El fugitivo de Santa Isabel

Relato imaginario basado en el hundimiento del vapor Castillo de Montealegre (1943)

Puerto de Santa Isabel, escenario de El fugitivo de Santa Isabel
Puerto de Santa Isabel, escenario de El fugitivo de Santa Isabel

Corría la madrugada del 1 de abril de 1943 cuando Werner Fischer, el fugitivo de Santa Isabel, llevaba ya cuarenta horas sin dormir y contando.

Se lo repetía a sí mismo como una especie de letanía absurda mientras avanzaba pegado a la tapia del almacén de cacao, con la cartera de cuero cruzada al pecho y sujeta con las dos manos, como si en cualquier momento alguien fuera a arrancársela de un tirón. Desde Bata no había cerrado los ojos ni un minuto, y antes de Bata, en el barco que lo trajo desde quien sabe dónde escondido entre sacas de correo, apenas unas pocas cabezadas.

—Por aquí no, por aquí no —susurraba para sí, y se metía entre dos hileras de bidones vacíos cuando el haz de una linterna barrió el muelle.

Eran ellos. Reconocía perfectamente las siluetas y esa manera de caminar propia de quien está acostumbrado a que la gente se aparte a su paso. Dos noches atrás había escapado de Bata por los pelos, con la inmensa suerte de haber alcanzado aquel ferry que sus perseguidores terminaron perdiendo.

Esta noche, si lo cogían en Santa Isabel, ya no habría más oportunidades.

Al fondo del muelle, iluminado a medias, vio la silueta oscura del Castillo de Montealegre, con el nombre en el costado y las dos banderas españolas, enormes, recién repintadas, brillando débilmente bajo la luna. Zarpaba esa madrugada.

Lo sabía porque habían pasado tres días desde su llegada a la isla y, emboscado en el muelle, llevaba memorizando los horarios de todos los barcos que tocaban puerto, uno por uno, como quien reza un rosario.

Santa Isabel, capital de la Guinea española, era entonces poco más que un puñado de calles encaladas trepando desde el muelle, las oficinas del Gobierno colonial, un par de iglesias y el olor a cacao seco que lo impregnaba todo, mezclado con el del pescado y la brea. Para cualquier viajero habría sido una postal exótica de palmeras y calor húmedo. Werner, sin embargo, no había visto nada de eso: solo los rincones traseros del puerto, las sombras entre almacenes y tapias, y las horas contadas una a una desde que puso un pie en la isla.

Consiguió colarse, más por suerte que por método, entre los últimos fardos que subían por la rampa de carga, se dejó caer detrás de unas cajas de cacao en grano, café y maderas de Guinea en la bodega de proa y allí se quedó, hecho un ovillo, temblando, esperando el momento en que unas manos lo sacaran a rastras y todo terminara.

Las manos llegaron dos horas después. Pero no lo sacaron a rastras.

—Eh. Eh, usted. ¿Me oye?

Era un marinero joven, de los que hacían la ronda antes de zarpar. Se quedó mirando al bulto que respiraba entre las cajas con la misma cara que pondría cualquiera al descubrir una rata del tamaño de un hombre.

—No voy a hacerle nada —consiguió decir Werner, en un español torpe, con acento marcado—. Por favor. Se lo suplico.

El marinero no dijo nada. Se dio media vuelta y subió corriendo la escalerilla. Werner cerró los ojos, convencido de que iba a buscar a alguien que lo entregara a la Guardia Colonial, o algo peor. En vez de eso, quien bajó fue el capitán.

Zamora y Fischer

Francisco Zamora bajó a la bodega con una linterna en una mano y sin prisa, como quien ya se ha encontrado antes con sorpresas peores a bordo de su barco. Se plantó delante del fardo humano que era Werner Fischer y lo estudió un momento largo, en silencio.

—Levántese, hombre, que así no se puede hablar con nadie.

Werner se puso en pie como pudo, apoyándose en la pared de la bodega. Olía a sudor, a miedo y a cacao rancio.

—¿Quién es usted? —preguntó Zamora—. ¿Y qué demonios lleva ahí agarrado como si fuera su propio corazón?

—Preferiría no decírselo, capitán. Por su bien.

