Barcos españoles hundidos en la Primera Guerra Mundial (Parte II)

Neutralidad, guerra submarina y pérdidas de la marina mercante española

8. 1918: el último año: compensaciones

Los hundimientos no cesaron en 1918. La presión sobre el Gobierno español llegó a su punto más alto justo cuando Alemania debía empezar a responder por el tonelaje perdido y por lo difícil que se había vuelto mantener abierto el tráfico marítimo.

En el tramo final de la guerra cayeron, entre otros, el Carasa, el Atxerri Mendi, el Francolí, el Mercedes y el María. Este último, torpedeado el 5 de octubre de 1918 en el golfo de Salónica, con diez tripulantes muertos, figura como la última víctima española del conflicto según la Revista de Historia Naval.

La cuestión de las compensaciones se negoció directamente con Alemania. En octubre de 1918 se llegó a un acuerdo por el que Alemania cedía a España varios mercantes.

La documentación de la Armada recoge siete buques entregados oficialmente el 14 de octubre de 1918: Eriphia, Euphemia, Petschili, Klio, Mathilde, Imfried y Rudolf, con unas 21.000 toneladas en total. Debe descartarse la versión, también en circulación, de que los primeros seis barcos entregados fueron el Uarda y el España.[1]

Tampoco es del todo exacto decir que la propiedad de esos buques quedó resuelta de inmediato. El proceso jurídico se prolongó bastante más de lo que se suele contar.

9. ¿Cuántos buques perdió España?

Depende de a quién se pregunte. Este texto adopta como balance principal el que publicó David Rubio Márquez en la Revista de Historia Naval: 87 embarcaciones perdidas, 167.892 toneladas de arqueo y 397 víctimas. La misma fuente precisa que las minas causaron ocho de esos hundimientos y 191 muertes; el resto se atribuye a la acción de submarinos alemanes.

Esa cifra no es una verdad indiscutible. La propia Revista de Historia Naval recoge estimaciones distintas: Juan Antonio Lacomba habla de 89 buques y 199.118 toneladas; José María Blanco Núñez eleva el cómputo a 97 buques y 204.609 toneladas; y otro estudio académico se queda en unas 80 pérdidas y 152.624 toneladas.[2]

Para no dar una falsa sensación de precisión, lo más honesto es hablar de cifras redondas: España perdió alrededor de noventa buques mercantes, con unas 170.000 toneladas, según una de las estimaciones más citadas. Y si en algún momento se da una cifra exacta, hay que decir de qué autor sale.

10. Geografía de una guerra comercial

Los ataques se concentraron, sobre todo, en las rutas que unían España con Gran Bretaña, Francia y otros mercados: el Canal de la Mancha, el canal de San Jorge, las costas británicas y francesas, el golfo de Vizcaya y varias zonas del Mediterráneo occidental fueron escenario habitual de estos episodios.

El Cantábrico tenía un peso especial por la exportación de mineral de hierro: los mercantes que zarpaban de Bilbao y otros puertos del norte quedaban expuestos en cuanto dejaban atrás la relativa protección de las aguas cercanas a España.

En el Mediterráneo occidental, la actividad submarina alemana creció durante 1916 y 1917, y la navegación entre Barcelona, Valencia, el sur de Francia, Italia y el norte de África podía toparse tanto con submarinos como con campos de minas.

Dos cosas, eso sí, no deben darse por hechas: que los submarinos alemanes operaran con total impunidad dentro de aguas territoriales españolas, o que utilizaran habitualmente puertos españoles para repostar y repararse. Ninguna tiene base documental sólida. España mantenía su neutralidad, y la entrada de buques de guerra beligerantes estaba sujeta a restricciones estrictas. Existieron, sí, redes de espionaje y de apoyo vinculadas a uno y otro bando, pero ese es un asunto distinto que merece un tratamiento documental propio.

11. Cómo se hundía un mercante

No había un único procedimiento. En muchos casos, el submarino detenía al mercante, ordenaba a la tripulación abandonarlo y después lo destruía a cañonazos o con cargas explosivas. En otros, todo se resumía al torpedo, sobre todo cuando la situación táctica no permitía detener el buque con seguridad o exigía un ataque más rápido.

