Londres
La orden de marcha le llegó a Edward Callahan en un sobre azul sin membrete, cita directa en los sótanos del Almirantazgo antes del amanecer.
Tras seis años asumiendo identidades prestadas por media Europa, sabía que el frío de Whitehall a esas horas solo auguraba misiones de las que nadie querría hacerse responsable después.
Al otro lado de la mesa, entre planos desplegados y el vapor denso de una taza de té, el capitán de fragata no perdió el tiempo en saludos.
—Siéntese, Callahan. Y olvide todo lo que crea saber sobre esta operación: es tan delicada y cambiante que, según se la vaya contando, el propio plan irá variando sobre la marcha.
Callahan ocupó la silla de madera en silencio, dejando el abrigo sobre las rodillas.
—El Zar necesita oro —dijo el oficial, marcando con el índice un trazo sobre el mapa—. No munición ni cañones: oro en lingotes para saldar compras pasadas y sostener las que vienen. Y nosotros se lo vamos a prestar. La única forma de hacérselo llegar es por vía marítima. La ruta natural habría sido el Báltico o el mar Negro, pero los turcos cerraron los Dardanelos y la flota alemana patrulla el Báltico a placer.
—¿La alternativa?
—Glasgow —el dedo descendió hasta la costa oeste de Escocia—. Cargamos el metal en un vapor neutral, disimulado bajo un flete ordinario, y lo enviamos a Génova. Allí, un segundo buque intentará colarlo hacia el mar Negro esquivando patrullas otomanas y austrohúngaras. Es una ruta absurda y larga, pero es la única opción.
—¿En qué barco?
—El Alone, de la Compañía Mediterránea de Vapores. Un mercante español que cubre el trayecto con fruta y carbón. Su capitán, Llorca, es un hombre ajeno a cualquier intriga política. Nadie sospechará de un carbonero español haciendo el trabajo de siempre.
—¿Y mi cometido?
—Embarcar como representante de una firma importadora de fruta de Valencia. Coartada y documentación impecables. Su trabajo no es custodiar las cajas, sino vigilar que nadie a bordo descubra qué hay en esa bodega. Si alguien sospecha, debe informarnos antes de que la nave deje atrás las aguas británicas.
Callahan calculó distancias y días de navegación mirando la línea de costa en el mapa.
—¿Hay motivos para pensar que ya están sobre la pista?
El capitán dudó un instante antes de responder.
—Berlín mueve rumores desde hace semanas. Los alemanes vigilan cualquier despacho entre Londres y San Petersburgo. Abra bien los ojos, Callahan. Y recuerde: en mitad del Atlántico Norte no habrá embarcación de rescate para usted si la operación se tuerce.
Tres semanas después, Callahan esperaba en los muelles de Glasgow bajo una llovizna persistente a que el Alone terminara el embarque. Sin ataduras familiares tras la muerte de su hermano menor en la batalla de Loos y la marcha de su esposa años atrás, aceptó el encargo sin más equipaje que su propia vida.
Berlín
El Almirantazgo británico había reforzado discretamente, aunque no lo bastante y sin mucha justificación oficial, la vigilancia sobre varios vapores de cabotaje entre Glasgow y el Mediterráneo, buques que en teoría solo transportaban mineral de hierro o carbón.
—Podría ser una falsa alarma —le advirtió su superior en Berlín—. Pero también podría ser el crédito que tanto necesita el Zar. Con el Báltico bloqueado, cualquier envío hacia el mar Negro tendría que cruzar el Mediterráneo. Si Londres está moviendo fondos por esa vía, debemos interceptarlos. Encárguese usted, Halder: informe a la Nachrichten-Abteilung y esperen instrucciones.
Konrad Halder pertenecía al Departamento de Información e Inteligencia de la Marina Imperial alemana, la Nachrichten-Abteilung, conocida entre los suyos, de forma abreviada, simplemente como «N». Las pesquisas de la sección lo condujeron hasta los muelles de Queen’s Dock y al Alone, un vapor español donde la carga de las bodegas inferiores se ejecutaba con una reserva poco habitual.
