Imagínate a bordo de un imponente crucero o acorazado de la Armada española a principios del siglo XX. Las calderas rujan en las entrañas del buque, las palas de los fogoneros no descansan y el barco se desliza sobre las olas. Pero lo que pocos pasajeros o ciudadanos de a pie sabían es que la potencia y el sigilo de ese gigante de acero dependían de un debate tan terrenal como crucial: ¿de dónde venía el carbón?
Por aquel entonces, la flota española se encontraba entre dos mundos. Por un lado, el orgullo industrial patrio; por el otro, la cruda realidad del arte de la guerra en el mar. Y el combustible se dividía en dos contendientes muy claros.
El todopoderoso carbón de Cardiff
Desde los yacimientos de Gales, en el Reino Unido, llegaba el oro negro por excelencia de la época: la hulla semibituminosa de Cardiff. Para la Marina de guerra, este carbón era poco menos que una bendición celestial.
Era un carbón altamente energético (con un poder calorífico envidiable) que, además, ardía limpio y apenas producía humo.
Se usaba para los grandes momentos. Se guardaba con llave en lo más profundo de las carboneras para los días de zafarrancho de combate, las maniobras de alta velocidad o cuando se requería una aceleración imprevista.
Al emitir poquísimo humo, ayudaba a mantener el sigilo. En una época en la que los barcos se divisaban por las gigantescas humaredas negras que vomitaban sus chimeneas antes de ver el casco, usar Cardiff era el equivalente a ponerse el sombrero de invisibilidad.
El sufrido carbón asturiano
Frente al todopoderoso galés estaba el producto de casa: el carbón nacional, extraído principalmente de las ricas y profundas cuencas de Asturias. Proteger y consumir este carbón era una cuestión de soberanía nacional y de apoyo a la industria local. Pero, reconozcámoslo, los barcos de guerra lo sufrían en silencio.
Técnicamente, el carbón asturiano tenía menos poder calorífico y venía cargado de impurezas.
Se destinaba a la navegación ordinaria, a los cruceros de instrucción en tiempos de paz, a las travesías rutinarias entre puertos nacionales y a mantener los barcos encendidos mientras estaban fondeados. Básicamente, servía para ahorrar divisas, fomentar la economía del país y guardar el preciado Cardiff para cuando vinieran mal dadas.
Quemar carbón nacional implicaba dos problemas mayúsculos. Primero, el barco perdía velocidad y no alcanzaba los nudos prometidos en los planos de los astilleros. Y segundo, era un chivato humeante: las densas y oscuras columnas de humo que salían de sus chimeneas delataban la posición de la escuadra española a leguas de distancia, arruinando cualquier intento de maniobra sorpresa.
La pesadilla de los fogoneros
Además, usar carbón asturiano tenía una víctima directa en la tripulación: los fogoneros. Como este carbón dejaba muchísima escoria y cenizas, las parrillas de las calderas se atascaban a velocidad de vértigo. Los marineros tenían que limpiar los hogares continuamente en condiciones de calor infernal, lo que no solo agotaba físicamente a la dotación, sino que hacía que la presión del vapor cayera intermitentemente.
En definitiva, en la España de principios del siglo XX, los buques de guerra vivían en una dualidad permanente: quemar el carbón de casa en tiempos de paz, y comprar el carbón de Cardiff cuando tocaba jugarse el tipo en el mar.