticas del Estrecho, trazando a lápiz una derrota que ya entonces le pareció más optimista de lo que la prudencia aconsejaba.
En algún momento de aquella tarde, Sanz de Andino había ordenado preparar los botes por si acaso, una orden que la tripulación cumplió sabiendo, sin decirlo, que ningún bote aguantaría arriado en aquella mar.
La bandera de combate se mantenía izada en lo alto del palo mayor por pura inercia, como un último gesto de dignidad.
En cubierta, de camino a la cámara de derrota, se cruzó con Llinares, que luchaba por asegurar un cabo suelto que restallaba como un látigo con cada ráfaga.
—¡Até a Argos en el pasillo de oficiales, mi teniente! —le gritó el contramaestre por encima del viento, con los ojos enrojecidos por la sal—. ¡Aquí fuera no aguantaba ni un minuto más!
Antes de bajar a comprobar las bombas por última vez, Cotoner subió al puente y se atrevió a proponer lo impensable.
Solo entonces, a solas un instante en la escala, Cotoner permitió que sus manos temblaran como llevaban horas queriendo hacerlo, antes de secárselas contra el pantalón y seguir bajando como si no hubiera pasado nada.
Se llevó la mano al pecho, donde bajo la guerrera empapada seguía notando el escapulario que su madre le había prendido tres días antes, y por primera vez en su vida de marino entendió del todo por qué se lo había dado.
—Mi comandante, si viramos ahora hacia Tánger, todavía podríamos ganar el resguardo antes de que empeore.
—¿Y volver ahora a Tánger, después de haber dejado allí a la embajada? —respondió Sanz de Andino sin apartar los ojos de la mar—. No, teniente. Tenemos órdenes. Seguimos rumbo a Cádiz.
—A la orden —dijo Cotoner.
Bajó sin añadir nada más, sabiendo que había dicho lo que tenía que decir y que de nada había servido.
En ausencia del comandante, la cadena de mando recaía en Pérez y Cuadrado, y en ausencia de este, en el propio Cotoner, un detalle protocolario que nadie mencionaba en voz alta pero que todos los oficiales tenían presente esa tarde.
Cotoner buscó con la mirada, una última vez, la silueta de Pérez y Cuadrado entre el caos de la cubierta, pero ya no pudo distinguirlo entre la lluvia y los cuerpos que corrían de un lado a otro.
Por un instante, alzó los ojos hacia el palo mayor, donde la bandera hecha jirones seguía resistiendo contra todo pronóstico, y aquel gesto de terquedad le pareció, absurdamente, un consuelo.
En el puente de combate, envuelto en el fragor del viento y el crujido del metal, el comandante Sanz de Andino se aferraba al pasamanos con ambas manos, empapado hasta la médula. Por primera vez desde que tomara el mando, permitió que la duda le cruzara el rostro: ni la Infanta ni la botadura del Carlos V merecían ya un solo pensamiento. Solo pedía, en silencio y para sus adentros, que el barco aguantara una hora más, y que, si algo salía mal, nadie llegara nunca a saber cuánto había dudado en aquel puente.
Por un instante, en medio del estruendo, la mente de Cotoner voló hasta el Barrio Alto de Sanlúcar, hasta la ventana desde la que Aurora llevaba dos años mirando el río esperando su regreso. Pensó en la boda que nunca llegaría a pedir, en don Joaquín asintiendo por fin desde su butaca, en una vida entera que se quedaría sin escribir. Fue aquel pensamiento, más que el miedo, lo que le hizo comprender que si el mar iba a quedarse con él, no se quedaría también con la verdad.
Comprendiendo con aterradora lucidez que el crucero avanzaba hacia su sentencia de muerte y que la historia oficial culparía únicamente al mar, a Cotoner le bastaron unos segundos para tomar una decisión. Sin tiempo para pensarlo dos veces, arrancó una hoja de su cuaderno de bitácora y, sujetándose como pudo a un mamparo, garabateó unas pocas líneas urgentes: la orden de partida pese al temporal, la extraña parada del buzo frente a Tánger y el agua que ya no dejaba de entrar por la proa.
Dobló la hoja a toda prisa, la metió dentro de un trozo de lona encerada que guardaba en el pañol más cercano y corrió a buscar a Argos.
El perro aguardaba aterrorizado en el pasillo de oficiales, sujeto a una tubería de bronce. Cotoner, sin soltar la lona, abrió con su navaja el forro del collar de cuero del animal, deslizó dentro el mensaje y lo cerró de nuevo con un par de puntadas rápidas.
Llevó a Argos en brazos hasta la cubierta de popa, resbalando entre las olas que ya barrían el alcázar. Una tapa de escotilla, suelta de sus trincas, golpeaba contra la borda a punto de irse por la borda. Fue entonces, casi sin pensarlo, cuando ató al perro sobre la madera con el primer cabo que encontró a mano, confiando en que el mar hiciera el resto.
—Si esto se va a pique, viejo amigo —murmuró Cotoner, pegando su frente al rostro empapado del perro mientras una enorme ola cubría parcialmente la cubierta—, tú al menos vas a salir de esta. Ojalá llegues a Sanlúcar.
El perro le lamió la mano una vez, como si entendiera, y Cotoner lo depositó sobre la madera con un cuidado casi ceremonial, atándolo con el mismo cabo que segundos antes había estado a punto de perder junto con la tapa de escotilla.