—Ah. Por mi bien. —Zamora soltó una risa corta, sin ganas—. Mire, llevo veinte años en esto. He llevado de todo en estas bodegas: contrabando de tabaco, curas huidos en el 36 y milicianos en el 39, algún que otro desertor y puede que a un par de espías. Y le voy a decir una cosa: cuantas menos ganas tengo de saber lo que llevo, más rápido duermo por las noches. Así que no. No me lo diga.

—Entonces… ¿me deja quedarme?

—Le voy a hacer una pregunta, y de la respuesta depende todo. ¿Hay alguien detrás de usted que vaya a poner en peligro a mi tripulación?

Werner tragó saliva.

—Sí. Puede que sí.

Un silencio.

—No tiene por qué —dijo Werner, casi con inocencia.

—Capitán, tengo que decirle algo más.

—Le dije que no quería saber qué lleva.

—No es eso. Es por qué me persiguen. Y usted necesita saberlo para decidir si merece la pena el riesgo.

Zamora no dijo nada, pero tampoco volvió a cortarle.

—Trabajé cinco años diseñando sistemas de torpedos para la Kriegsmarine, capitán. Torpedos como los que ahora persiguen barcos como el suyo. Un día entendí que lo que estaba construyendo no iba a servir para ganar una guerra, sino para alargar una matanza. Empecé a sacar copias de los planos, poco a poco, durante meses. Los llevo aquí, en esta cartera. Si llegan a Londres a tiempo, pueden salvar convoyes enteros.

—¿Y cómo ha llegado hasta aquí, tan lejos de todo?

—Esa es una historia demasiado larga para esta noche, capitán. Y cuantas menos partes de ella conozca, mejor para usted.

Werner se pasó una mano por la cara, como si el simple hecho de recordarlo le pesara más que el propio cansancio.

—Digamos que entre Berlín y este muelle hay más fronteras cruzadas de noche, más nombres que no eran el mío y más gente que ya no está para contarlo de las que me gustaría recordar. Cada uno de esos pasos me ha costado algo. Prefiero no ponerle precio en voz alta.

Zamora asintió despacio. Ya había aprendido, veinte años atrás, que hay preguntas que es mejor no terminar de hacer.

Zamora se quedó mirando la lona que Werner tenía todavía medio enredada en las piernas, como si estuviera sopesando en qué cajón de su cabeza guardar aquello.

El capitán no solía dudar cuando alguien necesitaba ayuda, aunque eso le trajera problemas.

—Está bien —dijo por fin—. Se queda. Le voy a poner en el camarote de al lado de máquinas, que hace un calor de mil demonios pero nadie va a ir a buscarlo ahí. Y una cosa más.

—Dígame.

—No me dé las gracias todavía.

Los hombres del consulado

No tuvo que esperar mucho para entender por qué. Dos horas antes de zarpar, cuando ya se estaban soltando las últimas amarras de proa, dos hombres subieron a bordo por la pasarela con la tranquilidad de quien no espera que nadie le pida explicaciones. Vestían indumentaria de corte colonial: el alto, traje color marfil; el más bajo una chaqueta sahariana. Pese al calor y la humedad, no renunciaban a la formalidad occidental. Hablaban un español correctísimo y aprendido, y llevaban unos papeles del consulado alemán que enseñaron sin que nadie se los pidiera.

—Capitán Zamora. No le voy a hacer perder el tiempo.

Los recibió en su camarote, de pie, sin ofrecerles asiento. Hablaba el alto; el otro se quedó junto a la puerta, callado, con las manos cruzadas, sin apartar la vista del capitán.

—Sabemos que anoche subió a bordo un pasajero. Sin permiso, sin papeles, de manera irregular. Un ciudadano alemán, para más señas, con documentación que pertenece al Reich y que ha sido sustraída de forma ilegal.

—No sé de qué me habla.

—Capitán, no nos haga perder el tiempo a los dos. España es neutral, no ciega. Basta una llamada nuestra a la Dirección General de Seguridad para que este barco no zarpe esta noche, ni mañana. Un capitán que encubre a un fugitivo con documentación militar robada deja de ser un asunto entre caballeros y pasa a ser un asunto de Estado español. Y eso, con la guerra como está, puede complicarle la vida más de lo que se imagina.

El capitán no contestó enseguida. Miró al de la indumentaria sahariana, que había desviado los ojos hacia el reloj del muelle como quien calcula algo que no quiere decir en voz alta.

