41 Segundos

El día que se hundió el acorazado Roma

El ruido de los motores del Dornier Do 217 apenas dejaba oír las voces dentro de la cabina. A cinco mil metros de altura, el frío se colaba por cualquier rendija, pero Klaus Deumling tenía la frente empapada de sudor.

Tenía diecinueve años y pilotaba uno de los aviones encargados de atacar a la flota italiana. Llevaba un rato sin apartar la vista de los instrumentos. Procuraba mantener el aparato estable, aunque la tensión empezaba a notársele en la mandíbula.

A su lado, Eugen Degan, el suboficial encargado de guiar la bomba, trabajaba frente al visor y los mandos de radio.

—Klaus, necesito que mantengas el rumbo. No me muevas el avión.

—Estoy en ello —respondió el piloto.

Degan no contestó. Tenía la vista puesta en el mar.

Abajo se distinguía la flota italiana. Los buques avanzaban dejando largas estelas blancas sobre el Tirreno. Desde aquella altura parecían navegar con toda tranquilidad, pero sus tripulaciones sabían que la situación había cambiado de un día para otro.

El día antes El 8 de septiembre de 1943, Italia había anunciado el armisticio con los Aliados. La Regia Marina había recibido la orden de abandonar sus bases y dirigirse a Malta para entregar la flota. Entre aquellos barcos se encontraba el Roma, uno de los acorazados más modernos de la Marina italiana.

Para Alemania, aquello suponía un problema que no estaba dispuesta a aceptar. Si los buques pasaban a manos británicas, el equilibrio naval en el Mediterráneo podía cambiar. La orden fue interceptar la flota y destruir sus unidades principales.

Para cumplirla, los alemanes emplearían una nueva arma: la Fritz X.

 

Bajo el avión colgaba aquella bomba de más de una tonelada. No tenía motor. Una vez lanzada, Eugen tendría que seguirla a través del visor y corregir su trayectoria mediante señales de radio. La bomba podía dirigirse hacia un objetivo concreto, algo que hasta entonces resultaba muy difícil de conseguir desde un bombardero a gran altura.

Pero el sistema exigía que el avión mantuviera un rumbo estable mientras el operador guiaba el artefacto. Si Klaus se desviaba demasiado, Eugen podía perder el control de la bomba.

—Lo tengo a la vista —dijo Degan.

Klaus miró de reojo hacia él.

—Cuando quieras.

Eugen comprobó una vez más los mandos. Después volvió a mirar por el visor.

—Ahora. ¡Lánzala!

Se oyó un golpe metálico. La bomba se desprendió del avión y comenzó a caer.

Klaus notó el cambio de peso y corrigió suavemente la posición del aparato. A partir de ese momento, su trabajo consistía en mantenerlo estable. No podía hacer mucho más.

Eugen siguió la bomba por el visor. Una pequeña luz en la cola le permitía distinguirla mientras descendía hacia el mar. Con la palanca de mando, enviaba las correcciones necesarias para acercarla al objetivo.

Diez segundos… Veinte…

—Un poco a la izquierda —murmuró.

La flota seguía avanzando. El Roma había comenzado a maniobrar para evitar el ataque, y eso complicaba las cosas.

—Vamos… así, así…

Treinta…

Klaus no preguntó nada. Se limitó a mantener el avión en su sitio. Sabía que cualquier movimiento brusco podía echar a perder el trabajo de su compañero.

Eugen volvió a corregir la trayectoria.

El segundo 41 quebró el aire del Tirreno.

Desde el Dornier, Degan vio un fogonazo en la cubierta del Roma. Por un instante no distinguió bien lo que había ocurrido. Después, una explosión sacudió el acorazado y levantó una columna de humo.

—¡Le hemos dado! —exclamó.

Klaus miró hacia abajo. El humo ocultaba parte de la cubierta y se extendía sobre el mar. Entonces llegó una segunda detonación que hizo volar por los aires los pañoles de munición, partiendo al acorazado en dos.

—¡Vamos, Klaus! ¡Salgamos de aquí!

El piloto inició el viraje hacia el norte y puso rumbo de regreso a la base de Istres. Ninguno de los dos habló durante unos instantes. Habían cumplido la misión, pero todavía tenían que regresar sanos y salvos.

La Fritz X había demostrado que era posible atacar un gran buque con una precisión desconocida hasta entonces. El resultado tendría consecuencias para la guerra naval.

El Roma se hundió en el estrecho de Bonifacio.

A bordo viajaban más de 1.840 hombres. Murieron 1.253, entre ellos el almirante Carlo Bergamini. Muchos de los que lograron salir del buque quedaron a merced del mar, rodeados de combustible y restos flotantes.

Los destructores italianos Mitragliere, Fuciliere y Carabiniere, que navegaban como escolta, interrumpieron su marcha. El peligro no había desaparecido: los aviones alemanes podían regresar. Aun así, sus tripulaciones detuvieron los barcos y arriaron los botes para recoger a los náufragos.

Había hombres heridos, agotados y apenas capaces de mantenerse a flote. Los marineros que acudieron en su ayuda los subieron como pudieron a las embarcaciones.

Unos 596 hombres sobrevivieron. Después serían trasladados a las islas Baleares y a Cerdeña.

Mientras tanto, el Dornier de Klaus Deumling y Eugen Degan continuaba su vuelo hacia Francia. Desde aquella altura, el mar volvía a parecer tranquilo. Las estelas de los barcos se perdían a lo lejos y el humo del Roma quedaba atrás.

Para los dos aviadores, la misión había terminado.

Para los hombres que luchaban por mantenerse con vida en las aguas del estrecho de Bonifacio, la batalla aún no había acabado.

B+IA

 

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