TRAFALGAR
Hacia las dos de la tarde del domingo 10 de marzo, la agonía del Reina Regente entró en su fase final. A unas doce millas marinas al noroeste del cabo Espartel, en el canal central del Estrecho, dos vapores mercantes de bandera británica, el Matheus y el Mayfield, capeaban el temporal con dificultades extremas en su travesía hacia Gibraltar.
Desde Cádiz, la estación de semáforos de San Sebastián llevaba horas intentando establecer contacto óptico con el crucero, sin obtener más respuesta que el silencio gris del horizonte.
El capitán general del Departamento redactó personalmente el telegrama urgente a Madrid en cuanto se confirmó la ausencia de noticias.
A bordo del Mayfield, el capitán inglés bajó el catalejo un instante para frotarse los ojos irritados por el agua salada, convencido de que la visión se desvanecería al mirar de nuevo. No fue así: allí seguía, media milla a proa, el crucero español escorado como un animal herido, luchando por no rendirse a cada bandazo.
El capitán del Mayfield testificaría semanas más tarde ante las autoridades navales británicas haber avistado al crucero protegido español a través de la densa cortina de lluvia y espuma. Su relato fue espeluznante: el Reina Regente no mostraba desperfectos aparentes en su arboladura ni en sus chimeneas, pero navegaba con una escora sobrecogedora a estribor. El buque daba tumbos monstruosos, dando la sensación de que sus máquinas forzaban la marcha al límite de sus revoluciones en un intento desesperado del comandante Sanz de Andino por virar hacia levante y ganar el refugio de la bahía de Algeciras o el abrigo de los acantilados de la costa gaditana.
Su testimonio, recogido por escrito ante un funcionario consular británico en Gibraltar, sería citado durante años en manuales de navegación como ejemplo de la furia repentina con que un temporal del Estrecho podía sorprender incluso a los marinos más experimentados.
Cotoner, Llinares, Reyes, Roca, Sanz de Andino y los cuatrocientos hombres restantes fueron mucho más que una cifra en un informe olvidado. Tuvieron oficios, familias, rutinas de a bordo, miedos concretos la noche en que el mar se los llevó.
En el cuaderno de bitácora del Mayfield, conservado durante décadas por la naviera británica, la anotación correspondiente a aquel avistamiento ocupaba apenas dos líneas, escuetas.
El Mayfield siguió navegando casi veinte años más antes de ser desguazado en un astillero del norte de Inglaterra.
A esa misma hora, muy lejos de allí, en su cuarto del Barrio Alto de Sanlúcar, Aurora doblaba con cuidado un vestido nuevo que pensaba estrenar el día del compromiso.
Sobre las tres de la tarde, la agónica lucha del barco tocó a su fin frente a los abruptos acantilados de Punta Camarinal y la ensenada de Bolonia. Desde las laderas costeras, unos labradores y vecinos que se encontraban trabajando en las inmediaciones divisaron entre la bruma la silueta gris de un gran buque de guerra cruzado a la mar y completamente fuera de control. Uno de los pastores se santiguó tres veces antes de que la lluvia y la distancia le impidieran seguir viendo nada más.
Al poner popa a la mar, el balance del buque pareció aliviarse, y durante unos minutos dejó de embarcar agua por la proa. Pero aquella tregua era engañosa: cuando una ola de longitud semejante a la eslora del propio buque alcanza su centro exacto, el casco pierde de golpe gran parte del apoyo que lo mantenía derecho, y su capacidad de resistir la escora puede caer a la mitad o menos en cuestión de segundos. En un barco ya castigado por semanas de deficiencias y por el peso muerto de sus cañones, aquel instante bastó para sellar su suerte.
Con las salas de calderas de proa anegadas por cientos de toneladas de agua salada, anulada la capacidad de achique de las bombas por la falta de presión de vapor y sin par de adrizamiento por la desmedida masa de los cañones de 240 milímetros, el Reina Regente sufrió un último y definitivo bandazo. Una montaña de agua barrida por el vendaval impactó contra el costado del navío. El crucero volcó de costado, dio la quilla al sol exhibiendo sus enormes hélices de bronce girando en el aire y se hundió como un bloque de plomo en las profundidades de la fosa marina de Trafalgar.
Las 412 personas que componían la dotación en aquel trágico viaje perecieron en el acto o se ahogaron en las turbulentas aguas del Estrecho.
Sobre el lugar exacto donde el Reina Regente se hundió, el mar recuperó su calma con una indiferencia que a los pocos testigos les pareció, más que cualquier otra cosa, obscena.
Entre ellos estaban Reyes, el guardiamarina de dieciséis años que aquella mañana todavía preguntaba si el barco aguantaría, y el maquinista Roca, que hasta el último minuto había peleado contra el agua que entraba por la proa. Ninguno de los dos llegaría a cumplir la promesa que se habían hecho, cada uno a su manera, de volver a puerto.
Ni aquella carta a su madre, escrita la noche anterior por pura costumbre, ni un cuerpo que enterrar llegarían jamás a Valencia.
La tragedia, sin embargo, dejó un último enigma sin resolver. Durante la noche del 10 al 11 de marzo, varios vecinos de los caseríos costeros de la ensenada de Bolonia aseguraron bajo juramento ante las autoridades locales haber escuchado el retumbo sordo y espaciado de potentes cañonazos mar adentro en mitad de la oscuridad de la tormenta. ¿Eran disparos de socorro efectuados con las piezas secundarias por los oficiales en los minutos previos al vuelco? Los peritos navales consideraron mucho más probable que se tratara del estampido de las calderas al colapsar y explosionar por el choque térmico al entrar en contacto con el agua helada del abismo submarino. La comisión de investigación de la Armada exploró la zona de Bolonia durante semanas con rastras de fondo, pero el lecho del Estrecho guardó celosamente el secreto y el pecio del Reina Regente jamás pudo ser localizado.