En Glasgow, un empleado de la aduana portuaria que cobraba desde hacía meses de la red alemana anotó el incidente en el parte semanal de cargas que enviaba, disfrazado de correspondencia comercial, a una casa de comisión en Róterdam. Desde allí, cifrado en clave de cotizaciones de mercado, el aviso llegó a Berlín en apenas dos días: durante la última tanda de carga, una de las cajas destinadas al Alone se había resquebrajado contra el muelle, dejando ver, bajo la arpillera, un ángulo de metal sospechoso.
A la Nachrichten-Abteilung no le hizo falta que Halder viera la caja. Bastó cruzar ese dato con el peso declarado en el manifiesto —demasiado alto para tres mil toneladas de carbón y unos cuantos repuestos— para saber que tenían delante lo que Berlín llevaba semanas buscando.
Halder telegrafió a Berlín esa misma tarde. La respuesta llegó cifrada y breve: confirmado el objetivo, quedaba autorizado a activar el dispositivo previsto para un caso como este. Semanas atrás, previendo que la vigilancia diera fruto, el agente había concertado con el mando naval una cita de emergencia frente a la costa de Ayrshire: un submarino de la flotilla del Mar del Norte esperaría allí, sumergido, a la señal convenida.
No haría falta subir a bordo del Alone para confirmarlo. Pero alguien tendría que reconocer el vapor entre el tráfico habitual de la ruta, y ningún oficial del U-141 había visto jamás su silueta ni sabía distinguirlo de otro carbonero cualquiera. Halder pidió embarcar él mismo en la persecución, y Berlín, que no quería fiar el objetivo a una simple descripción por radio, se lo concedió sin discutir.
Guardó los papeles del viaje en el bolsillo interior del abrigo y se concentró en repasar, una vez más, la ruta que tendría que seguir el submarino.
Glasgow
El vapor Alone permanecía amarrado junto al muelle de Queen’s Dock bajo la lluvia pesada del Clyde. El capitán Pedro Llorca llevaba dos jornadas resolviendo los contratiempos habituales de puerto: manifiestos desajustados, faltas en la dotación de fogoneros y las constantes demoras del consignatario.
A la bodega número tres bajaron, envueltas en arpilleras y cubiertas por varias capas de carbón de Ayrshire, dieciséis cajas de madera reforzadas con plomo. El manifiesto las registraba como repuestos de maquinaria; en realidad custodiaban el oro destinado a las arcas rusas.
Callahan observó la maniobra desde el piso superior del muelle y vio también el golpe de la última caja contra el borde del embarcadero. Contuvo la respiración un segundo, pero el capataz, para no tener que explicarle la avería al naviero, cubrió el golpe con dos paladas de carbón, y nadie más pareció reparar en ello. Aun así, Callahan no le quitó ojo al resto de la descarga.
En el puente de mando, Llorca firmó el despacho de la autoridad portuaria.
—¿Carga completa, señor Devesa?
—Tres mil toneladas de carbón en bodega, según manifiesto, mi capitán.
—Según manifiesto —asintió Llorca.
A las seis de la mañana del día de Navidad de 1915, el Alone soltó amarras rumbo a Génova con cuarenta y cinco hombres a bordo. Solo Callahan conocía el contenido real de la bodega tres; ni Llorca ni su tripulación sospechaban nada distinto de un cargamento de carbón y maquinaria. Nadie a bordo reparó en la lancha que, tres millas al sur, aguardaba junto a la costa de Ayrshire con un único pasajero rumbo al punto de cita convenido.
La persecución
A Halder, ya embarcado en el U-141 tras el encuentro nocturno frente a Ayrshire, el comandante del submarino, el Kapitänleutnant Erich Vogt, le explicó las reglas del juego: perseguir a un mercante que había cambiado el rumbo, sin conocer su posición exacta, era como cazar en la niebla.
—Si el capitán español es tan bueno como dicen los informes, esto no será rápido —advirtió Vogt—. Y cada hora que pasa nos acercamos más a aguas donde la Royal Navy tiene motivos de sobra para no perdernos de vista.
Halder asintió sin apartar la vista de la carta de derrota. La caza había comenzado, y con ella, una carrera contra el reloj que ninguno de los dos bandos podía permitirse perder.
