La huida del submarino UB-49 del arsenal de La Carraca en 1917, es un hecho real. Los personajes de Lola Ortega, el teniente Maldonado, Weiss, Brandt, Krauss y Anselmo Donoso, así como la trama de espionaje, son invención del autor.
I
El UB-49 entró en el arsenal de La Carraca el 9 de septiembre de 1917, con los depósitos de combustible reventados y buena parte del casco anegado por el agua salada que se colaba por las juntas del blindaje. El comandante, Hans von Mellenthin, sumaba once años en la Marina y había visto de todo: los Dardanelos, el bombardeo de Novorossiysk, un torpedero turco hundiéndose bajo sus pies. Nunca había tenido que fondear en un país neutral a pedir el combustible que le faltaba.
—Bienvenido a España, comandante —dijo el oficial de guardia, un teniente de navío joven, de apellido Maldonado, mientras el submarino terminaba de atracar—. Aquí se queda usted una temporada.
Von Mellenthin se limitó a asentir, sin mirarlo.
Aquel primer día, Maldonado no supo si el silencio era arrogancia alemana o simple cansancio. Con el paso de las semanas, mientras veía al alemán firmar cada parte de reparación sin levantar la vista del papel, entendió que era las dos cosas a la vez.
II
La Carraca no era un arsenal cualquiera, acaparaba por completo la atención y el esfuerzo de aquellas semanas. La dársena gaditana concentraba en solitario el pulso industrial y la tensión de una Armada que dependía exclusivamente de sus muelles para mantener a flote los buques de la escuadra. En agosto, apenas un mes antes, España había vivido una huelga general que en Cádiz y San Fernando dejó las calles con más soldados que obreros. El arsenal, con su maestranza de miles de hombres, quedó bajo vigilancia interna reforzada: se temían asaltos en las puertas, sabotajes en los talleres, brazos caídos en los turnos de noche. Además, la bahía acumulaba tres años de agentes aliados y alemanes moviéndose por ella, todos vigilando el mismo tráfico mercante, todos fingiendo no vigilar nada.
En ese ambiente llegó el submarino, y en ese ambiente se cerraron cada noche las puertas del puente de Jesús: nadie cruzaba hacia San Fernando sin un salvoconducto firmado por el Comandante General del Arsenal. La Infantería de Marina cubría los centinelas de puertas y talleres; la marinería y la maestranza aportaban el retén contraincendios y las dotaciones de las falúas. Cada noche se repartía el santo y seña a los centinelas, y cualquier pesquero o barca de mariscadores que se acercara de más a los tinglados recibía un «alto» antes que un disparo, aunque no siempre en ese orden.
Lola Ortega era gaditana, hija de un patrón de pesca de la zona, y hacía dos años que pasaba información al servicio de inteligencia naval británico, desde que un antiguo cliente de su padre, ahora agregado comercial en Gibraltar, la reclutara. Vendía el pescado de su padre en el mercado del pueblo y conocía los caños mejor que la mayoría de los centinelas que los vigilaban. Su misión en aquella ocasión era sencilla de enunciar y complicada de ejecutar: averiguar cuánto tiempo pensaba quedarse el UB-49 y qué necesitaba para volver a moverse.
Con Maldonado había hecho algo parecido a una amistad, o algo que todavía no sabía cómo llamar: se veían de tarde en tarde, con la excusa de que ella vendía pescado a la fonda donde él comía, y de esas conversaciones sin importancia salían, casi sin querer, los detalles que a ella le interesaban. Él, por su parte, tampoco preguntaba nunca de más. Los dos sabían a qué estaban jugando.
III
Lo que el submarino necesitaba era combustible, y el mercado se lo negaba. La ley española, en plena guerra, restringía la venta de fuel a particulares hasta dejarla casi simbólica.
Las autoridades del arsenal le facilitaron algo: diez toneladas, entregadas con el pretexto oficial de probar los acumuladores del submarino durante la reparación. Von Mellenthin aceptó el gesto con la cortesía justa y calló lo que pensaba: que diez toneladas, con la travesía que tenía por delante, no le alcanzaban ni para salir de la bahía.
Esa misma noche, Lola cifró el aviso en el pedido de pescado que su padre despachaba antes del alba hacia el comprador de Gibraltar: una nota de cantidades y clases que, leída en el orden acordado, decía «Sin más fuel del que le han dado para las pruebas, no sale. Vigilo los depósitos del arsenal.»
Vigilaba los depósitos oficiales; de los caños, nadie le había pedido cuentas.
IV
El bajo calado de la bahía era, para cualquier buque de cierto porte, un problema. Para quien quisiera moverse sin ser visto, era una ventaja. En los esteros de La Carraca no cabían petroleros de altura, pero sí gabarras, pontones, cisternas flotantes y embarcaciones auxiliares de poco calado, capaces de colarse por bajíos que ninguna falúa de vigilancia se molestaba en frecuentar.