Pescadores locales, contratados por jornales generosos, arrastraron redes de fondo durante semanas por encargo de la Armada, sacando a la superficie poco más que algas, arena y, en una ocasión, los restos de un naufragio mucho más antiguo que nada tenía que ver con el Reina Regente.
El 14 de abril, el periódico gaditano La Dinastía recogió el testimonio de dos campesinos que aseguraban haber visto al crucero desaparecer en la mar aquella misma tarde del 10 de marzo, frente a la playa de Bolonia. El capitán general del Departamento de Cádiz ordenó abrir pesquisas, y días después el capitán de fragata Miguel de Aguirre y el alférez de navío José de Chereguini viajaron hasta Tarifa para interrogar a los testigos y triangular, sobre el mapa, el punto exacto donde el mar se había tragado al Reina Regente.
La comisión Villaamil trabajaría durante más de un año antes de dar por cerrado su informe, entrevistando a decenas de testigos y revisando cada documento disponible sin llegar jamás a una conclusión que satisficiera del todo ni a la Armada ni a las familias.
En Cádiz, los primeros rumores sobre el retraso del crucero llegaron a los cafés del puerto la misma noche del domingo, mucho antes de que ninguna autoridad se atreviera a confirmar nada.
En Tánger, la noticia de la posible pérdida del crucero llegó primero a través de los propios dignatarios marroquíes, que la recibieron con auténtica consternación, conscientes de que aquellos hombres habían muerto, en parte, por atenderlos a ellos.
Un periódico madrileño llegó a publicar, en su primera edición sobre el suceso, que el Reina Regente había arribado sano y salvo a Gibraltar, una noticia falsa que tuvo que ser desmentida al día siguiente con no poca vergüenza para el director.
Peor aún fue la falsa esperanza que corrió por Cádiz y Madrid días después: alguien confundió la llegada a Canarias de otro buque de nombre parecido, el Reina Mercedes, con el regreso milagroso del propio Reina Regente, y más de una familia llegó a celebrar durante horas una salvación que nunca había existido, antes de que el error se deshiciera y el dolor volviera a instalarse, esta vez ya sin ninguna esperanza a la que aferrarse.
El embajador el-Fasi enviaría, semanas después, una carta oficial de condolencia al Ministerio de Marina español, redactada en un español cuidadoso que Salazar mismo ayudó a pulir antes de que saliera de la legación.
El cónsul español en Gibraltar telegrafió a Madrid preguntando si el Reina Regente había hecho escala en el Peñón, y la respuesta negativa, lacónica y sin más explicaciones, fue el primer indicio oficial de que algo iba gravemente mal.
El primer nombre en confirmarse oficialmente como desaparecido fue, en un giro amargo que nadie podía apreciar entonces, el del propio comandante Sanz de Andino, cuya familia en Cádiz recibió la noticia antes que ninguna otra.
Su mujer recibió, como tantas otras viudas, una carta oficial de condolencias del Ministerio, con instrucciones sobre la pensión que le correspondía.
En los meses siguientes, decenas de mujeres como ella recorrerían las mismas calles de Cádiz, San Fernando y Sanlúcar vestidas de negro, formando una hermandad silenciosa que nadie había pedido pertenecer.
La botadura del Emperador Carlos V se celebró, finalmente, sin la presencia del Reina Regente en la formación naval prevista, y la Infanta Doña Eulalia presidió el acto sin que nadie se atreviera todavía a explicarle públicamente la ausencia.
La noticia oficial no llegó a Madrid hasta el martes, cuando el retraso ya no podía justificarse con ningún argumento meteorológico razonable, y el ministro Beránger tuvo que interrumpir una recepción para atender el telegrama.
El almirante Beránger, según contarían después quienes lo vieron esa tarde, releyó el telegrama tres veces antes de ordenar que se movilizaran de inmediato todos los buques disponibles en Cádiz y Cartagena.
Buques de guerra españoles procedentes de Cartagena tardarían aún varios días en llegar a la zona, un retraso que la distancia geográfica y las comunicaciones de la época hacían prácticamente inevitable.
La Gaceta de Madrid publicaría, días después, una escueta nota oficial sobre la desaparición del buque, redactada con el mismo lenguaje aséptico que empleaba para anunciar ascensos y condecoraciones.
Otros periódicos, menos comedidos, ilustraron sus portadas con grabados imaginarios del naufragio que poco o nada tenían que ver con lo ocurrido en realidad, alimentando durante semanas la fascinación morbosa del público.
Circuló también, semanas después, la noticia de una botella hallada frente a la costa portuguesa con un mensaje firmado por el segundo comandante del crucero, en el que se leía que no tenían esperanza de salvarse y que se hallaban a doce millas del Bajo de la Aceitera. La Marina desmintió pronto el hallazgo como una broma macabra más de las muchas que corrieron aquellos días; la única botella verdadera, si es que puede llamarse así, viajaba entonces cosida al collar de un perro, camino de Sanlúcar.
La prensa extranjera, sobre todo la británica y la francesa, siguió el caso con atención durante semanas: la pérdida de un crucero moderno sin rastro alguno resultaba, para las cancillerías europeas, tan inquietante como instructiva.