El primer ataque
Al tercer día de travesía, el U-141 localizó al Alone navegando cerca del canal de San Jorge, aprovechando un claro entre bancos de niebla. Vogt ordenó preparar el tubo de proa.
El Alone, sin embargo, había extremado la vigilancia desde que entrara en aguas de submarinos, y esa prudencia dio su fruto: entre el vigía y el propio Llorca localizaron la anomalía en la superficie, la estela de un periscopio a media milla de distancia, justo antes de que saliera el torpedo.
—¡Toda la caña a estribor! ¡Máquina avante toda!
El Alone viró con una brusquedad que hizo crujir la carga de las bodegas, y el torpedo pasó a menos de veinte metros de la amura de babor, perdiéndose en la marejada sin causar daño. En el submarino, Vogt golpeó la mesa de derrota con la palma abierta.
—Ese español conoce el oficio mejor de lo que suponíamos.
Halder no dijo nada. Miraba el punto donde el mercante desaparecía tras la cortina de niebla, preguntándose cuántas veces más tendría Llorca la fortuna, o el talento, de esquivar lo inevitable.
El temporal
El 27 de diciembre, la presión barométrica cayó de forma drástica en el canal de San Jorge. Llorca ordenó reducir marcha para capear la mar de proa y trincar los elementos de cubierta. A escasa distancia, el U-141 seguía la maniobra del mercante a través del periscopio, aunque el oleaje dificultaba cada vez más mantener el objetivo a la vista.
—Con este temporal no hay torpedo que aguante el rumbo —informó el oficial de tiro—. Solo nos queda el cañón, y ni eso será fácil.
Vogt ordenó un disparo de advertencia, más por seguir la ordenanza establecida que por confianza en el resultado. La granada cruzó la marejada e impactó en el agua a corta distancia de la amura de estribor, sin que en el Alone lograran identificar su procedencia entre la lluvia y la oscuridad.
—¡Fuego desde la mar! —alertó el vigía.
—Mantengan el rumbo y la atención en la rueda del timón —ordenó Llorca, convencido de que cualquier maniobra evasiva en semejante mar resultaría más peligrosa que el propio disparo.
El temporal, lejos de beneficiar al submarino, terminó por obligarlo a sumergirse a mayor profundidad para no ser sorprendido por el oleaje en superficie. Cuando el U-141 pudo volver a asomar el periscopio, el Alone ya no estaba a la vista.
La Royal Navy
Durante casi un día entero, el submarino alemán rastreó sin éxito la zona donde había perdido el rastro del mercante español. La suerte, sin embargo, no tardó en cambiar de bando.
Al amanecer del día siguiente, el vigía del U-141 avistó humo en el horizonte: no era el Alone, sino el destructor HMS Whinchat, de la Royal Navy, que patrullaba la salida del canal siguiendo su ruta habitual de escolta.
—Ahí lo tiene, comandante —dijo Halder, sin apartar los ojos del periscopio—. Un destructor solo, sin escolta. Con dos torpedos bastaría.
—Con dos torpedos bastaría para hundirlo, sí —replicó Vogt, sin levantar la voz—. Y con la mitad de uno bastaría para que sus compañeros de flotilla nos cazaran antes del anochecer. No estamos aquí para librar duelos con la Royal Navy, sino para hundir un cargamento de carbón que ya se nos ha escapado dos veces.
—Un destructor menos es un destructor menos.
—Y un submarino menos es un submarino menos, y de esos nos quedan pocos. Inmersión de emergencia. No vamos a jugarnos el barco por un capricho.
Halder observó, impotente, cómo el Whinchat cruzaba las aguas donde minutos antes habían tenido al Alone en el punto de mira, sin que nadie a bordo del buque británico sospechara siquiera la persecución que acababa de interrumpir. Cuando el U-141 recuperó cierta libertad de movimiento, ya habían transcurrido horas valiosas, y el rastro del mercante español se había perdido definitivamente entre el tráfico habitual de la costa portuguesa.
