Nota: el hundimiento del Joaquín Mumbrú, sus circunstancias, fechas y la implicación de Manuel Bravo Portillo en el espionaje alemán son hechos históricos documentados. Ramón Puig y Bautista, en cambio, son personajes de ficción, necesarios para dar voz y rostro a la tripulación anónima del vapor.
Barcelona, diciembre de 1917.
El vapor Joaquín Mumbrú llevaba tres días amarrado en el muelle de la Barceloneta cuando Ramón Puig subió a bordo con el último lote de fardos. Sacos de almendra por centenares, cajas a montones, avellana a granel, y debajo de todo eso, cuero y piel curtida. Nada que llamara la atención, salvo que en aquellos tiempos cualquier bodega camino de Nueva York llamaba la atención de alguien.
—Otra vez ese hombre —le dijo a Bautista, el segundo de a bordo, señalando con la barbilla hacia un individuo de bigote recortado que hablaba con el capitán junto a la pasarela.
—Es amigo del comandante de Marina viene a menudo por el puerto.
—No me gusta.
—Es de la social. Se dicen cosas de él…
—¿Que se dice?
Bautista no contestó, sonrió socarronamente y siguió con lo suyo. El hombre del bigote se llamaba Manuel Bravo Portillo, y en Barcelona todo el mundo sabía que era policía, comisario de la brigada social, encargado de vigilar a anarquistas y sindicalistas. Lo que no sabía casi nadie es que también vendía información. No la sacaba husmeando por los muelles: la sacaba de los registros de la Autoridad Portuaria y de la Capitanía Marítima, donde tenía contactos que se la facilitaban sin preguntar a cambio de favores policiales. Fechas de zarpada, rutas, cargamentos, todo apuntado en aquellos libros. Luego se la vendía a un barón alemán, el barón de Rolland, que a su vez la hacía llegar a la Kriegsmarine a través de la embajada alemana.
Al capitán del Mumbrú, Modesto Pelegrí Alsina —hombre curtido y de pocas palabras—, tampoco le gustaban las visitas de Bravo Portillo, pero supo guardar las apariencias. Subió la pasarela pensando que un capitán no manda sobre quién entra en el muelle.
—Zarpamos pasado mañana —le dijo a Ramón esa tarde, mientras revisaban la lista de bodega—. Con el temporal que viene, más vale no perder la marea.
—¿Ruta directa a Nueva York?
—Directa. Pasando al sur de Madeira, como siempre.
Ramón asintió, aunque algo le decía que esa ruta ya no era ningún secreto.
El 20 de diciembre el Mumbrú salió del puerto con treinta y nueve hombres a bordo y las bodegas cargadas hasta la línea de flotación. Ramón se santiguó antes de largar amarras, como hacía siempre, aunque esta vez no sabría decir muy bien por qué.
Diez días de travesía sin más sobresaltos que el frío y el relevo de las guardias. Se cruzaron con un par de veleros y con un mercante inglés que ni siquiera respondió al saludo, y el resto fue rutina: achicar agua, engrasar cabrestantes, jugar a las cartas en el sollado cuando el turno lo permitía. Alguna noche, con la mar en calma, alguien sacaba el acordeón y Bautista se empeñaba en cantar coplas que nadie le pedía. El rancho era el de siempre, garbanzos, lentejas y bacalao, y las guardias se turnaban sin que nadie se quejara más de la cuenta. Barcelona quedaba ya muy lejos, y con ella el hombre del bigote recortado y las oficinas del puerto.
Bautista llevaba la guardia de proa la tarde del 30, cuando avistó algo gris asomando entre las olas, a menos de una milla.
—¡Submarino a estribor!
El capitán Pelegrí subió al puente en camisa, sin tiempo de terminar de vestirse. Por el catalejo pudo ver la torreta, la bandera, los hombres en cubierta preparando un cañón. Era el U-156, al mando del capitán de corbeta Konrad Gansser, uno de los más temidos de aquella campaña.