Von Mellenthin encontró a su hombre en un contramaestre de la maestranza llamado Anselmo Donoso, que conocía los turnos de guardia mejor que nadie en el arsenal y que llevaba años sacando algún jornal extra pasando mercancía por los caños sin que nadie preguntara demasiado. Donoso tenía, además, algo tan útil como su salvoconducto para cruzar el puente de Jesús a cualquier hora: su cometido oficial era rondar de noche carpinterías y calderas comprobando que no quedaran rescoldos encendidos, lo que le daba excusa para moverse por los talleres a las horas en que nadie más podía hacerlo. No vendía fuel; vendía la ocasión de moverlo sin que nadie mirara.
—El santo y seña cambia cada noche —le explicó Donoso al oficial alemán que hacía de enlace—. Eso no se compra. Pero sé a qué hora pasa la Ronda Mayor por el Caño de la Carraca, y sé qué falúa está de servicio los jueves. Con eso les basta.
Con eso, con una cisterna flotante de treinta toneladas que Donoso tenía atracada con papeles en regla a nombre de una empresa de suministro de agua a buques, y con un alumbrado de faroles de gas tan escaso que ni el propio arsenal confiaba en él para vigilarse a sí mismo.
V
El trasvase se hizo en tres noches. La primera sirvió para acercar la cisterna al punto de fondeo, camuflada entre los pontones de buques desarmados que llevaban meses allí sin que nadie los vigilara. La segunda, para tender la manguera bajo el agua, entre el pontón y el casco del submarino, con dos buzos de la propia tripulación alemana trabajando a ciegas en la oscuridad del caño, guiados desde arriba por un cabo que marcaba el ritmo golpeando el casco con un cabo de acero.
La tercera noche era la del trasvase de verdad.
Von Mellenthin no confiaba el trabajo a nadie que no fuera de su tripulación. Los dos buzos —Brandt y Eicher, los más jóvenes a bordo— bajaron pasada la medianoche, con el agua del caño turbia de légamo y la marea baja dejando apenas metro y medio de calado. Su trabajo era mantener la manguera fija al colector del submarino y avisar, con tirones de cabo, si algo iba mal arriba. En la cubierta de la cisterna montaba guardia Krauss, marinero de segunda con más años de servicio que de paciencia, con orden expresa de no hacer ruido y de avisar, sin más, si veía acercarse alguna luz.
Arriba, en la cisterna, la bomba manual empezó a trabajar despacio, para no hacer ruido. Cada tonelada tardaba más de lo que a Von Mellenthin le habría gustado.
De garita en garita, a lo largo de los muelles, se fue pasando el toque de «¡Centinela, alerta!» que marcaba que nadie se había dormido. Cada vez que el aviso llegaba al puesto más cercano al fondeadero, la tripulación de la cisterna se quedaba quieta, con la bomba parada, hasta que la voz se perdía hacia la siguiente garita.
VI
Maldonado tenía esa noche la ronda menor del sector de los pontones. No debería haber pasado por allí hasta las cuatro, pero un aviso de Lola, cursado esa misma tarde sobre movimientos raros junto a los pontones desarmados, lo empujó a adelantar el paso a las dos y media, antes de que el turno de campanadas anunciara su llegada. Llevaba el candil apagado, como mandaba la ordenanza contra incendios cerca de los tinglados, y a punto estuvo de pasar de largo guiándose solo por el ruido del agua.
Vio primero la cisterna, fondeada donde no debía estar ningún pontón de suministro a esas horas. Después vio el cabo tenso que bajaba al agua desde su borda.
—¡Alto! ¿Quién vive?
Nadie contestó con la palabra de paso. En la cubierta de la cisterna, Weiss, el contramaestre alemán que Von Mellenthin había puesto allí precisamente para contener a Krauss, alzó la mano para pedir calma. Llegó tarde: Krauss ya había levantado el fusil, y el disparo salió antes de que Weiss pudiera bajárselo. Pasó lejos, pero bastó para que Maldonado tocara el silbato y para que, un segundo después, todo el caño se llenara de gritos.
VII
Todo ocurrió muy deprisa. La Ronda Mayor llegó en menos de cinco minutos, alertada por el silbato y por el disparo. Desde el submarino, la tripulación alemana cortó la manguera con un hachazo y empezó a sumergir lo que pudo de la operación. Donoso, que estaba en la cisterna, saltó al agua intentando llegar a un bote amarrado más allá de los pontones y no llegó: un centinela español, desde tierra, disparó a la sombra que se movía en el agua, y cuando lo sacaron ya no respiraba.