El crucero corsario
Dejada atrás para siempre la persecución del U-141, que ni Vogt ni Halder lograrían retomar en lo que quedaba de travesía, el Alone prosiguió viaje hacia el sur, ganando confianza con cada milla que dejaba atrás. Fue la noche previa a doblar el cabo de San Vicente, con el mar en calma y una niebla baja que apenas dejaba distinguir el propio castillo de proa, cuando el segundo de guardia advirtió algo extraño: un rumor de máquina que no era el del Alone, cada vez más próximo, sin una sola luz que lo delatara.
—¡Bulto a estribor, muy cerca! —gritó el vigía, con la voz quebrada por el sobresalto.
Llorca, que dormitaba vestido junto a la bitácora, subió al alerón en el tiempo que tardó en ponerse en pie. Lo que vio le bastó para no perder ni un segundo: la sombra de un casco mucho mayor que el suyo, sin luces de navegación, cortando el agua directamente hacia el costado del Alone a toda máquina.
—¡Toda la caña a babor! ¡Máquina avante toda, que no quede vapor sin usar!
El timonel obedeció con la misma premura con que Llorca había dado la orden. El Alone escoró peligrosamente al girar, arrastrando en el movimiento cuanto no estaba trincado en cubierta. El bulto oscuro pasó rozando la popa, tan cerca que la tripulación sintió el desplazamiento de agua contra el casco. En el instante en que lo tuvo más próximo, tanto a Llorca como al vigía les pareció distinguir, bajo la lona que cubría parte de la cubierta, la silueta de algo demasiado voluminoso y anguloso para ser un simple aparejo de carga —del tamaño y la forma, coincidieron después, de una pieza de artillería disimulada—, antes de que la sombra volviera a tragársela la niebla y nadie pudiera ya precisar su forma.
Nadie a bordo del Alone pudo asegurar después si aquello había sido un intento deliberado de embestida o la maniobra desesperada de un buque que, navegando también a oscuras, había estado a punto de chocar por pura casualidad. Fuera cual fuese la intención, el desconocido viró en redondo y se perdió rumbo al oeste en la misma niebla que casi le había dado la presa, sin disparar un cañonazo, sin izar bandera y sin hacer sonar en ningún momento la sirena de niebla reglamentaria.
En el puente del Alone, Llorca tardó varios minutos en recuperar el resuello. Aquella sombra silenciosa, sin luces ni bandera, no tenía pinta de haberse desvanecido para siempre.
La respuesta llegó con las primeras luces del alba. La niebla se había levantado lo justo para revelar, a poco más de dos millas por la aleta de babor, la silueta que la noche anterior solo habían adivinado: un crucero auxiliar de casco gris, chimenea única y bandera que nadie a bordo del Alone acertó a identificar antes de que la primera granada rasgara el aire.
—¡Nos disparan! —gritó el vigía.
—¡A toda máquina, zigzagueando! —ordenó Llorca—. ¡Que no nos coja el paso!
La segunda granada cayó corta, levantando una columna de agua a proa. La tercera acertó en el costado de babor, a la altura de la cubierta de botes, astillando una de las lanchas y abriendo una vía superficial por encima de la línea de flotación. Ningún hombre resultó herido, pero el estampido dejó claro que el corsario ya no se conformaba con rondar en la sombra.
El Alone, escorado por el zigzag y con toda la presión que sus calderas fueron capaces de dar, fue ganando distancia palmo a palmo, aprovechando cada cambio de rumbo para desviar la puntería del artillero alemán. Cuando el corsario, más rápido, empezaba a recortar de nuevo la distancia y su cañón volvía a tener a tiro al mercante español, la suerte volvió a sonreírles: el operador de radio llevaba varios minutos lanzando una llamada de auxilio, y esta vez alguien la escuchó. En el horizonte apareció, a toda máquina y con la proa levantando espuma, el mismo HMS Whinchat que días atrás había obligado al submarino alemán a sumergirse frente a esas mismas aguas. Sin aminorar la marcha, abrió fuego con sus piezas de proa y lanzó dos torpedos contra el costado del crucero corsario, que apenas tuvo tiempo de virar antes de que la primera explosión le partiera la quilla.
La explosión partió en dos el silencio de la mañana. El crucero corsario, sorprendido en plena maniobra de caza, escoró de inmediato y se hundió en menos de diez minutos, sin que el Alone pudiera hacer otra cosa que alejarse a toda máquina, dejando atrás el humo negro y los restos flotando sobre una mar que, por primera vez desde Glasgow, no ocultaba nada bajo la niebla.