No hubo torpedo. El submarino disparó varios cañonazos de aviso y ordenó por señales que el vapor se detuviera y no usara la radio. Pelegrí dio la orden de parar máquinas sin decir una palabra más.
—Nos van a inspeccionar —dijo, más para sí que para Bautista, que estaba a su lado—. Saben exactamente qué llevamos.
—¿Cómo lo van a saber?
Pelegrí calló.
Un grupo de la Kriegsmarine abordó el Mumbrú en un bote. El oficial, correcto y frío, revisó los papeles del barco y ordenó bajar a la bodega. Encontraron los sacos de almendra y avellana, y bajo ellos el cuero y la piel curtida. Contrabando de guerra, según las reglas alemanas, porque todo aquello podía servir para fabricar correajes y equipo militar en Estados Unidos.
—Tienen media hora para abandonar el buque —dijo el oficial en un español torpe pero suficiente.
Ramón ayudó a bajar los botes salvavidas junto con el resto de la tripulación. Nadie se resistió, nadie discutió.
Desde la distancia, con los remos quietos, los treinta y nueve hombres del Mumbrú vieron cómo los alemanes colocaban cargas de demolición en la sala de máquinas. La explosión llegó sorda, apagada por el agua, y el vapor empezó a hundirse por la popa, muy despacio, como si el propio barco se lo pensara antes de irse al fondo.
—Se va —murmuró Bautista.
Pelegrí no dijo nada. Miraba el casco desaparecer entre la resaca, sesenta millas al sur de Madeira.
Los náufragos pasaron días separados por el temporal, cada bote a su suerte. El del primer oficial llegó a las Islas Salvajes y de allí siguió como pudo hacia Canarias, donde unos pescadores los sacaron del agua justo a tiempo. Del bote de Pelegrí no se supo nada hasta que apareció, recogido por la Antonia Mumbrú, una fragata del mismo armador que el Joaquín Mumbrú. Desde Canarias avisaron por telegrama a la Comandancia de Marina de Las Palmas, y la noticia corrió hasta los periódicos de toda España. A mediados de enero, La Vanguardia le dedicó una crónica: El torpedeamiento del J. Mumbrú —así lo llamaron, aunque no hubo torpedo—. La voz «torpedeamiento» se usaba casi como sinónimo genérico de ataque por submarino
Nadie mencionó a Bravo Portillo en la crónica. Pero Ramón sí lo tenía muy presente cuando, junto con el resto de la tripulación, pisó de nuevo Barcelona a finales de enero.
Ramón no volvió al muelle: fue directo al Gobierno Civil, con el uniforme todavía oliendo a sal y la mano vendada de un golpe que se había dado bajando al bote. Pidió hablar con alguien de la Comandancia de Marina, y cuando lo recibió un teniente de navío de aire cansado, Ramón contó lo que se decía: que Bravo Portillo estaba detrás de todo, que la ruta del Mumbrú, la misma que el capitán Pelegrí había declarado dos días antes de zarpar, era justo donde el submarino alemán los esperaba diez días después, y que eso solo podía saberlo alguien con acceso a esos papeles.
—Eso no prueba nada —le dijo el teniente—. Bravo Portillo es comisario. Tiene despacho en la Jefatura.
—Ya lo sé que es comisario. Por eso nadie mira lo que hace.
El teniente lo escuchó, tomó nota y le prometió que lo trasladaría. Ramón salió de allí sin saber si aquello serviría de algo, pero decidido a no callárselo. Se lo contó también a Bautista, y entre los dos empezaron a hablar con otros marinos del puerto: el segundo de un vapor hundido meses antes en el golfo de Cádiz, un fogonero que había reconocido al mismo hombre entrando en las oficinas de la Capitanía Marítima con más frecuencia de la que pedía cualquier asunto de policía. Nadie tenía pruebas de papel, pero todos tenían la misma cara reconocible y el mismo mal presentimiento.