En los círculos aseguradores de Lloyd’s de Londres, la desaparición del crucero se comentó durante semanas como un caso de estudio sobre los riesgos de operar buques de guerra en el Estrecho durante el equinoccio de primavera.
A lo largo de los meses siguientes a la catástrofe, la mar fue escupiendo restos dispersos del naufragio en un radio geográfico prodigioso: un cinturón salvavidas con el nombre del buque aún legible bajo la sal, hallado en Tarifa apenas tres días después, más tarde en Estepona y Algeciras, entramados de madera en la lejana isla de Alborán, restos en Mostaganem y Arzew, en la costa argelina, y hasta en las playas africanas de Alhucemas y, ya a las puertas de Argel, en Sidi Ferruch, donde el último hallazgo llegaría más de tres meses después del naufragio.
Sobre un mapa del Estrecho, los puntos donde fueron apareciendo los distintos restos formaban un abanico irregular que se abría desde Punta Camarinal hacia el sur y el este.
Algunos historiadores posteriores señalarían que aquella dispersión tan amplia de los restos encajaba mal con un hundimiento instantáneo, alimentando así, sin quererlo, nuevas teorías sobre los últimos minutos del buque.
El debate entre quienes defendían un hundimiento súbito y quienes sostenían que el buque había tardado más tiempo del pensado en desaparecer bajo las aguas se prolongaría, sin resolverse nunca del todo, hasta bien entrado el siglo siguiente.
Décadas después, en las escuelas de ingeniería naval de medio mundo, el caso del Reina Regente pasaría a estudiarse como la lección definitiva: la prueba de cómo una modificación de diseño bienintencionada, puede acabar convertida en una sentencia de muerte.
Con los años circuló, de boca en boca, otra versión sobre el lugar exacto del naufragio, muy distinta de la que manejó la comisión oficial. La familia de una mujer de Los Caños de Meca, a la que llamaban Ana Cazuela, sostuvo durante generaciones que aquella misma tarde, mientras lloraba a un hijo pequeño que el temporal le había arrancado de los brazos en los acantilados de Los Castillejos, había visto agonizar y hundirse un gran buque de guerra frente al cabo Trafalgar, mucho más al oeste de Bolonia. Nadie pudo nunca confirmar si el barco de aquella leyenda era el Reina Regente, ni si el dolor de una madre podía distinguir con certeza un naufragio ajeno del suyo propio; pero la historia, transmitida de generación en generación, se resistió a morir tanto como la del propio crucero.
De todo lo ocurrido aquella tarde en el Estrecho, solo una cosa sería, mucho después, comprobable más allá de toda duda: que un perro había sobrevivido donde ningún hombre lo hizo, y que tardaría casi un año en volver a pisar tierra española.
Entre los objetos jamás reclamados que llegaron a la costa figuraba una gorra de guardiamarina, demasiado pequeña para cualquier hombre adulto, que nadie en el Departamento de Cádiz se atrevió nunca a catalogar formalmente.
Fue precisamente aquel cinturón salvavidas con el nombre del buque todavía legible, hallado en Tarifa, el objeto que permitió a la comisión Villaamil certificar sin ninguna duda que los restos correspondían al Reina Regente y no a ningún otro naufragio de la zona.
El capitán de fragata Villaamil viajaría personalmente hasta Bolonia meses después para inspeccionar el terreno y hablar con los testigos, convencido de que solo pisando la zona podría entender del todo lo que sus informes intentaban reconstruir sobre el papel.
De aquellas pesquisas, sumadas a los testimonios de Malpertuy, del Mayfield y de los campesinos de Bolonia, saldría el mapa oficial de probabilidades que durante más de un siglo guiaría, sin éxito, todas las búsquedas posteriores.
LA COMISIÓN VILLAAMIL
En Madrid, la noticia de la pérdida del Reina Regente llegó acompañada, casi de inmediato, de una pregunta incómoda que nadie en el Ministerio quería formular en voz alta: ¿había sido solo el temporal, o alguien había firmado una orden que no debía firmarse? El almirante Beránger, todavía con el telegrama de Cádiz sobre la mesa, encargó la investigación al capitán de fragata Villaamil, un oficial de expediente intachable y fama de no dejarse convencer por nadie, ni siquiera por sus superiores.
—Quiero un informe cerrado antes del verano —le dijo Beránger, sin mirarlo a los ojos—. La Armada no puede permitirse un escándalo encima de una tragedia.
—Tendrá su informe, mi almirante —respondió Villaamil—. Pero será el que los hechos permitan, no el que convenga.
Beránger no insistió. Prefirió no preguntar qué quería decir exactamente con eso.
Villaamil empezó por lo más simple: reconstruir, testigo a testigo, las últimas horas en que alguien había visto el buque con vida. Convocó a Cádiz al capitán de fragata Miguel de Aguirre y al alférez de navío José de Chereguini, que ya habían viajado hasta Tarifa semanas antes para interrogar a los campesinos de Bolonia, y les pidió que repitieran cada declaración palabra por palabra, sin resumirla ni suavizarla.
Los campesinos hablaban de cañonazos sordos en mitad de la tormenta, tres o cuatro, espaciados, como disparos de socorro. Un pastor de la zona, viejo ya y desconfiado de los uniformes, se negó al principio a firmar su testimonio.
—Yo oí lo que oí —dijo, con la boina entre las manos—. Si el papel dice otra cosa, que lo firme el papel, no yo.
Chereguini terminó por convencerlo de que su firma no cambiaría lo que había oído, solo dejaría constancia de ello. El pastor firmó, aunque con la misma desconfianza con que había hablado.