Gibraltar
Con la plancha de babor todavía agrietada por la granada del corsario, el Alone fondeó en Gibraltar para completar carboneo, remendar de urgencia la vía de agua y hacer acopio de víveres antes de afrontar el último tramo hacia el Mediterráneo. Llorca aprovechó la escala para revisar el estado de las calderas, mientras la tripulación de tierra izaba a bordo, saco a saco, el carbón que debía llevarlos hasta Génova.
Callahan pidió permiso para bajar a gestionar unos trámites de aduana relacionados con su carga de fruta. En realidad, se dirigió al enlace de inteligencia naval con base en el Peñón, donde un oficial de expresión neutra lo condujo a un despacho interior.
—Su encuentro con el corsario ya ha llegado hasta aquí —le dijo el hombre, sin levantar la vista de unos papeles—. El Whinchat, que les sacó del apuro, ha comunicado el hundimiento; parece que ustedes tuvieron más suerte de la que merecía la ocasión. El tráfico de radio que interceptamos, por otro lado, coincide con el submarino que intentó darles caza en el canal de San Jorge. Por lo que sabemos, ha perdido el rastro.
—¿Alguna instrucción para lo que queda de viaje?
—Ninguna que no sea la que ya practica el capitán por su cuenta: prudencia hasta Génova. Cuanto antes entreguen la carga a quien deba recibirla, antes dejará de ser un problema nuestro. Aunque, después de lo de esta madrugada, no les vendría mal algo más que prudencia.
Callahan regresó a bordo antes de que se completara el carboneo, con la sensación de que lo peor quizá había quedado atrás, aunque sin confiarse del todo. Encontró a Llorca supervisando la estiba del nuevo carbón, ajeno a lo cerca que habían estado de no llegar tan lejos.
La torpedera italiana
A dos noches de Génova, con el mar en calma y apenas una brisa que rizaba la superficie, el segundo de guardia advirtió algo extraño: la estela fosforescente de un periscopio, cortando el agua a menos de un cable de distancia. Nadie a bordo pudo saber, ni entonces ni después, si se trataba de un submarino alemán de los que Berlín había trasladado por ferrocarril hasta el Adriático, o de uno de los propios sumergibles austrohúngaros que hostigaban el tráfico italiano desde que Roma les declarara la guerra meses atrás; para Llorca y su tripulación, la distinción no tenía la menor importancia.
—¡Estela de torpedo a estribor! —gritó el vigía.
—¡Toda la caña a estribor! ¡Máquina avante toda! —ordenó Llorca, sin necesidad de que se lo repitieran.
El Alone viró con la misma brusquedad que meses atrás en el canal de San Jorge, y el torpedo pasó rozando la popa, perdiéndose en la oscuridad sin causar daño. Antes de que el submarino pudiera enfilar un segundo disparo, una sombra distinta se recortó contra el cielo: los mástiles y la chimenea de una torpedera italiana de las que escoltaban desde hacía meses la aproximación a los puertos de Liguria. Alertada por el fogonazo del disparo, viró de inmediato hacia el punto exacto de donde había salido el torpedo y, sin dar tiempo al submarino a sumergirse del todo, lo embistió con la proa reforzada, partiéndole el casco a la altura de la sala de máquinas.
El hundimiento fue tan rápido como silencioso, apenas una mancha de aceite y unas pocas burbujas que la torpedera se quedó vigilando mientras el Alone, sin aguardar más explicaciones, ponía rumbo a Génova a toda la máquina que le quedaba.
Génova
El Alone entró en el puerto de Génova doce días después de zarpar de Glasgow, con la obra viva marcada por la sal y el temporal, una plancha de emergencia remachada en el costado de babor allí donde la granada del corsario había abierto brecha días atrás, la chimenea tiznada de hollín y media tripulación durmiendo por turnos desde hacía una semana. El práctico que subió a bordo para guiarlo hasta el muelle de atraque no hizo ningún comentario sobre el aspecto del vapor: en tiempos de guerra, ningún barco llegaba entero.