Con la guerra submarina de 1917 y 1918 se hicieron más frecuentes los ataques sin previo aviso.

12. El lado humano

Detrás de cada cifra hay una tripulación. Las 397 víctimas que recoge la Revista de Historia Naval reúnen a todos los marinos que perdieron la vida en los buques hundidos durante el conflicto, y el desastre del Carlos de Eizaguirre, con sus 134 muertos, representa por sí solo cerca de un tercio de ese total.

Para quienes sobrevivían al hundimiento, el peligro no terminaba ahí: quedaba una segunda fase, la de abandonar el barco en botes o balsas y esperar, a la deriva, a que alguien los encontrara. Los relatos de los náufragos coinciden en algo: todo dependía de la distancia a tierra, del estado del mar, de las provisiones que llevaran encima y de la suerte de cruzarse con otro barco.

El caso del Joaquín Mumbrú lo ilustra bien: hundir el vapor no puso fin al drama, porque a la tripulación aún le esperaba una larga travesía en botes hasta alcanzar las Canarias.

13. Consecuencias

La guerra tuvo un efecto casi paradójico sobre la economía española. Mientras algunos sectores ligados a la navegación, los fletes y las exportaciones se llenaban los bolsillos, buena parte de la población sufría problemas de abastecimiento y una inflación creciente.

El encarecimiento de los transportes, las dificultades para importar ciertos productos y la inseguridad de las rutas agravaron las tensiones sociales del país. España no puso un solo soldado en los frentes de batalla, pero notó la guerra en el bolsillo y en la calle.

Cada mercante hundido, además, deterioraba un poco más las relaciones con Alemania: obligaba al Gobierno a protestar, a negociar, y alimentaba un debate público ya de por sí dividido entre germanófilos y aliadófilos.

 14. El final de la guerra

El armisticio del 11 de noviembre de 1918 cerró el frente occidental, pero para la marina mercante española el balance ya estaba hecho: decenas de barcos desaparecidos, miles de toneladas de capacidad de transporte perdidas y centenares de hombres que no volvieron a puerto.

España no había entrado en la guerra, pero su flota mercante había librado la suya propia. La neutralidad le ahorró la destrucción de una participación militar directa, aunque no bastó para librar a sus barcos de convertirse en víctimas de una guerra por el control del comercio marítimo.

15. Anexo: algunos buques españoles perdidos

Buque

Fecha

Agresor

Zona

Dato clave

Isidoro

17/08/1915

U-38

C. San Jorge

Hierro→Cardiff

Peña Castillo

19/08/1915

Submarino

N. Wolf Rock

21-23 muertos

Bayo

13/01/1916

Mina

~2.776 t

Bélgica

15/01/1916

Mina

~2.068 t

Vigo

31/03/1916

U-28

Vizcaya

Hierro

Santanderino

08/04/1916

Submarino

O. Ouessant

~3.346 t

Vinifreda

30/04/1916

U-45

Bcn-Liverpool

1 muerto

Aurrera

24/05/1916

U-39

Med. occ.

~2.845 t

San Leandro

02/01/1917

U-70

Vizcaya

Fruta→Londres

San Fulgencio

05/04/1917

UC-71

Ex-Newcastle

Crisis política

C. de Eizaguirre

25/05/1917

Mina

Fte. C. del Cabo

134 muertos

Joaquín Mumbrú

30/12/1917

U-156

S. Madeira

2.703 t

Atxerri Mendi

29/08/1918

Torpedo

Atlántico

~2.424 t

María

05/10/1918

Torpedo

G. Salónica

10 muertos; última

 

[1]Armada española, documentación oficial sobre la cesión de buques alemanes, octubre de 1918.

[2]Lacomba y Blanco Núñez, cifras recogidas en Revista de Historia Naval, núm. 136 (2017).

Fuentes y enlaces:

Cuaderno de Bitácora

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