Desde Tánger llegó, por vía diplomática, la declaración escrita de Malpertuy, el dragomán de la legación francesa, junto con la del propio cónsul: ambos coincidían en la hora exacta en que habían visto descender al buzo, y en que el crucero había zarpado igualmente pese al estado del mar. El embajador francés en Madrid hizo llegar el documento con una nota breve, casi seca, en la que lamentaba el suceso sin comprometerse a nada más.
De Inglaterra llegó, con meses de retraso y a través de la naviera, el testimonio del capitán del Mayfield, el mercante que había cruzado el temporal esa misma tarde. Su relato, traducido con torpeza por un funcionario del Ministerio, describía un mar que él mismo calificaba de «el peor que he visto en treinta años de mar», y una silueta gris, apenas entrevista entre la lluvia, que podía o no haber sido el Reina Regente.
Villaamil leyó aquel testimonio dos veces, subrayando la misma frase ambas veces: no puedo asegurar con certeza qué buque era.
—Con esto no hay manera de fijar el punto del hundimiento —le dijo a Aguirre, señalando el mapa del Estrecho extendido sobre la mesa—. Tenemos cañonazos que nadie puede confirmar, un cinturón salvavidas en Tarifa y restos repartidos entre Alborán y Argel. El mar no nos va a poner las cosas fáciles.
—Quizá no haga falta el punto exacto, mi capitán —respondió Aguirre—. Con lo que ya tenemos basta para cerrar el expediente.
—Basta para cerrarlo. No basta para entenderlo.
Fue un escribiente joven, revisando los archivos del Departamento de Cádiz en busca de los partes de vida y fuerza del buque, quien encontró el documento que Villaamil no esperaba: el informe mensual firmado meses antes por el teniente Cotoner como oficial de control de averías, donde constaban, negro sobre blanco, las deficiencias de estanqueidad en varios compartimentos y los fallos del alumbrado eléctrico. Nadie en Madrid lo había respondido.
El escribiente se lo llevó a Villaamil sin saber muy bien qué estaba entregando.
—Esto lleva el sello de entrada de Madrid, mi capitán. Nadie firmó la recepción.
Villaamil lo leyó de pie, sin sentarse, y tardó un buen rato en decir algo.
—Esto no lo firmó un muerto para lavarse las manos —dijo por fin, más para sí mismo que para el escribiente—. Esto lo firmó un vivo que ya no está aquí para defenderlo.
Guardó el documento en su propio maletín, no en el expediente general, y no volvió a mencionarlo delante de nadie durante semanas.
La comisión trabajó durante más de un año, revisando cartas náuticas, comparando la inglesa con la española, discutiendo hasta el detalle del peso añadido por los montajes de artillería que el propio astillero de Clydebank había instalado años atrás sin recalcular del todo la estabilidad del buque. Aguirre defendía que la culpa era, sin más, del mar; Chereguini insistía en que ningún mar, por bravo que fuera, debía bastar para hundir un crucero moderno en menos de una hora.
—Los dos tienen razón —zanjó Villaamil una tarde, cansado de la discusión—. El mar lo mató. Pero alguien lo dejó cojo antes de que el mar tuviera que rematarlo.
Cuando llegó el momento de redactar las conclusiones, Villaamil se encontró escribiendo dos versiones del mismo párrafo: una que mencionaba el informe de Cotoner y la responsabilidad de quienes no lo habían respondido a tiempo, y otra que no lo mencionaba en absoluto. Guardó ambas en el cajón de su despacho durante una semana entera antes de decidirse.
Firmó, al final, la segunda.
El informe oficial, cerrado en la primavera de 1896, atribuyó la pérdida del Reina Regente de forma exclusiva a la fuerza imprevisible del temporal, sin mención alguna de partes de averías sin respuesta ni de decisiones tomadas contra el consejo de los prácticos locales. Villaamil archivó personalmente el documento de Cotoner en un legajo aparte, sin destruirlo, sin publicarlo, como quien no se atreve del todo a matar algo pero tampoco a dejarlo con vida.
Años después, ya retirado, un antiguo ayudante suyo relataría que Villaamil guardó aquel legajo hasta el final de sus días, y que nunca quiso explicar por qué.
ARGOS
Pasaron casi doce meses desde que la tragedia del Reina Regente borrara de un plumazo a una generación entera de marinos, vistiendo de crespón negro especialmente a la ciudad de San Fernando y a la bahía de Cádiz, donde residían la mayoría de las familias de la tripulación, y dejando sumida en una pena silenciosa a la joven Aurora en Sanlúcar de Barrameda. El capitán de fragata Villaamil había firmado ya el informe oficial de la comisión investigadora, y el Ministerio de Marina daba por cerrado el expediente, atribuyendo la pérdida del barco de guerra de forma exclusiva a la imprevisible e incalculable fuerza de los elementos naturales, eludiendo así cualquier responsabilidad política por la precipitada orden de salida o por los evidentes fallos de estabilidad del diseño artillero.
Durante aquellos meses, Aurora había escrito más de una carta al Ministerio de Marina pidiendo noticias, cualquier noticia, sobre la suerte de su prometido. Las respuestas, cuando llegaban, repetían siempre las mismas frases hechas sobre la voluntad de Dios y el sacrificio por la Patria, que a ella le sonaban cada vez más a una manera educada de no decir nada.