Llorca supervisó personalmente la descarga de la bodega número tres, sin hacer preguntas sobre el destino final de unas cajas que, según el manifiesto, no eran más que repuestos de maquinaria. No era tonto, y algo de lo vivido en los últimos doce días —la persecución del U-141, el temporal, el corsario hundido frente a las costas de Portugal, el torpedo esquivado dos noches atrás— le decía que aquel cargamento pesaba más de lo que constaba en el papel. Prefirió no hacerse preguntas cuyas respuestas no iba a necesitar. Cuando un inspector de aduanas italiano se detuvo más de la cuenta junto a una de las cajas, calculando su peso con la mirada, Llorca se limitó a señalar el manifiesto con dos dedos, sin apartar la vista de la faena de estiba, y a murmurar que eran piezas de fundición con destino a una naviera de Marsella. El inspector, poco interesado en discutir con un capitán de mal humor y peor aspecto, siguió su ronda.
Callahan desembarcó entre los primeros y se perdió entre el tráfico portuario sin despedirse de nadie. Antes de perder de vista el Alone, se permitió un último instante de contemplación desde el muelle: el vapor seguía a flote, y con él, dieciséis cajas que ya no eran asunto suyo. Dio media vuelta sin mirar atrás, al tiempo que sentía más alivio que satisfacción. Ya en tierra, envió a Londres un telegrama breve confirmando que la carga había sido entregada sin novedad, sin mencionar ninguno de los dos submarinos ni el corsario que estuvo a punto de hundirlos.
Konrad Halder llegó a Génova ocho días más tarde. Desembarcado en la costa gallega la noche en que el U-141 renunció definitivamente a la persecución —con la permisividad de unas autoridades locales que llevaban meses haciendo la vista gorda ante el abastecimiento clandestino de submarinos alemanes en aquellas calas—, cruzó España de incógnito con la documentación de un comerciante suizo. En el tren hacia Barcelona, un control de la pareja de la Guardia Civil estuvo a punto de amargarle el viaje: el cabo, de bigote tan exuberante que parecía preceder al resto de su persona, le reclamó los papeles con parsimonia, y estos, cosidos en el forro del abrigo, tardaron en aparecer más de lo que a Halder le hubiera gustado. El sudor frío le duró varias estaciones después de que el guardia se los devolviera sin más comentario que un gruñido. Ya en Barcelona, tomó pasaje en un vapor neutral con destino a Italia y completó desde allí el último tramo hasta Génova. Recorrió los muelles con la misma discreción de siempre, buscando entre los mercantes atracados alguna señal de que la persecución no había terminado del todo. Encontró el Alone ya descargado, con la bodega número tres vacía y barrida, y ninguna huella de las cajas que había visto embarcar en Glasgow. Preguntó, con la excusa de un negocio de maderas, por la carga que el Alone había transportado desde Glasgow, y por el paradero de un representante de frutas valencianas del que nadie en el muelle supo darle razón. Tampoco nadie mencionó el submarino hundido por una torpedera italiana dos noches antes: en Génova, aquella mañana, solo se hablaba del vapor español que había entrado en puerto con una plancha remachada en el costado y una historia que su capitán se negaba a contar.
Los dos hombres no volvieron a coincidir en Génova, aunque tampoco llegaron a saber, cada uno del otro, hasta qué punto habían estado cerca. Lo que ocurrió después con el oro y con el segundo tramo del viaje hacia el mar Negro quedó fuera del alcance de este relato.
Epílogo
El Alone regresó sano y salvo a puerto español días después, con Pedro Llorca al mando y su tripulación al completo, dejando atrás Génova con la bodega llena de un flete bien distinto: mármol de Carrara con destino a Barcelona, y sulfato de cobre y tintes industriales para Alicante. De todo lo demás —el oro, el submarino, el corsario hundido frente a Portugal— en los registros de la Compañía Mediterránea de Vapores no consta ni una palabra.
De Edward Callahan y de Konrad Halder nada se volvió a saber. Ni en los fondos del Almirantazgo en Kew, ni en el Bundesarchiv-Militärarchiv de Friburgo aparece rastro alguno de ninguno de ellos.
B+IA