—Hagan esa llamada, entonces —dijo por fin—. Yo esperaré aquí a que llegue la Guardia Colonial.

El silencio que siguió duró más de lo que una amenaza cumplida necesita.

—Y si no tengo ni idea de lo que me está hablando, ¿qué pasa entonces?

—Entonces pasa que hay formas de resolver esto que no pasan por las autoridades españolas. Formas menos… formales. Alemania tiene memoria larga en estos puertos, capitán. Y la memoria larga tiene su manera de encontrar, tarde o temprano, motivos para complicarle la vida a quien se la complica a ella.

El del traje marfil bajó la voz al decirlo, y algo en el gesto —la calma con que pronunció cada palabra, sin necesidad de alzar el tono— dejó claro que aquello no era el mismo farol de la llamada a la DGS.

Zamora lo miró, y después al otro, el silencioso, que seguía sin moverse un centímetro.

—Este barco navega bajo pabellón español —dijo, con la voz baja pero sin temblarle ni un poco—. Y mientras yo esté al mando, aquí no sube ni baja nadie más que por orden mía. No por la suya, no por la de su consulado, y desde luego no por una llamada de teléfono. Ahora, si no tienen nada más que tratar, tengo un barco que sacar a la mar antes de que cambie la marea.

Se hizo un silencio incómodo. El más alto se ajustó el sombrero de jipijapa, sin prisa, como quien no quiere dar la impresión de que le han rechazado nada.

—Se lo va a pensar mejor, capitán.

—Ya lo he pensado. Buenas noches.

Ya en la pasarela, antes de bajar a tierra, se volvió un segundo.

—Se arrepentirá de esto.

—Puede ser —dijo Zamora—. Pero esta noche zarpamos igual.

Subió al puente y dio la orden de zarpar. Eran las cuatro y veinte de la madrugada del 1 de abril de 1943.

600 millas

—¿Sabe una cosa, capitán? Llevo la cuenta.

Era la tercera o cuarta noche que Werner subía a cubierta a esas horas, cuando el resto de la tripulación dormía o hacía guardia en silencio, y se sentaba cerca de la borda de babor, lejos de los ojos de todos.

—¿La cuenta de qué? —preguntó Zamora, que había salido a fumar el último cigarrillo del día apoyado en la misma borda.

—De las horas. De las millas. Desde que subí a este barco no he dejado de contar. Es lo único que me tranquiliza.

Zamora dio una calada larga.

—Pues llevamos ya casi seiscientas millas desde Santa Isabel. Cuatro días y medio de mar. A este paso, en dos días más pasaremos frente a Sierra Leona.

—¿Y hasta Valencia?

—Con suerte, dos semanas. Si el tiempo acompaña. Si no nos cruzamos con nadie que no debamos cruzarnos.

Werner sabía que si no desembarcaba antes, a la llegada le estarían esperando. A pesar de tal desasosiego, miró al mar negro, sin luna esa noche, y por primera vez desde Bata algo parecido a un principio de calma le bajó por los hombros.

—Capitán, tengo que decirle una cosa. Aunque usted no quiera saberla.

—Ya le dije que no. Pero si insiste…

Werner apretó la cartera contra el pecho, como siempre.

—Desde que subí a este barco no dejo de preguntarme si habrá servido de algo. Si estos planos van a llegar a tiempo a Londres, o si voy a arrastrar a toda su tripulación a este peligro por algo que ya no sirva de nada. No lo sé, capitán. Y no saberlo es casi peor que todo lo demás.

Zamora tiró la colilla al mar y se quedó mirando cómo la corriente se la tragaba.

—Mire, Fischer. Yo no entiendo de política ni de torpedos, aunque de estos sí querría saber más. Entiendo de barcos y de hombres. Y usted, esta noche, es un hombre en mi barco.

—Muchos capitanes habrían cedido con esos dos plantados en su camarote.

—Muchos capitanes no son de los míos.

Se quedaron un rato en silencio, escuchando el motor y el agua contra el casco. Seiscientas millas ya. Casi mil doscientas por delante hasta cruzar de verdad las aguas seguras del Atlántico. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pero ambos sabían que el tramo más peligroso era, precisamente, el que tenían por delante.

El HMS Foxhound

Poco después del amanecer del séptimo día de travesía, con el Castillo de Montealegre ya a la altura de las aguas bajo el control de la Marina Real desde su base en Freetown, el serviola apostado en el puente dio la voz de alarma.