Fue el propio don Joaquín quien tuvo que decírselo a su hija. La encontró en la ventana de su cuarto, mirando hacia el río como llevaba haciendo cada tarde desde que el barco zarpó, y no hizo falta que dijera una palabra: bastó con que se sentara a su lado y le tomara la mano para que Aurora comprendiera que la espera había terminado de la peor manera posible.
En el Barrio Alto, don Joaquín Bermúdez guardó luto por el teniente que nunca llegó a ser su yerno como si de un hijo se tratara. Aurora rechazó, uno tras otro, a los pretendientes que su posición y su belleza le siguieron trayendo; decía, sin amargura pero sin admitir réplica, que ya tenía dado su compromiso, y que una promesa no dejaba de serlo porque el otro no hubiera vuelto a reclamarla. Durante años conservó la última carta que Cotoner le había escrito antes de zarpar, guardada en el mismo cajón donde su padre guardaba las suyas propias de sus años de juventud en el mar. Cuando alguien, con buena intención, le sugería que rehiciera su vida, ella respondía que ya la había rehecho, del único modo que le parecía honesto: esperando.
Cada tarde, a la misma hora en que antaño esperaba el correo, Aurora seguía sentándose junto a la ventana, aunque ya no hubiera carta alguna que pudiera llegar.
Años después, ya mayor, Aurora escribiría una última carta que nunca llegaría a enviar a nadie, dirigida simplemente ‘a Álvaro’, donde por fin se permitió contarle, con la misma letra menuda de siempre, todo lo que la vida le había traído sin él.
En un pueblo pesquero no muy distinto de Sanlúcar, la madre del guardiamarina Reyes guardó su cuarto exactamente como él lo había dejado la última vez que estuvo en casa, convencida durante meses de que un error en las listas oficiales le devolvería a su hijo tarde o temprano.
Nunca llegó a saber, porque nadie se lo dijo jamás, que la verdad que buscaba se había hundido con su hijo, y solo un perro la había traído de vuelta; y quizá fue mejor así, pues de poco le habría servido saber cómo, y sí mucho el consuelo de creer que Álvaro había muerto cumpliendo con su deber, sin más.
A finales de febrero de 1896, el Clyde, un mercante de pabellón británico, culminó su travesía atlántica echando anclas frente a la peligrosa barra de Sanlúcar de Barrameda, a la espera de que la marea de la tarde le permitiese remontar el curso del Guadalquivir rumbo al puerto de Sevilla.
La llegada de un mercante extranjero a la barra de Sanlúcar no era, de por sí, noticia; lo que sí lo fue, y corrió de boca en boca por todo el pueblo, fue la historia del perro que sus tripulantes contaban a quien quisiera escucharlos.
Meses atrás, la tripulación del Clyde había avistado y rescatado en aguas del Golfo de Cádiz a un perro moribundo que aguantaba milagrosamente con vida encaramado sobre un entramado de madera de escotilla que flotaba a la deriva en mar abierto. Lo envolvieron en mantas junto a las calderas y le hicieron beber, a cucharadas, un brebaje de whisky rebajado con café que lo devolvió poco a poco a la vida. Tras cuidarlo durante meses a bordo en sus rutas por el Atlántico, los marineros decidieron llevar al animal a tierra en su escala en Andalucía.
Uno de los fogoneros, un galés de pocas palabras, fue el primero en referirse a él en voz alta, y lo hizo sin ponerle nombre: Dog, dijo, sencillamente, porque no tenía otro que darle. El resto de la tripulación adoptó la palabra sin discutirla, y así se quedó: un perro sin dueño y sin nombre propio, o eso creían.
Durante los meses que siguieron, mientras el Clyde repetía su ruta entre Liverpool, Cádiz y Sevilla, con alguna escala en Canarias, el animal fue ganando peso y color, y con ellos una autoridad extraña sobre la tripulación: dormía donde quería, comía cuanto quería, y todo ello sin que nadie se atreviera a impedirlo. Cada vez que el barco cruzaba una línea de tormenta, aullaba invariablemente.
La noche del 3 de diciembre, a dos jornadas de Canarias, el Clyde navegaba con mar de fondo pero sin nada que hiciera presagiar lo peor. El barómetro, revisado a las ocho por el segundo oficial, marcaba una presión estable. Nadie a bordo tenía motivo para inquietarse.
El perro sí lo tenía.
Poco después de medianoche, Dog empezó a dar vueltas junto a la escalerilla de proa, con el pelo del lomo erizado y un gemido bajo que no era su aullido habitual de tormenta, sino algo más nervioso, más insistente. Rhys, el fogonero galés que le había puesto el único nombre que tenía, lo encontró así al subir a cubierta a fumar su pipa antes del relevo.
—¿Qué te pasa esta vez, bicho? —le preguntó, sin esperar respuesta.
El animal no se calmó. Ladró una vez, corto y seco, y volvió a mirar hacia proa, hacia la oscuridad donde el mar parecía, por una vez, extrañamente tranquilo.
Rhys no era hombre supersticioso, pero llevaba ya nueve meses viendo al perro acertar con las tormentas antes que cualquier barómetro, y aquello le bastó para subir al puente y avisar al oficial de guardia, aun a riesgo de que se rieran de él.
—El perro está nervioso, señor. Muy nervioso.
El oficial, un escocés llamado Fairbairn que ya conocía la fama del animal entre la tripulación, no se rió. Ordenó reducir máquinas y doblar la vigilancia de proa, más por prudencia que por convicción.
