Relato corto inspirado en el hundimiento del vapor Francolí
I. El café del alba
El ruido de la máquina de vapor de triple expansión marcaba el ritmo a bordo del Francolí. En la cocina de popa, el fogón de carbón templaba el ambiente húmedo de las seis de la mañana del 1 de octubre de 1918.
El contramaestre Bartolomé Pons, un menorquín enjuto de cuarenta y dos años, apuraba su tazón de café caliente apoyado en la regala de babor. A unas tres millas de distancia, la luz del faro de Cabo de Palos emitía sus destellos regulares sobre el agua en calma, advirtiendo de la traicionera proximidad de las islas Hormigas.
El buque, un vapor de carga de 1.241 toneladas de registro bruto construido en hierro británico y abanderado por La Marítima, Compañía Mahonesa de Vapores, navegaba con rumbo suroeste hacia Cartagena. En ambas amuras y en el centro de los costados llevaba pintadas las franjas con los colores de la bandera española, y el pabellón nacional ondeaba en la popa para acreditar su condición de buque neutral. Aunque las noticias hablaban del agotamiento de la guerra en Europa, el tráfico marítimo frente al litoral levantino seguía expuesto a las operaciones de los sumergibles alemanes.
—La mar está en calma, contramaestre —comentó el timonel desde la caseta de gobierno.
—Si se mantiene así, doblaremos el cabo antes de las ocho —respondió Pons—. En Cartagena podremos comenzar la descarga a tiempo.
Bartolomé pensaba en su casa de la calle de la Infanta, en Mahón. Llevaba veinte días fuera de la isla, enlazando fletes de grano, salazón y manufacturas entre Barcelona, Valencia y el sur. La paga era buena, pero el riesgo también.
II. Sala de máquinas
En la sala de calderas, bajo la línea de flotación, la temperatura rondaba los cincuenta grados.
Cinco hombres cubrían la guardia del departamento de máquinas: el segundo maquinista Joan Gomila, dos fogoneros y dos palistas. Trabajaban con el torso descubierto y pañuelos al cuello para retirarse el sudor, paleando carbón directamente a las bocas de fuego de las calderas cilíndricas.
Gomila vigilaba la presión en el manómetro principal, que marcaba algo más de nueve atmósferas. El vapor alimentaba los tres cilindros de la máquina principal para mantener una velocidad constante de unos ocho nudos. Los cinco hombres permanecían ajenos a la navegación en superficie; su cometido se limitaba al mantenimiento del fuego, el tiro de las chimeneas y el engrase de las bielas.
—¡El tiro de estribor se está quedando atrás, Gomila! —gritó el fogonero principal sobre el rugido del vapor a presión—. ¡Métele carbón asturiano del duro o perderemos media milla antes de enfilar el faro!
—Vamos sobrados, Vicent —gritó de vuelta—. Déjale aire al tiro. En dos horas estamos amarrados en el muelle de Alfonso XII y bebiendo en la cantina del puerto.
III. A cota de periscopio
A seiscientos metros al este de la formación de las Hormigas, sumergido a cota de periscopio, el SM UB-48 aguardaba inmóvil. El sumergible de la Kaiserliche Marine, una letal unidad del Tipo UB III asignada a la flotilla de Cattaro en el Adriático, mantenía su posición entre el oleaje manso de la mañana.
En la torre de mando, el Kapitänleutnant Wolfgang Steinbauer observaba al Francolí a través del periscopio de ataque (Angriffssehrohr). El oficial de derrota calculaba la marcación, el rumbo del vapor y la distancia.
Steinbauer identificó las contraseñas de neutralidad en el casco del buque mercante. Sin embargo, bajo la doctrina de la Handelskrieg (guerra de corso comercial) y la orden de guerra submarina irrestricta dictada por el Mando Naval alemán, cualquier mercante que transitara por las rutas del Mediterráneo era considerado objetivo de destrucción para bloquear las líneas de suministro de los países aliados.