—¡Buque a la vista! ¡Por el través de estribor!

Zamora subió al puente con los prismáticos en mano. Divisó un destructor gris de proa afilada, con la bandera del Reino Unido ondeando con fuerza. Se trataba del HMS Foxhound, integrado en el Comando de África Occidental. El buque realizaba patrullas junto a otras unidades de la 4.ª Flotilla para proteger las rutas marítimas desde su base en Freetown, la capital de la colonia británica de Sierra Leona.

Hubo señales con banderas, después por megáfono. Un oficial inglés, con un español aceptable aprendido en algún puerto mediterráneo, preguntó por el pasajero. Zamora no se sorprendió: alguien, en algún punto de la cadena que iba de Londres a Fernando Poo, sabía exactamente qué barco buscar y cuándo.

—Baje, Fischer —dijo Zamora cuando el bote inglés ya se acercaba al costado—. Ha llegado su parada.

Werner apareció en cubierta con la cartera de cuero, la misma con la que había subido siete días y casi setecientas millas atrás, ahora un poco más arrugada, como él. Se quedó un momento frente al capitán, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Capitán Zamora, yo…

—No hace falta que diga nada.

—Sí hace falta. —A Werner le temblaba la voz—. Nadie me ha ayudado así en mi vida. Ni en mi propio país.

Zamora le puso una mano en el hombro, torpe, poco acostumbrado a esos gestos.

—Váyase ya, hombre, que el inglés está esperando y a mí se me hace tarde la mañana.

Werner bajó por la escala de cuerda hacia el bote. Antes de saltar, se giró una última vez.

—Algún día, si el mundo cambia, sabrá para qué sirvió todo esto.

—Ojalá sirva para salvar muchas vidas —respondió Zamora—. Buena suerte, Fischer.

El bote se alejó hacia el destructor. Media hora después, el HMS Foxhound viró rumbo norte y desapareció en el horizonte. El Castillo de Montealegre retomó su ruta hacia España, unas setecientas millas ya recorridas desde Santa Isabel, y algo más de mil por delante.

Así terminaba, para él, la travesía que lo convertiría después en el fugitivo de Santa Isabel.

Berlín, la orden

En Santa Isabel, los dos hombres del consulado cursaron su informe esa misma noche del 1 de abril, cifrado, urgente. En Berlín, alguien con más poder del que jamás tendría Zamora leyó ese informe con el ceño fruncido: un capitán mercante español se había negado a colaborar, un fugitivo con documentación técnica sensible había escapado, muy probablemente, en busca de un navío de guerra británico.

Desde la sede del Alto Mando de la Marina Alemana en la localidad de Bernau, a unos 30 km al noreste de Berlín, la orden urgente que salió de vuelta no mencionaba ni a Werner Fischer ni a ningún fugitivo. Solo daba una posición aproximada, una fecha de zarpe, una ruta probable, y una instrucción seca dirigida a cualquier U-Boot que operase en la zona del golfo de Guinea y la costa de África Occidental: localizar y hundir al vapor español Castillo de Montealegre.

Abordar hubiera dado tiempo a esconder al fugitivo, a destruir los planos, a que el capitán volviera a jugársela; hundir, no.

La orden llegó, entre otras unidades, al U-123.

Estela a proa

Llevaban ya ocho días de mar. Unas mil setecientas millas desde Santa Isabel, según la cuenta que Zamora seguía llevando casi por costumbre.

Navegaban frente a las costas de la Guinea Francesa, a la altura de las coordenadas 09º46’N-016º50’O, con las dos banderas españolas bien visibles pintadas en ambos costados, tal como mandaba el reglamento para los buques neutrales en tiempo de guerra. Era un día claro, de mar en calma, de esos en los que un capitán empieza a permitirse pensar en el puerto de llegada.

Fue el vigía quien primero lo vio, un punto oscuro asomando entre el oleaje a media distancia.

—¡Estela a proa! ¡A las dos, capitán!

Zamora no tuvo tiempo ni de levantar los prismáticos.

El comandante Horst von Schroeter, al mando del U-123, dio la orden de lanzar tres torpedos contra el carguero español. El primero impactó a los treinta y siete segundos de ser lanzado. El segundo, un segundo después. El tercero, casi dos minutos y medio más tarde, cuando el Castillo de Montealegre ya escoraba de forma irrecuperable a estribor.