Veinte minutos después, el vigía gritó: una masa oscura, mitad tronco mitad aparejo suelto, flotaba justo en la derrota del buque, apenas visible entre el oleaje. Con la velocidad reducida, el timonel tuvo tiempo de virar. De haber mantenido el rumbo y la marcha de antes, el impacto habría abierto una vía de agua en la amura de babor, a oscuras, en mitad del Atlántico, a días de cualquier puerto.
Nadie supo nunca qué había percibido el perro. Quizá el olor de la madera podrida, quizá una vibración en el agua que ningún hombre podía captar. Lo cierto es que, a partir de aquella noche, ningún marinero del Clyde volvió a dudar de sus advertencias, y más de uno empezó a dejarle, sin que nadie se lo pidiera, la mejor parte de su ración.
Fairbairn hizo constar el incidente en el cuaderno de bitácora con la sequedad habitual de estos partes: «Objeto flotante evitado a tiempo gracias a reducción de velocidad.» No mencionó al perro. Pero esa misma noche, en la cámara de oficiales, comentó que llevaba quince años en la mar y nunca había visto a un animal comportarse así.
—Ese perro no es un perro cualquiera —dijo, sirviéndose un whisky que no necesitaba—. Ese perro ha visto algo que nosotros no vimos nunca.
Con el buque todavía fondeado, esperando permiso para remontar el Guadalquivir, el animal —al que la tripulación llamaba Dog, sin saber que ya tenía nombre— se arrojó al agua sin que nadie a bordo pudiera impedirlo, y nadó hacia la costa con una determinación que no tenía nada de animal perdido y sí todo de animal que sabe exactamente adónde va. Ganó la playa envejecido, con el pelaje encanecido y profundas cicatrices en el lomo provocadas por las quemaduras de la sal y el sol, y echó a andar con un trote cansino pero extrañamente resuelto por las empinadas callejuelas empedradas del pueblo marinero. Avanzó sin dudar entre las casas de cal blanca hasta detenerse con precisión frente al portón de madera de la vivienda de la familia Cotoner. Apoyando las patas delanteras sobre la madera desgastada, rompió en un ladrido prolongado y lastimero que resonó en toda la calle.
El padre del teniente Álvaro Cotoner abrió el portón acuciado por el alboroto. Al ver al animal, se quedó inmóvil un instante y, conteniendo la emoción, se agachó a acariciarlo, convencido de que lo había perdido junto a su hijo un año atrás.
Días después, ya con el animal instalado en la casa y algo más calmados los ánimos, el padre reparó en una rigidez extraña en el grueso collar de cuero. Buscó un pequeño cuchillo, descosió con cuidado los puntos de hilo reforzado y extrajo el pliego de tela encerada. En la soledad de su despacho, bajo la luz tenue de un quinqué de aceite, desplegó la cuartilla escrita a lápiz por su hijo en los momentos finales del buque.
La casa entera había adoptado, sin proponérselo, un silencio distinto al del duelo habitual: no era la ausencia de ruido, sino la presencia constante de las uñas del perro sobre el suelo de baldosa, recordando a cada paso que algo, al menos, había vuelto.
Leyó con el corazón encogido el informe pormenorizado escrito en medio de la tormenta: la apresurada partida impuesta desde Cádiz, la misteriosa inmersión del buzo frente a Tánger, las escotillas defectuosas que anegaron la proa y el fatídico peso de los montajes de artillería que terminó por volcar al gigante de acero en Trafalgar.
Pensó en llevarlo directamente al capitán general del Departamento, en exigir una nueva investigación, en gritar la verdad desde la plaza mayor si hacía falta. Pensó también en Aurora, y en si aquella verdad le traería algún consuelo o solo una imagen más nítida y más cruel de los últimos minutos de Álvaro. Cada vez que se inclinaba hacia un lado, el recuerdo del rostro de su hijo lo empujaba de vuelta hacia el otro.
El padre permaneció en silencio durante horas contemplando el papel. Comprendió con amarga lucidez que hacer público aquel testimonio no le devolvería la vida a su hijo Álvaro ni a los cuatrocientos doce marineros ahogados en el Estrecho. Sabía perfectamente que la burocracia del Estado y los altos mandos rechazarían el escrito calificándolo de invención apócrifa para no empañar el honor ni el prestigio de la Armada Real.
El papel, amarillento ya por el agua de mar que lo había empapado antes de secarse dentro del collar, conservaba todavía, en algunos trazos, la letra apresurada pero firme que el padre reconocería entre mil.
Con gesto pausado, guardó el documento manuscrito en el cajón más profundo y secreto de su escritorio de caoba. Aceptó la compañía de Argos, que permaneció a su lado durante el resto de sus días. Y prefirió guardar silencio, convencido de que la verdad sobre su hijo y la lealtad de sus hombres no se habían perdido del todo en el fondo del mar.
Un domingo de primavera, Aurora se atrevió por fin a visitar al padre de Cotoner. No hablaron del mar, ni del expediente cerrado, ni de nada que doliera demasiado; se limitaron a sentarse juntos en el patio mientras Argos, ya viejo, dormitaba a los pies de ambos como si custodiara, sin saberlo, el único secreto que les quedaba en común.
Don Joaquín nunca llegó a saber, porque el padre de Cotoner jamás se lo dijo, que existía una carta guardada en un cajón de caoba; y quizá, pensaba a veces el viejo capitán, era mejor así, pues no todos los secretos necesitan más de un guardián.
Argos viviría todavía varios años más, hasta que una mañana de invierno no se levantó de junto a la chimenea; el padre de Cotoner lo enterró con sus propias manos bajo el naranjo del patio, sin permitir que nadie más le ayudara.