Emerger para detener el buque con el cañón de cubierta de 88 mm implicaba perder la ventaja táctica. A poca distancia del faro de Palos y de la base naval de Cartagena, el sumergible se arriesgaba a ser detectado por patrulleros o a enfrentarse a un posible mercante armado. La orden fue proceder al ataque directo con torpedo en inmersión.
—Tubo de proa número uno listo.
—Tubo uno… ¡Los! —ordenó Steinbauer.
El submarino cabeceó ligeramente cuando el aire comprimido expulsó el torpedo fuera del tubo, que inició su trayectoria rectilínea a más de treinta nudos hacia el costado de babor del vapor español.
IV. Impacto en las calderas
Bartolomé Pons divisó la estela de burbujas en la superficie cuando el proyectil se encontraba ya a escasa distancia del casco. No hubo margen para maniobrar ni para avisar al puente.
A las seis y media de la mañana, el torpedo impactó justo contra el costado de babor del Francolí, a la altura de la cámara de calderas.
La explosión fue inmediata y brutal: reventó las planchas de hierro del casco y fracturó las tuberías principales de vapor a presión. El agua de mar anegó los hogares incandescentes, provocando una explosión interna de vapor y gases que en un abrir y cerrar de ojos aniquiló a Joan Gomila y a los cuatro hombres de máquinas.
La deflagración lanzó a Pons contra la estructura de la cubierta, causándole una luxación en el hombro derecho. El buque perdió arrancada de inmediato y comenzó a escorar a estribor a medida que el agua inundaba los compartimentos centrales. Desde el puente, el capitán ordenó arriar de inmediato los botes salvavidas.
V. El hundimiento
Con la cubierta inclinándose con rapidez, los tripulantes supervivientes corrieron hacia los pescantes del bote salvavidas de la banda de estribor. Los cabos de maniobra, tensados por el peso y la inclinación, dificultaban el arriado.
—¡La destral! ¡Talleu els caps, fotre, que ens anem al fons amb ell! —gritó una voz desesperada.
Pons y varios marineros cortaron las trincas para zafar la embarcación antes de que la borda del vapor quedara sumergida. Doce tripulantes lograron embarcar o arrojarse al agua en las inmediaciones del bote.
Remaron con desesperación, usando los remos largos para empujar y alejarse del costado del buque. Sabían lo que venía: la succión mortal de un mercante hundiéndose arrastraba hacia el fondo todo lo que flotara a menos de cincuenta metros.
El casco del Francolí tardó poco más de cuatro minutos en hundirse. Al anegarse por completo la proa, la popa se elevó sobre la superficie, dejando al descubierto la hélice y el timón antes de descender verticalmente hacia el fondo marino frente a la costa de La Manga.
VI. Supervivientes
Tras el hundimiento, el SM UB-48 emergió a unos doscientos metros del lugar del ataque.
Desde la bañera de la torre de mando, Steinbauer y los vigías de guardia observaron durante un par de minutos a los náufragos reunidos en el bote y recogiendo restos de naufragio. No hubo una orden de auxilio. No se arrojó un solo cabo ni se ofreció una palabra en ningún idioma. Para el comandante imperial, la misión estaba cumplida y el blanco eliminado.
A su orden, el sumergible reanudó la marcha en superficie, abrió las válvulas de los tanques de lastre y se sumergió de nuevo rumbo a alta mar.
En el bote salvavidas, los doce supervivientes constataron la pérdida de los cinco tripulantes de máquinas. Acomodando a los heridos en la sentina, Bartolomé Pons y los marineros útiles armaron los toletes y pusieron proa a poniente, guiándose por el perfil rocoso de Cabo de Palos. La boga fue lenta y penosa, cruzando los bajos de las Hormigas mientras el sol de octubre comenzaba a calentar la costa de La Manga.
Horas más tarde, la embarcación fue avistada y auxiliada por el vapor francés Saint Servant, que izó a bordo a los náufragos para desembarcarlos en el puerto de Alicante. Una vez a salvo, los doce hombres prestaron declaración ante las autoridades de Marina, dejando constancia por escrito de las coordenadas exactas, los minutos que duró el hundimiento y los nombres de los cinco fogoneros sepultados en las calderas del Francolí.