—¡Abandonen el barco! ¡Todos a las embarcaciones!

No hubo tiempo para mucho más. En poco menos de dos minutos, el barco que había cruzado mil setecientas millas de océano sin un solo incidente se hundió por completo bajo las aguas del Atlántico. El submarino alemán emergió brevemente, lo justo para que algunos supervivientes distinguieran a un oficial rubio con gorra de comandante asomado a la torreta, mirando el desastre que acababa de provocar. No hizo ademán de socorrer a nadie; a los pocos minutos, volvió a sumergirse.

La larga noche

Doce hombres murieron en el ataque, atrapados bajo cubierta o arrastrados por la succión del casco al hundirse. Los treinta y uno restantes, entre ellos el propio Zamora, se repartieron entre un bote salvavidas maltrecho y una balsa improvisada con los restos flotantes del naufragio. Diecinueve se apretujaron en el bote. Doce quedaron sobre la balsa, unida a la primera embarcación por un cabo, para no perderse de vista en la oscuridad que se les venía encima.

La noche fue larga y mala. La mar, dura; el miedo, peor: si una de las dos embarcaciones zozobraba, podía arrastrar a la otra al fondo. Entre el bote y la balsa se cruzaron algunas voces tensas, discusiones que el miedo anteponía a la razón, pero que el oleaje se tragaba casi al momento.

Al amanecer del día siguiente, la balsa ya no estaba.

Nadie en el bote supo decir cuándo había desaparecido exactamente. Los que habían logrado dormir a ratos, vencidos por el agotamiento, no recordaban haber notado nada extraño; los que se turnaron para vigilar el cabo que unía ambas embarcaciones juraron después no haberse apartado de él ni un instante. Y sin embargo, cuando la primera luz gris asomó sobre el Atlántico, donde debía estar la balsa con sus doce hombres solo quedaba mar vacío hasta donde alcanzaba la vista.

Del cabo que las había mantenido unidas durante la noche solo quedaba, atado a una argolla del bote, un pedazo de un par de palmos con el extremo deshilachado. Uno de los marineros lo examinó a la luz del día y murmuró que aquello no tenía la forma de una rotura por el oleaje: un cabo reventado por la fuerza del mar se abre en hebras largas y desiguales, no se parte limpio como aquel. Otro le hizo callar enseguida, con la brusquedad de quien no quiere oír en voz alta lo que ya está pensando todo el mundo.

No volvió a salir el tema a bordo. No había manera de comprobar nada, y decirlo en voz alta no iba a traer de vuelta a los doce hombres que faltaban.

De la balsa y de los doce hombres que iban en ella no se volvió a saber jamás.

El destino del fugitivo

Dos días después, los diecinueve supervivientes del bote, exhaustos, deshidratados, con el capitán Zamora entre ellos, fueron recogidos por el HMS Inkpen, un arrastrero armado de la Marina Real.

Tras la rendición de Alemania en mayo de 1945, las fuerzas aliadas incautaron los archivos navales de la Kriegsmarine. En la bitácora del U-123 quedó anotada, sin adornos, la orden de hundimiento del Castillo de Montealegre.

Francisco Zamora volvió a España, volvió a navegar, y jamás llegó a saber al detalle qué contenían aquellos planos que un joven alemán llevaba pegados al pecho como si fueran parte de su propio cuerpo, ni si su importancia había contribuido a acortar el fin de la guerra. Tampoco supo nunca, porque no había manera humana de saberlo, si el hundimiento de su barco tuvo algo que ver con aquella noche en Santa Isabel cuando se negó a entregar a un hombre pese a las amenazas.

B+IA

 

Nota: Aunque este relato toma como referencia de partida acontecimientos reales y figuras documentadas, el autor, con el propósito de favorecer el ritmo narrativo y la trama, se han tomado ciertas licencias respecto a la cronología, los escenarios y algunos rasgos de los personajes. En consecuencia, el desarrollo argumental, las situaciones dramatizadas, los diálogos y la interpretación literaria de los hechos son de su exclusiva autoría y responsabilidad.

La inteligencia artificial (IA) ha sido una herramienta de apoyo tanto en la documentación histórica como en la composición y posterior revisión estilística, ortográfica y sintáctica del manuscrito.

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