Sobre la tierra removida, alguien —nunca se supo quién— dejó durante años, cada aniversario del hundimiento, un pequeño ramo de flores silvestres que nadie reclamó jamás como propio.
En Sanlúcar, con el paso de las décadas, la historia del perro que volvió del mar se convirtió en una de esas leyendas locales que los abuelos contaban a los nietos en las noches de verano, cada vez con algún detalle nuevo que nadie podía ya confirmar ni desmentir.
Del propio Cotoner, al final, no quedó estatua ni calle con su nombre, solo un puñado de personas que lo recordaron mientras vivieron, y un perro que, sin saberlo, hizo lo único que él le pidió: no dejar que la verdad se hundiera del todo.
La madre de Cotoner, en sus últimos años, contaba a sus nietas más pequeñas una versión suavizada de la historia, en la que el barco simplemente ‘se había quedado dormido en el mar’, una manera de explicar lo inexplicable a quien todavía no tenía edad para la verdad completa.
Antes de irse, sin que mediara palabra, acarició al perro exactamente en el mismo punto tras la oreja donde Cotoner solía hacerlo, y don Joaquín, que la observó desde la puerta, decidió no decir nunca que lo había notado.
EPÍLOGO
El naufragio del crucero protegido Reina Regente figura hasta el día de hoy en los anales de la historia naval como la mayor catástrofe en tiempos de paz de toda la historia de la Armada Española.
Detrás de esa cifra fría se escondían cuatrocientas doce historias como la de Reyes o la de Roca: marineros y oficiales que no dejaron testamento ni leyenda propia, solo el nombre en una lista que, con los años, nadie volvió a leer en voz alta.
Durante años, en los puertos de Cádiz y Sanlúcar corrió de boca en boca una copla anónima que recordaba al buque perdido y a sus cuatrocientos doce hombres, cantada en voz baja más como plegaria que como canción.
Sin embargo, en las tabernas de marineros y en los rincones viejos de Sanlúcar de Barrameda y San Fernando, perduró durante generaciones la leyenda del perro que desafió al Atlántico para regresar a tierra con el último mensaje de su amo, y la figura melancólica de Aurora, quien no dejó de mirar hacia el horizonte de Trafalgar durante años, fiel a una promesa que el mar le impidió cumplir.
La pérdida del Reina Regente obligó a revisar el proyecto del Alfonso XIII, buque gemelo que se terminaba de construir en aquellos mismos años, y a repensar los criterios de estabilidad de la Armada española para las décadas siguientes.
Se pagó un precio altísimo por una lección que llegó demasiado tarde. Ninguna de aquellas reformas, sin embargo, devolvió jamás a los 412 hombres que se llevó el Estrecho aquella tarde de marzo, ni acalló del todo las preguntas que la comisión de Villaamil dejó abiertas.
La familia Cotoner, generación tras generación, mantuvo la costumbre de no hablar del asunto en la mesa, una regla no escrita que nadie recordaba haber impuesto pero que todos respetaban sin excepción.
De los descendientes directos de Cotoner y Aurora no quedó ninguno, pues ella nunca llegó a casarse; fue la rama de un primo lejano la que, sin saberlo del todo, terminó heredando tanto la casa como el cajón de caoba y su contenido.
Aquel primo lejano, ya entrado el siglo veinte, llegó a plantearse vender el escritorio de caoba en un momento de apuro económico, y solo una vaga sensación de que no debía hacerlo, sin saber muy bien por qué, lo hizo cambiar de idea.
En su lugar, guardó también la vieja fotografía de la promoción de guardiamarinas que había encontrado junto a la carta, sin saber muy bien quiénes eran los dos jóvenes de la imagen ni por qué su pariente la había conservado con tanto cuidado.
El escapulario que la madre de Cotoner le había prendido antes de aquel último viaje nunca se encontró entre sus pertenencias, y la familia siempre prefirió pensar que se había perdido con él en el fondo del mar, y no de otra manera menos consoladora.
La madre de Cotoner, ya muy anciana, pidió como último deseo que la sentaran una tarde junto a la ventana desde la que se veía el río, el mismo gesto que durante años había visto hacer, sin entenderlo del todo, a la prometida de su hijo.
Décadas después, una modesta placa conmemorativa se colocaría en el cementerio de San Fernando, con los 412 nombres grabados en bronce, aunque para entonces ya nadie vivo recordaba el rostro de la mayoría de ellos.
Ni la comisión de entonces ni las cerca de veinte expediciones que a lo largo de más de un siglo han peinado el fondo del Estrecho han logrado confirmar oficialmente el hallazgo del pecio del Reina Regente.
En 2002, un investigador ruso aseguró haber localizado los restos, aunque España nunca corroboró el hallazgo; y en 2009, un cazaminas de la Armada detectó ecos metálicos frente a la playa de Bolonia que bien podrían corresponder al crucero, sepultados bajo el lodo y las corrientes que hacen de esa zona del Estrecho una de las más traicioneras del mundo para cualquier búsqueda. El Reina Regente sigue ahí abajo, en algún punto entre Punta Camarinal y Trafalgar, guardando junto a sus 412 hombres el secreto que ni Cotoner ni su padre llegaron nunca a hacer público.
La inteligencia artificial (IA) ha sido una herramienta de apoyo tanto en la documentación histórica como en la composición y posterior revisión estilística, ortográfica y sintáctica del manuscrito.