Relato corto inspirado en el hundimiento del vapor Francolí
Aquella noche, mi nieto había ido al armario del pasillo a buscar petróleo para el candil, porque la luz eléctrica llevaba ya un buen rato sin volver. Allí le llamó la atención la caja del estante superior, esa que siempre veía pero que nunca se había decidido a abrir, y al tratar de cogerla se le vino encima. Del golpe se desparramaron por el suelo unas carpetas viejas, entre ellas una con una leyenda escrita a mano en la tapa: «Neptuno — 1918». Me la trajo sin saber qué llevaba dentro, intrigado nada más por ese nombre y esa fecha.
—¿Y esto, iaio?
Tampoco yo lo recordaba muy bien. Habían pasado veinte años.
Como cada noche por entonces, oíamos los aviones antes de verlos: venían de Mallorca, con su característico zumbido. Las bombas no caían cerca de nuestra calle, casi nunca caían cerca, pero bastaba el ruido para que mi hija bajara con el chico a la escalera y para que yo me quedara arriba, junto a la ventana, mirando cómo los fogonazos de las bombas iluminaban el puerto. Aquel invierno se comía lo que había, que no era mucho, y los barcos que antes entraban y salían de Mahón sin que nadie reparase en ellos ahora tardaban semanas en asomar, cuando asomaban.
Cuando pasó el ruido de los motores volví a bajar y me senté con el chico junto a la lámpara de petróleo, porque la luz eléctrica se iba tanto como venía esos días. Él seguía con la carpeta en las rodillas, esperando.
Reconocí la letra de Ramón Sintes Pons, viejo amigo de la Comandancia de Marina, antes de reconocer de qué trataba el papel. Y entonces recordé de golpe una mañana de octubre de hacía veinte años, y un vapor que se llamaba Neptuno.
—Es una historia de otra guerra, hijo. De cuando yo tenía la edad que tiene tu padre ahora.
El crío se acomodó ansioso por escuchar. Y yo empecé a contarle lo que aquel papel, tanto tiempo dormido en una caja, por fin venía a recordarme.
***
Yo llevaba veinte días fuera de Mahón cuando embarqué en el Neptuno, enlazando fletes de grano, salazón y manufacturas entre Barcelona, Valencia y el sur. El barco pertenecía a una naviera valenciana, y la tripulación era, en su mayoría, gente de las tierras de La Marina, empezando por el propio capitán, don Wenceslao Baldó y Vives. Yo era de los pocos menorquines a bordo.
A unas tres millas, el faro de Cabo de Palos destellaba sobre una mar en calma. A las seis de la mañana del día 1 de octubre, lo recuerdo como si fuese ahora, estaba apoyado en la regala de babor con el café en la mano. El timonel comentó algo sobre lo tranquila que venía la mañana. Le contesté que si seguía así doblaríamos el cabo antes de las ocho.
No vimos venir nada. Al cabo de un rato, surgió una estela de burbujas ya demasiado cerca del costado.
El torpedo entró a la altura de las calderas. La explosión fue de las que no se olvidan ni queriendo: reventó planchas, partió tuberías de vapor, y el agua del mar, al entrar en contacto con los hogares encendidos, hizo el resto. Ahí abajo, en la sala de máquinas, murieron cinco hombres. De sus últimos minutos nunca supe nada, y no voy a inventármelo ahora.
A mí la sacudida me tiró contra la cubierta y me dislocó el hombro derecho. El buque empezó a escorar de inmediato, y el capitán, don Wenceslao, dio orden de arriar los botes. Los cabos, tensos por el peso y la inclinación, no querían soltarse.
—¡La destral! Talleu els caps, fotre, que ens anem al fons amb ell! —gritó uno de los valencianos de la tripulación, y con hachazos cortamos las trincas antes de que la borda quedara bajo el agua.
El Neptuno llevaba a bordo unos veintiocho hombres. Cinco se quedaron en la sala de máquinas. Los demás nos repartimos entre dos botes: doce, entre los que estaba yo, nos hicimos con el de estribor o nos arrojamos al mar cerca de él; los otros once se las arreglaron con el de babor, algo más allá. Remamos con lo que teníamos, sabiendo que un barco que se hunde arrastra hacia el fondo todo lo que flota cerca. El Neptuno tardó poco más de cuatro minutos en desaparecer. La chapa gemía, como si se esforzara por no irse a pique. Vi la popa levantarse, la hélice al aire, y luego nada.
***
Lo que pasó dentro del submarino que nos hundió no lo supe entonces, claro. Lo supe años después, por lo que llevaba escrito aquel informe que tú tienes ahora en las rodillas, y que Ramón me hizo llegar en los años veinte, cuando España reclamaba a Alemania cuentas por estos hundimientos y él andaba metido en la tramitación desde su destino en el Ministerio.
Según ese papel, el UB-187 llevaba un buen rato a cota de periscopio cuando nos localizó, y su comandante, un tal Wolfgang Estrunchuc, un nombre impronunciable…
—Steinbrück, iaio —me corrigió el chico, sin levantar la vista del papel.
—Eso he dicho.
Ya iba para los quince, el condenado, y le encantaba corregirme cosas así.
De lo que sí estoy seguro es que identificó las marcas de neutralidad en nuestro casco sin que le sirvieran de mucho: la orden alemana de aquellos meses era hundir cualquier mercante que navegara por el Mediterráneo, neutral o no.
—¿Y por qué no salió arriba, a que lo vierais, y ya está? —preguntó él.
—Porque emerger y pararnos con el cañón, tan cerca de Cartagena, era arriesgarse a que lo sorprendiera algún patrullero español. Prefirió no darnos la cara: nos atacó sumergido, con el torpedo, sin salir a la superficie hasta que ya estuvo hecho.
El informe no decía gran cosa más, salvo que el submarino emergió después del ataque, se quedó un par de minutos observando los botes, y volvió a sumergirse sin arrojar un cabo ni cruzar palabra con nadie. Eso último no hacía falta que me lo contara ningún papel alemán. Lo vi yo mismo, desde el nuestro, con el hombro dolorido y doce hombres agarrados a los remos.
***
Bogamos hacia poniente guiándonos por el perfil de Cabo de Palos, cruzando los bajos de las Hormigas mientras salía el sol. Horas después nos recogió un vapor francés y nos desembarcó en Alicante. Allí declaramos ante las autoridades de Marina: las coordenadas, los minutos que había durado el hundimiento, los nombres de los cinco que se quedaron abajo.
De todo eso, del papel de la reclamación, de Ramón y de su gestión, no volví a acordarme en veinte años. Bueno, de Ramón sí, que en paz descanse. La vida da muchas vueltas y uno guarda las cosas donde puede, no siempre donde debería.
***
Mi nieto seguía despierto cuando terminé, sin apartar los ojos de mí, esperando a que siguiera.
—¿Y qué pasó con el submarino, iaio?
—No lo sé, hijo. Ese papel no lo dice, y yo no he vuelto a preguntar.
Guardé la carpeta en el armario del pasillo, exactamente donde él la había encontrado. Me acosté con el convencimiento de que aquella historia, gracias a la curiosidad de mi nieto, ya no se iba a olvidar en mucho tiempo.
B+IA