De los dos buzos alemanes, Eicher consiguió subir a bordo del submarino a tiempo. Brandt, con la manguera todavía enredada en una pierna, no llegó a soltarse antes de que una falúa española lo alumbrara con un farol; alzó las manos y se dejó sacar del agua sin resistirse, y quedó detenido en el arsenal como único prisionero de la noche.
Von Mellenthin, desde el puente del UB-49, ordenó soltar amarras del pontón y alejar el submarino unos metros del punto de la refriega, lo justo para que, a ojos de cualquier oficial español que llegara esa noche, la operación pareciera cosa de la cisterna y no del submarino internado a su lado.
VIII
El informe oficial habló de un intento de contrabando de combustible por parte de una red local, con un muerto español identificado como el contramaestre Anselmo Donoso y ningún detenido más: Brandt salió del arsenal esa misma madrugada, entregado de vuelta al UB-49 antes de que nadie preguntara por él, y su nombre no llegó a figurar en ningún papel. No se mencionó al submarino alemán. Otros oficiales lo sospecharon; Maldonado, que había estado esa noche en el caño, lo sabía.
A la mañana siguiente, en el mercado, ya corría el rumor del muerto en los pontones. Lola no preguntó a nadie directamente; se limitó a despachar pescado a dos de los hombres que habían salido esa noche con la Ronda Mayor, dejándolos hablar mientras cobraba. Antes del mediodía sabía más de lo que diría el informe oficial: la cisterna, el disparo, el nombre de Donoso.
—Van a decir que fue contrabando corriente —le dijo Maldonado, cuando se encontraron horas después.
—Y tendrán razón, en parte. Solo que no dirán para quién.
IX
El UB-49, para cuando llegó la Ronda Mayor, tenía ya el fuel justo para intentar la travesía hasta Cattaro, sin margen para imprevistos.
Desde la noche de la cisterna, Maldonado no había dejado de vigilar de cerca al UB-49. El 7 de octubre de 1917, a media tarde, con el sol todavía alto sobre la bahía, el UB-49 desamarró sin disimulo, incumpliendo el internamiento a la vista de cualquiera que quisiera mirar.
Maldonado estaba al mando de la patrulla de guardia en el Caño de la Carraca cuando vio pasar el submarino. Dio la orden de cerrarle el paso con dos falúas armadas —cada una con una ametralladora capaz de forzarlo a sumergirse o a detenerse, pero no de hundirlo— y mandó aviso urgente al Comandante General pidiendo autorización para abrir fuego si no se detenía. La respuesta tardó los minutos justos para que el UB-49 ganara mar abierto: se le ordenó dejarlo ir. Maldonado obedeció, con las falúas ya a tiro y la orden de disparar mordiéndole la lengua, y vio alejarse el submarino sin haber podido cumplir con lo único que, a esas alturas, todavía consideraba su trabajo.
Nueve días después el UB-49 llegaba a Cattaro con los tanques vacíos.
La fuga tuvo consecuencias: cerca de una decena de altos mandos españoles relacionados con el caso fueron relevados de su puesto, y los aliados protestaron con dureza; las relaciones entre el káiser y Alfonso XIII se resintieron. Maldonado no fue uno de los relevados. Tampoco recibió ningún reconocimiento por haber sido el único que, esa tarde, intentó impedir la fuga.
Lola Ortega siguió en Cádiz, vendiendo pescado y pasando información, mucho después de que el UB-49 llegara a Cattaro. Su envío a Gibraltar de esos días —cifrado, como siempre, en un pedido de pescado— llevaba una advertencia que su contacto sí trasladó a Londres tal cual: en La Carraca, mientras hubiera bajíos que ninguna falúa quisiera recorrer de noche, cualquier submarino internado tendría, tarde o temprano, el combustible que necesitara.
X
A Maldonado lo destinaron a Ferrol. Algún superior lo quería lejos: vigilaba con más celo del que convenía. Antes de irse, se despidió de Lola en la misma fonda donde habían hablado tantas veces de nada.
Lola llevaba la cesta de pescado de siempre, la misma excusa de siempre. Pero esta vez, mientras se la entregaba, preguntó algo que nunca antes se había permitido:
—¿Cuándo vuelves?
Maldonado tardó en contestar. No podía prometer una fecha, ni siquiera un puerto seguro; la guerra no dejaba prometer nada con esa clase de firmeza.
—No sé cuándo. Pero volveré a Cádiz, Lola. Y cuando lo haga, sabré dónde encontrarte.
Fue la primera vez que ella le oyó decir su nombre así, sin la distancia de «señorita Ortega» que él había mantenido durante meses. Y fue también, aunque ninguno de los dos lo dijera, una promesa tan concreta como podían permitirse hacerse dos personas que trabajaban, cada una a su manera, para que la guerra terminara antes.
B+IA