La denuncia de Ramón no fue la única ni la que finalmente destapó el asunto —eso llegaría después, por otros caminos, con nombres más importantes de por medio—, pero fue una de las voces que empezaron a circular por los muelles de Barcelona antes de que el escándalo saltara a los periódicos: que el comisario de la brigada social cobraba en marcos alemanes por vender información a Alemania, y que los vapores sobre los que esa información corría acababan, casi siempre, con peor suerte que los demás.
En junio de 1918, año y medio después del hundimiento, un periódico obrero publicó unas cartas de Bravo Portillo que no dejaban lugar a dudas: allí estaba, escrito de su puño, el trato con el barón alemán, y entre los casos que mencionaba, uno que Ramón conocía bien. Lo detuvieron a los pocos días. Ramón lo leyó en el muelle, de pie, con el periódico prestado por otro marinero, y sintió que por fin alguien lo decía en letra de molde.
—Al final tenías razón —le dijo Bautista.
—La razón no nos devuelve el Mumbrú.
Antes de que acabara el año, Bravo Portillo ya estaba libre otra vez, sin que nadie diera demasiadas explicaciones. Volvió a las calles de Barcelona como si nada, con despacho y con nómina, mientras Ramón volvía a embarcarse. Era su oficio, se decía. Y también por represalias, aunque no lo dijera en voz alta, porque no sabía si Bravo Portillo ya conocía su nombre. El asunto del Mumbrú se iba quedando atrás, una historia más entre tantas que nadie terminaba de pagar.
No fue la justicia la que acabó con el comisario. Fue una tarde de septiembre de 1919, casi dos años después del hundimiento, cuando unos pistoleros lo abordaron por la calle y lo dejaron tendido a tiros. No fue por los barcos ni por los marinos muertos en el Atlántico: fue una cuenta distinta, la de los sindicalistas a los que había perseguido y hecho matar en los años del pistolerismo. Ramón se enteró por el periódico, como la vez anterior, y esta vez no sintió ni alegría ni descanso, solo la sensación rara de que algo se cerraba sin que nadie lo hubiera cerrado debidamente.
Volvió a embarcarse pocos días después, en otro vapor, con otra ruta, aunque ya nunca zarpó del todo tranquilo.
B+IA
FUENTES:
- Vida Marítima — «El vapor Joaquín Mumbrú y D. Modesto Pelegrí y Alsina»: https://vidamaritima.com/2014/11/el-vapor-joaquin-mumbru-y-d-modesto-pelegri-y-alsina/ — historia completa del buque (Rossmore, Cristóbal Colón, Puerto Rico, Joaquín Mumbrú), su hundimiento, cargamento y el relato de Enric García.
- Wikipedia — «Manuel Bravo Portillo»: https://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Bravo_Portillo — confirma las cartas publicadas el 9 de junio de 1918 en Solidaridad Obrera sobre el espionaje naval alemán y el caso del Mumbrú.
- Foro-Ciudad.com — hundimiento del Joaquín Mumbrú: https://www.foro-ciudad.com/barcelona/barcelona/documento-56913.html — reproduce la crónica de La Vanguardia (16 de enero de 1918) con los detalles del ataque, disparos de aviso, posición exacta y rescate.
- Conversación sobre Historia — espionaje en España durante la I Guerra Mundial: https://conversacionsobrehistoria.info/2021/02/06/informacion-espionaje-y-contraespionaje-en-espana-durante-la-primera-guerra-mundial-y-ii/ — fecha de salida de Barcelona (20 de diciembre de 1917), cartas de Bravo Portillo a Royo de San Martín, relación con el barón de Rolland.
- Wikipedia (inglés) — «SM U-156»: https://en.wikipedia.org/wiki/SM_U-156 — confirma el hundimiento del Joaquín Mumbrú el 30 de diciembre de 1917 en la lista de barcos hundidos por el U-156.